Una novela de hace 300 años imaginó algo parecido a los chatbots y anticipó algunos de los problemas actuales de la IA
Un armazón de madera atravesado por alambres puede parecer poca cosa frente a un ordenador moderno, pero el escritor Jonathan Swift imaginó con él una máquina capaz de fabricar textos casi por su cuenta. El invento tenía 40 manivelas de hierro que, al accionarse, cambiaban la posición de las palabras.
Un grupo de 36 estudiantes examinaba las nuevas disposiciones y otros cuatro copiaban las secuencias de tres o cuatro términos que podían aprovecharse para construir frases. La operación se repetía varias veces. Aquella fábrica de literatura necesitaba bastante personal para producir resultados bastante pobres.
Los viajes de Gulliver planteó un debate tecnológico vigente
El mecanismo aparece en Los viajes de Gulliver, la novela que Swift publicó en 1726 y que ahora vuelve a despertar interés por sus semejanzas con la inteligencia artificial generativa. Según explica IFLScience, el escritor irlandés planteó una cuestión que sigue acompañando a los chatbots actuales: una máquina puede producir grandes cantidades de lenguaje sin que esa capacidad implique comprender las ideas expresadas.
La tercera parte de la novela conduce al protagonista hasta la Gran Academia de Lagado, donde varios investigadores dedican sus esfuerzos a proyectos de utilidad más que dudosa. Uno intenta recuperar alimentos a partir de excrementos y otro pretende obtener luz solar de los pepinos.
Swift sitúa estas investigaciones en una ciudad empobrecida, estableciendo una distancia deliberada entre las ambiciones académicas y las necesidades de sus habitantes. La institución sirve así para cuestionar una concepción del progreso científico desligada de sus resultados.
El inventor del mecanismo literario aspiraba a que cualquier persona pudiera escribir tratados sobre filosofía, matemáticas, política o teología sin dedicar años al estudio. Su proyecto también necesitaba financiación para construir 500 aparatos semejantes.
La promesa consistía en multiplicar la producción intelectual mediante una tecnología que todavía era incapaz de generar conocimiento por sí misma. Los estudiantes debían decidir qué fragmentos merecían conservarse, aunque el procedimiento tampoco garantizaba que entendieran aquello que seleccionaban.
La producción automática de escritos exige comprobar su contenido
Los modelos actuales de lenguaje funcionan mediante procesos informáticos muy distintos de las piezas móviles descritas por Swift, aunque ambos sistemas permiten examinar la separación entre generar palabras y comprender su contenido. La comparación recogida por IFLScience alcanza también las expectativas depositadas en tecnologías que requieren grandes inversiones.
La comparación adquiere especial interés con herramientas como ChatGPT, capaces de elaborar respuestas, redactar artículos y desarrollar explicaciones a partir de las instrucciones de sus usuarios. Aunque la tecnología actual está muy lejos del rudimentario aparato imaginado por Swift, ambos comparten una característica fundamental.
La producción de un texto puede automatizarse mediante un procedimiento que opera sobre las palabras, mientras que la calidad y la veracidad del resultado requieren una evaluación adicional. En el invento de Lagado, esa tarea recaía sobre los estudiantes encargados de seleccionar los fragmentos aprovechables.
Otro aspecto que aproxima la sátira de Swift a los debates contemporáneos es la promesa de ampliar enormemente la producción escrita. El profesor de Lagado confiaba en que cientos de máquinas pudieran fabricar obras sobre prácticamente cualquier disciplina, reduciendo la necesidad de formación especializada.
En la actualidad, la inteligencia artificial generativa permite elaborar borradores, resumir contenidos y producir explicaciones a una velocidad que habría resultado inconcebible en el siglo XVIII. La cuestión sobre la calidad del conocimiento obtenido continúa siendo relevante, especialmente cuando el contenido generado presenta errores difíciles de identificar por su apariencia convincente.
La crítica literaria, sin embargo, estaba dirigida a las preocupaciones del siglo XVIII, entre ellas determinadas prácticas intelectuales asociadas a la Royal Society. Swift cuestionaba la acumulación de experimentos y publicaciones cuando faltaba una aplicación razonada de sus resultados.
Swift describió dos satélites marcianos 151 años antes
La capacidad de anticipación atribuida al escritor aparece también en un episodio astronómico de la novela, donde unos observadores de la isla flotante de Laputa describen dos satélites alrededor de Marte. Swift les asigna órbitas situadas a tres y cinco diámetros del planeta, con periodos de diez horas y 21 horas y media, respectivamente.La descripción precedió en 151 años al descubrimiento de Fobos y Deimos. Sus periodos orbitales reales son de aproximadamente 7,66 y 30,35 horas, de modo que las cifras literarias presentan diferencias apreciables.
Aquella coincidencia astronómica puede explicarse mediante los conocimientos científicos disponibles cuando Swift escribió la obra, sin necesidad de atribuirle capacidades proféticas. El autor conocía las leyes del movimiento planetario formuladas por Johannes Kepler y había consultado investigaciones sobre los satélites de Júpiter.
A partir de esas referencias y de las estimaciones existentes sobre el tamaño de Marte, podía elaborar una hipótesis razonable para su época. El resultado fue una aproximación imaginaria que posteriormente adquirió interés histórico.
Gulliver encontró sociedades que cuestionaban la conducta humana
La novela contiene otros viajes que amplían la crítica de Swift mucho más allá de sus experimentos científicos y de sus observaciones celestes. Gulliver encuentra sociedades habitadas por caballos racionales y criaturas de aspecto humano despreciadas por aquellos animales.
Mediante estos encuentros, el escritor examina comportamientos humanos y sistemas políticos desde perspectivas deliberadamente extrañas. La fantasía le permite exagerar costumbres reconocibles hasta mostrar sus contradicciones. La primera edición apareció con el extenso título Viajes a varias naciones remotas del mundo, en cuatro partes. Por Lemuel Gulliver, primero cirujano y después capitán de varios barcos.
Su aventura más conocida transcurre en Liliput, donde despierta inmovilizado por habitantes diminutos tras un naufragio. Allí descubre una guerra contra Blefuscu, un país situado a menos de un kilómetro, provocada por una disputa sobre el extremo por el que debe romperse un huevo. Swift utilizó aquel conflicto absurdo para satirizar las divisiones religiosas entre protestantes y católicos.
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