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La soberbia

Es sabido que la soberbia es la semilla de la mayoría de los conflictos, y cuando estos conflictos nos afectan a todos, la situación se torna peligrosa y debe ser contrarrestada

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Donald Trump EFE

La gran enemiga de la razón es la soberbia. Desgraciadamente, a lo largo de la historia, la soberbia ha llevado a muchos dirigentes a creerse imprescindibles y a considerar que su criterio es el único válido, hasta el punto de pensar que es innecesario someter sus decisiones a la estimación colectiva. Supone un peligroso camino, que un día cualquiera puede desembocar en la negación de la democracia y abrir nuevamente la puerta al totalitarismo trasnochado o al neofascismo. Es éste un mal que ronda a demasiados líderes políticos, una enfermedad que los aísla, que con frecuencia los envuelve y les hace vivir en una burbuja inaccesible, en la que corren el riesgo de ser arrastrados al autoritarismo, al despotismo y a la injusticia. De este padecimiento están aquejados en la actualidad diversos líderes políticos, propios y ajenos. La soberbia es lo que lleva a Donald Trump a reírse en sus tuits del presidente francés Emmanuel Macron por plantear la creación de un ejército europeo y a olvidarse de los asesinatos terroristas de París de hace tan sólo dos años, o a ningunear y despreciar a la paciente caravana de miles de seres humanos que intentan labrarse un futuro, enviando nada menos que a las tropas militares a defender las fronteras, como si de un enemigo se tratase. Está también teñida de soberbia la decisión del dirigente turco Erdogan cuando encarcela a millares de profesionales, funcionarios y simples ciudadanos acusados de pensar diferente, mientras simultáneamente pretende aparecer como el paladín de la transparencia en el caso Khashoggi. Como insoportable resulta la soberbia y arrogancia de Jair Bolsonaro con su anuncio de un futuro Brasil en el que los derechos humanos ya están haciendo las maletas.

Aquí, en nuestro país, vivimos muchos años gobernados por la soberbia y seguimos conviviendo con ella. Como si cuarenta años de un generalísimo por la gracia de Dios no hubiesen sido bastantes, tuvimos que soportar después más de un intento de golpe de Estado porque el país no caminaba por el rumbo que unos jactanciosos y nostálgicos creían el correcto para España. Más tarde tuvimos que padecer la soberbia de quienes hicieron de la “guerra sucia” un modo de combatir el terrorismo a través de los GAL. A continuación, asistimos al espectáculo de José María Aznar decidiendo la masacre de seres humanos en Irak desde el Olimpo de su “amistad” con líderes mundiales tan soberbios como él mismo. Recientemente asistimos a la soberbia de un Mariano Rajoy que, con una actitud distante y altanera, propició que la corrupción se mantuviera bien arropada en el seno de su propio partido. Ahora, nuevamente, somos testigos de la soberbia de un joven Pablo Casado que actúa como redentor de la patria, cuando se ofrece como solución “constitucionalista” como único detentador del bien y de la verdad, faro de salvación para los políticos erráticos que no pertenecen al PP, que no se doblegan ante su inequívoco liderazgo y consideran que fuera de él y de su grupo nadie es constitucional, nadie es legal, nadie ama a España. Qué decir de los falsos profetas de algunos medios de comunicación, parapetados en sus poltronas de impunidad, que, embriagados de soberbia, mueven los hilos de la información que transmiten al lector, espectador u oyente, lanzando noticias falsas o sin contrastar, arrasando con la verdad, que se acaba convirtiendo en un obstáculo molesto para una difamación decidida.

Todos ellos parecen salidos del Ensayo sobre la lucidez del premio Nobel José Saramago. En esta obra, el 80 por ciento de ciudadanos de un país vota en blanco en las elecciones. Gritan así en silencio su indignación. Los presuntuosos dirigentes no admiten tal insubordinación y con ira buscan traidores entre la población, instalándose así el caos.

