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Seis razones por las que vamos camino de perder Catalunya

Diada 2017

Jordi Sabaté

Por distintas razones, desde el sábado han pasado por mi casa diversas personalidades tanto del campo de la política como compañeros de la profesión periodística de todo el mundo. Esto me ha dado tanto la oportunidad de acercarme a las concentraciones previas al 1-O con cierta neutralidad, y he podido sondear su impresión sobre la 'batalla' que estos días libra el Estado contra el movimiento independentista.

“Da la impresión de que cuando el Gobierno va, los independentistas vuelven”, me dijo un corresponsal de ITV News, un canal inglés que también sirve información a la cadena norteamericana ABC, el martes 3, día de la huelga general. Me contó que el día antes había realizado con su equipo un reportaje sobre cómo se escondieron las urnas en las casas de la gente hasta el momento de la votación, y quedó profundamente impresionado de la cohesión y organización del movimiento. “Era como en la resistencia francesa”, dijo. Y añadió: “parece que lo tengan todo calculado al milímetro mientras Rajoy improvisa sobre la marcha”.

Podríamos ahora ahondar sobre el mito de la resistencia francesa y tratar de establecer si la voluntad del movimiento soberanista -los que quieren votar, no necesariamente a favor de la independencia- es o no otro mito. Pero no nos queda tiempo para perder en este tipo de reflexiones. Es más, yo mismo pude comprobar en la madrugada del sábado y la tarde del domingo, hasta qué punto se trata de un movimiento solidario, e incluso que trasciende el ámbito soberanista.

Acompañando a varios corresponsales, visité diversos colegios en ambas franjas horarias y vi a muchos de mis vecinos haciendo cola frente a los colegios, disciplinados y determinados. Pero lo más sorprendente es que había entre ellos personas que no pensaban ni siquiera votar por considerar el referéndum ilegal o contraproducente. Pero por la mañana acompañaban a sus parejas, antes de que hubiera noticia de las cargas policiales, y por la tarde se apostaban para defender la salida de las actas en caso de que la policía intentara llevárselas.

Creo que fue por la tarde, observando los grupos apostados en las puertas de los colegios, relajados pero pendientes al mínimo aviso de peligro para aglomerarse e impedir la entrada de los agentes, cuando comprendí lo cerca que estamos los españoles de perder Catalunya. A continuación expongo las seis razones en las que baso este temor.

1. Los soberanistas son un solo pueblo

Empecemos por las emociones, las mismas que me provocaron a mí ver a mis vecinos actuando como activistas, aun a sabiendas de lo que les esperaba en caso de que llegaran los antidisturbios. Puigdemont dijo el miércoles en su discurso que eran un solo pueblo, lo cual fue muy discutido en las redes aduciendo que hay muchas Catalunyas. Pero el 'president' no se dirigía a todos los catalanes sino a los suyos, que actúan como un solo pueblo, con una sola idea fija y una determinación férrea y cerrada.

2. Pero son además un pueblo escalable

Lo demuestra la actitud de la ciudadanía tras las cargas policiales, cuando muchas personas que en principio no iban a votar lo hicieron, e incluso algunas votaron 'sí'. Yo mismo me vi tentado a hacerlo, y no por enfado sino por compromiso con la sociedad en la que vivo, aunque finalmente preferí ser coherente con mis ideas y apuntarme a la movilización de otras maneras. También la huelga del 3-O, donde contando banderas rojigualdas y republicanas, la presencia de enseñas españolas no puede considerarse desdeñable, aunque comparativamente fuera muy minoritaria: ciudadanos que se sienten españoles enfrentando la determinación del Estado.

Hay un sistema de vasos comunicantes entre 'el pueblo soberanista' y el 'pueblo catalán', y a cada paso en falso que dé Rajoy, el trasvase de partidarios aumentará, haciendo el 'solo pueblo' de Puigdemont mayor y mayor. Seguramente el discurso del Rey, además de meter el miedo en el cuerpo de millones de ciudadanos, a los cuales se supone que sirve, aumentó ese trasvase.

Y lo mismo se puede decir de la chapuza de respuesta de la vicepresidenta al discurso de Puigdemont, con poltergeist final incluido. Así, la potencia de esta masa convencida, fanatizada en efecto, crece y se hace estremecedora, para lo bueno y para lo malo. A algunos les recuerda al problema vasco, a otros al movimiento de Gandhi en la India; a mí a al movimiento Solidaridad polaco.

3. Manejan la escena mediática global con impresionante maestría

Quizás porque Puigdemont ha sido periodista y fundó una agencia de noticias destinada a ofrecer al mundo información sobre Catalunya, los soberanistas manejan el tempo informativo del mundo, sobre todo desde las redes, como yo nunca había visto antes desde los atentados del 11-S de 2001, salvando todas las distancias del mundo. No son un movimiento terrorista sino 'emotivista', quizás el primero de la historia, una nueva forma de lucha.

No pretenden propagar el terror sino la emoción con sus manifestaciones festivas, sus sonrisas y sus cánticos; con su sufrimiento frente a las cargas y su determinación de votar aunque sea saliendo en bata de hospital y con la cara reventada por una porra. Buscan ganar y poner su proyecto en el mapa planetario por empatía en lugar de por miedo, aunque ese proyecto se nos antoje a muchos un profundo error y un arma de doble filo que esconde consecuencias siniestras.

Ganaron la batalla del 1-O por goleada, acumulando un capital político impresionante que se vio reflejado en la presencia masiva de los medios internacionales durante el 3-O. Vivo en el epicentro del soberanismo en estas convulsas semanas y por mi terraza pasaron desde cámaras de Reuters o ITV News, además de la Sexta y A3Tv, a reporteros de The Wall Street Journal, Getty Images, APF y muchos otros que no recuerdo, todos ellos para filmar las impresionantes movilizaciones de aquel día. Todos ellos estuvieron ahí para dar testimonio al mundo de este atentado 'emocionalista'.

