El queso más antiguo del mundo apareció sobre momias de 3.600 años y refuerza la idea de un alimento para el más allá
La comida que una familia deja junto a una tumba revela hasta qué punto espera que la vida continúe después de la muerte. Esa costumbre aparece en sociedades muy distintas porque la desaparición física no siempre se entiende como un final absoluto, sino como un cambio de etapa.
Cuando existe la creencia de que el difunto sigue necesitando protección, compañía o recursos, los ritos funerarios adquieren una importancia especial. Cuidar a los muertos pasa entonces por preparar su viaje, mantener su memoria y entregar objetos que puedan resultar útiles en otro plano de la existencia. Esa relación entre los vivos y los fallecidos también deja rastros materiales que siglos después permiten reconstruir antiguas formas de entender la muerte.
Un hallazgo en Xiaohe resultó ser un lácteo milenario
Uno de esos rastros ha llevado a identificar lo que muchos investigadores consideran el queso conservado más antiguo conocido. Según informa IFL Science, una sustancia blanquecina encontrada en enterramientos de la cultura Xiaohe, en el noroeste de China, resultó ser queso kéfir elaborado hace entre 3.300 y 3.600 años. El hallazgo permitió conocer mejor las prácticas funerarias de aquella comunidad y, además, seguir la pista de microorganismos vinculados a la fermentación láctea.
La historia del queso es mucho más antigua que las muestras conservadas hasta la actualidad. BBC Science recuerda que los restos de grasa láctea hallados en recipientes arqueológicos indican que el consumo de leche se remonta a miles de años atrás. Estudios de residuos encontrados en cerámicas muestran que ya existía aprovechamiento de productos lácteos en Gran Bretaña hacia el 4.000 a. C. y en Anatolia alrededor del 7.000 a. C.
La transformación de la leche en queso tenía ventajas, ya que facilitaba la conservación de los alimentos y reducía la cantidad de lactosa en una época en la que la intolerancia era habitual entre los adultos. Un trabajo de la Universidad de York publicado en 2023 añadió otra pieza al rompecabezas al detectar proteínas compatibles con queso en recipientes neolíticos hallados en Polonia.
Los enterramientos apuntaban a una entrega deliberada
Las muestras que han llegado intactas hasta nuestros días aparecieron en el cementerio de Xiaohe, situado en la cuenca china del Tarim. Los arqueólogos encontraron una sustancia blanca repartida alrededor de las cabezas y los cuellos de varias momias de la Edad del Bronce. La conservación extraordinaria de aquellos cuerpos se debió a un terreno extremadamente seco y salino que actuó como un sistema natural de momificación. Durante años, los investigadores sospecharon que aquel material podía proceder de algún producto lácteo fermentado, aunque no lograban determinar su naturaleza exacta.
La ubicación de la sustancia dentro de las tumbas llamó pronto la atención de los especialistas. Los enterramientos, realizados en ataúdes con forma de embarcación, mostraban indicios de que aquel material había sido colocado de manera deliberada. Por esa razón, los arqueólogos interpretaron que se trataba de una ofrenda funeraria.
La posibilidad de que los fallecidos recibieran alimentos para otra existencia encaja con la idea de que determinados bienes podían acompañarlos tras la muerte. Esa lectura conecta el hallazgo con creencias antiguas que atribuían valor práctico a los objetos depositados junto a los difuntos.
El ADN antiguo reveló cambios entre bacterias
La identificación definitiva tardó años en llegar. Arqueólogos chinos propusieron en 2014 que la sustancia era un queso blando parecido al kéfir, pero la confirmación completa no apareció hasta 2024. La investigación, recogida por IFL Science y BBC Science, determinó que aquellas muestras correspondían efectivamente a queso kéfir y permitió averiguar qué microorganismos participaron en su elaboración.
El análisis genético realizado por la Academia China de Ciencias detectó ADN procedente tanto de vacas como de cabras. Los resultados sugieren que los habitantes de Xiaohe trabajaban con distintas leches en lotes separados, una práctica diferente de otras tradiciones queseras de Oriente Próximo y Grecia. Los investigadores también identificaron microorganismos como Lactobacillus kefiranofaciens y Pichia kudriavzevii, presentes todavía hoy en los granos de kéfir empleados para fermentar leche.
Esos datos ofrecieron además información sobre la evolución de las bacterias. Los científicos comprobaron que la cepa antigua de Lactobacillus kefiranofaciens guarda una relación más estrecha con grupos asociados al Tíbet que con los vinculados exclusivamente al Cáucaso norte. El resultado cuestiona la idea de que el origen del kéfir deba situarse únicamente en esa región.
El estudio también indica que estas bacterias fueron adaptándose con el paso de los siglos mediante intercambios genéticos que mejoraron su estabilidad y su capacidad de fermentación.
Gracias a un pequeño depósito funerario conservado durante milenios, una práctica destinada a cuidar a los muertos ha terminado revelando detalles sobre la historia de los alimentos y de los microorganismos que acompañan a las personas desde hace generaciones.
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