Contra la soberbia se erige el don de la humildad que Jorge Luis Borges expresó muy bien en su poema Los justos:

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Un mundo digno de ser vivido está habitado por justos bondadosos, capaces de poseer una perspectiva apacible, plagada de prudencia y equidad, de humildad, en suma, pero a la vez valiente y combativa contra la inmoralidad y la impunidad. Esas cualidades deberían ser las que dieran pie a seleccionar a nuestros políticos, por sus méritos, por sus capacidades, por su talante sereno y positivo, preocupados por el bien común y por combatir la injusticia. Frente a tales virtudes nos encontramos con una realidad en la que la intemperancia, la vanidad y el egoísmo imperan entre los que pugnan por el poder. Los ciudadanos perciben entonces que la corrupción afecta a todos por igual, mientras su rechazo no sea total y absoluto. Es imprescindible, pues, crear la conciencia de que se puede votar a cualquiera, pero nunca a un corrupto. Pero ocurre que el sistema electoral actual tiende a la perversión de tener que votar a corruptos o a abstenerse, como en el relato de Saramago. Un primer paso para superar esta situación es buscar un cambio en la forma de elegir a nuestros representantes, que se base en listas abiertas y participativas. La transparencia es un mecanismo eficaz contra la corrupción y la soberbia. La transparencia ayuda de forma inequívoca a la justicia, que, si bien sobre el papel es igual para todos, muchas veces en su aplicación no lo es. Ella se degrada cuando se utilizan sus mecanismos con desmedida contundencia contra hechos irrelevantes mientras que se obvian las acciones que destrozan la convivencia social y se la emplea como instrumento para resolver situaciones que los políticos no afrontan con el diálogo, ya sea por miedo, o por la cuna en la que éste se parapeta, la soberbia.

El miedo y la soberbia son factores peligrosos que llevan a muchos políticos a posturas indignas como amordazar a los que discrepan. La libertad de expresión y la de información son entonces agredidas. La ausencia de información o la información de dirección única desprotege al ciudadano y le deja inerme en manos de los totalitarismos de nuevo cuño que saben que, de ese modo, pueden incidir en asuntos tan fundamentales como el ejercicio del derecho al voto, mediante la fabricación de falsas verdades y verdades a medias, en un proceso de continuo bombardeo desde los medios informativos “leales”, atentando así contra la esencia de la democracia.

Frente a tales aberraciones, dolorosamente patentes, se precisa claridad de ideas en cuanto a qué méritos deben vestir a un político cuyos cometidos son velar por la democracia, organizar la vida social y su gobierno. Para lograr estos fines se deben someter a la irrenunciable voluntad libre e informada del ciudadano, el verdadero y único protagonista de la democracia, al que los políticos, como actores secundarios, se deben. Para ello tienen que cumplir su cometido, como meros mandatados por el ciudadano que son, sobre la base de la ética y el compromiso de buscar el bienestar y la felicidad de la sociedad. Esa y no otra es su obligación.

El ideario de cualquier dirigente debe llevar grabado a fuego varios objetivos: Cubrir las necesidades básicas de las personas; procurarles el acceso a la cultura para que se formen y enriquezcan su pensamiento; que tengan acceso gratuito y libre a la educación y a la sanidad; la defensa de la libertad de opinión y de información como derechos fundamentales; hacer realidad la igualdad ante la ley y perseguir la corrupción como principal enemigo a batir. A ello se debe añadir que la justicia tiene que velar por las víctimas y que la solidaridad debe ser el elemento de cohesión entre los ciudadanos con sus propios compatriotas y con los ciudadanos de todo el mundo.

Debemos actuar con urgencia porque el hecho de que cada vez seamos más libres, no nos hace más éticos. Muy al contrario, la moral está abandonando la política y eso da pie a que el mal hacer se instaure en todos los sectores. Cuando se abandonan los principios, hay dejación en la vigilancia sobre los derechos humanos, la corrupción se hace fuerte y reina la impunidad.

Se trata, pues, de combatir el egoísmo y la miseria moral, piedras sustentadoras de la soberbia. Es sabido, y así lo ha predicado el Papa Francisco, que la soberbia es la semilla de la mayoría de los conflictos, y cuando estos conflictos nos afectan a todos, la situación se torna peligrosa y debe ser contrarrestada. Nos concierne a todos.

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