Es cierto que a medida que la tensión crece, las sonrisas pacíficas se tuercen a veces irracionalmente en contra de la prensa, cualquiera que sea, y aparece una violencia contenida y masiva, aunque casi nunca física, que aterra y da idea de lo peligroso que es que este 'solo pueblo' escape al control de los directores del proyecto soberanista, como acaso ocurriera en Calella y Pineda con los agentes acosados.

4. El gobierno es analógico

Frente a la maestría mediática de los soberanistas, el Gobierno se muestra torpe a cada paso que da, cuando se decide a darlo. Se desprestigia a sí mismo enviando a los funcionarios de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado a dormir en un crucero de la Warner Bros con muñecos de Looney Tunes estampados en el casco, algo que no sé si agradará a los agentes.

Permite que la Guardia Civil detenga innecesariamente a altos cargos del Govern al más puro estilo turco -el juez no ordenó esas detenciones- y concita con ello manifestaciones masivas. Y para rematar la jugada, hace una demostración de brutalidad con sus “soldados del imperio” -por la estética Star Wars de los antidisturbios- ante un pueblo “determinado e indefenso”. Eso es lo que interpretan los lectores de Bild o The Daily Telegraph, gente que no suele leer los coherentes análisis de The New York Times o The Guardian.

Es fácil hacer que el gobierno meta la pata; lo vimos por última vez en el cierre de la respuesta de la Soraya Sáez de Santamaría a Puigdemont, cuando desapareció de la pantalla en una especie de poltergeist ridículo que cuestiona ante todos los españoles que el Gobierno se esté tomando esto en serio.

5. Ellos tienen un plan, nosotros no

Los soberanistas saben lo que quieren y van a por ello con fe ciega. Digo fe porque he hablado con muchos de ellos y asumen plenamente que la independencia es una cuestión de fe y no de razón, y que seguramente lo que venga después será un desastre económico y social. Pero están dispuestos a pagar el precio, están unidos en torno a esta apuesta ilusionante y asumen las consecuencias.

Se duerme muy mal en Catalunya estos días, hay miedo y angustia. Una angustia que, me contaba una vecina diez años mayor que yo, no se recordaba desde las últimas sentencias a muerte del franquismo. Pero esta misma vecina, y amiga, me mostraba una determinación inapelable a conseguir por los medios que sean necesarios la independencia. Estamos hablando de gente madura y con patrimonio que jugarse, no de adolescentes enardecidos.

¿Estarían ustedes dispuestos a perder sus pensiones, su patrimonio, quién sabe si su vida en una aventura semejante? Ellos lo están, lo demostraron el domingo pasado yendo a votar en silla de ruedas o apoyados en su bastón, mientras a algunos sus hijos les rogaran que fueran sensatos. Hablo de historias personales, pero no quiero definir más...

Son crédulos, fanáticos si se quiere, pero espiritualmente son una sociedad naciente y joven que se enfrenta a un estado envejecido demográficamente, celoso de cualquier cambio estructural y muy poco cohesionado: el Estado Español para más señas. ¿Hemos sido capaces como sociedad de articular una respuesta coherente más allá del “a por ellos, oe”? Estamos gobernados por un señor que lee el Marca en pantuflas, no por un líder.

6. Puigdemont habla con Merkel, no con Rajoy

Puigdemont tiene línea directa con Merkel; dicho así, los analógicos me responderán que eso es o una mentira o una estupidez. Los que tengan mentalidad comunicativa digital, global y financiera lo comprenderán inmediatamente. En su discurso del otro día dijo aproximadamente: “vamos a hacer lo que muchos otros pueblos harán en el futuro”. Un aviso directo a Bruselas y a la única persona que puede retorcerle la oreja a Rajoy para que conceda el referéndum: ojo Angela que la lío parda.

Alemania es quien más se beneficia de una UE estable y quien más tiene que perder con un desaguisado como el que produciría una DUI. Yo sostengo que esa posibilidad no está en los planes del Govern más que como un hara-kiri final en caso de que falle el plan A. Dicho plan consiste en demostrarle a la canciller alemana hasta qué punto los soberanistas son capaces de devaluar la percepción económica de España, y por ende de la Unión, a base de sustos, sobresaltos y modular la crispación del Gobierno a su antojo.

Merkel y Puigdemont -y puede que incluso Rajoy- saben que si el Gobierno saca los tanques a la calle, España baja automáticamente a la segunda división internacional y se convierte en un problema gordo para Europa. Ya le esta costando al Estado cada vez más financiarse en los mercados -a pesar de la ayuda activa del BCE-, y a medida que la estrategia de 'trader chungo' de los soberanistas se prolongue, más le costará.

De este modo, Puigdemont le pregunta a Merkel cuánto quiere esperar antes de presionar a Rajoy para que permita el referéndum. Ellos pueden aguantar mucho más que la economía europea, que es un paquidermo al que le tiemblan las piernas bajo su propio peso; el ratón aterra al elefante.

Conclusión personal: que Catalunya se quede o no con nosotros dentro del Estado -siempre seguirá siendo España emocionalmente para muchos catalanes, porque la historia no se afeita- depende en gran manera de que alguien o 'álguienes' en Madrid se muevan de su poltrona, dejen el puro en el cenicero y pongan su poder soslayado a trabajar en pos de una negociación que proponga la más osada y radical propuesta federal que se haya visto jamás. Al 'emocionalismo' solo se le puede ganar demostrando que hay alternativas convincentes en el mundo real. Y que esta vez sí se van a cumplir. De lo contrario, ellos ganarán el referéndum.

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