La laguna perdida de Cádiz que fue uno de los mayores humedales de la Península y todavía vuelve a inundarse
Antes de convertirse en una vasta extensión de campos agrícolas, la depresión de La Janda, en Cádiz, albergó uno de los grandes humedales de agua dulce de la Península Ibérica. Situada al norte del Estrecho de Gibraltar, ocupaba una superficie superior a las 7.000 hectáreas, con la laguna principal extendiéndose por más de 4.000. Su posición entre Europa y África la convirtió durante siglos en un enclave fundamental para las aves migratorias.
Las sucesivas obras de drenaje transformaron profundamente aquel paisaje hasta culminar su desecación en 1967, con el objetivo de aprovechar sus fértiles suelos para la agricultura. El antiguo humedal desapareció como tal, aunque las inundaciones recurrentes y los retazos de vegetación acuática que sobreviven entre canales y cultivos mantienen visible parte de su naturaleza original.
La Janda no era una única lámina de agua permanente, sino un sistema cambiante determinado por las lluvias y por la escasa profundidad de la depresión. Los ríos Barbate, Celemín y Almodóvar, además de varios arroyos, alimentaban un mosaico en el que se integraban lagunas como Rehuelga, Espartinas, Tapatanilla o Jandilla. Durante los meses de mayor precipitación, las diferentes superficies inundables podían llegar a conectarse.
Cuando avanzaba la primavera y comenzaba el verano, el nivel descendía hasta dejar áreas cenagosas y un reducto de aguas libres en la zona central conocido como Charco de los Ánsares. Esa alternancia condicionaba tanto la vegetación como la extraordinaria abundancia de fauna que caracterizó durante siglos al lugar.
Un gran refugio en la ruta entre Europa y África
La importancia ornitológica de La Janda quedó documentada mucho antes de que existieran los estudios modernos sobre migración. En los abrigos y cuevas que rodean la depresión aparecen pinturas rupestres en las que pueden reconocerse representaciones de grullas, flamencos, avutardas, ánsares, cisnes y avocetas, junto a otros animales y figuras humanas. Siglos más tarde, viajeros y naturalistas continuaron dejando constancia de la riqueza de aquellas lagunas.
Su situación en el extremo sur de Europa convertía el humedal en un lugar estratégico para las aves que cruzaban el Estrecho, al ofrecer alimento y descanso antes o después del salto entre ambos continentes. Esa función explica que La Janda albergara especies reproductoras como la grulla común, el avetoro o la avutarda, además de importantes poblaciones de otras aves acuáticas antes de su transformación.
La desaparición del humedal fue resultado de un proceso prolongado. Entre 1825 y 1833 se acometieron algunas de las primeras actuaciones destinadas a su desecación. En 1929 se redactó un proyecto parcial y, siete años después, se presentó el denominado Proyecto de desecación, saneamiento y colmatación de las Lagunas del Barbate. Las intervenciones decisivas llegaron posteriormente, con obras de canalización y regulación hidráulica y con la construcción de presas en los ríos que alimentaban el sistema. La transformación culminó en 1967, cuando se alcanzó la desecación total. El paisaje quedó convertido en una infraestructura concebida para controlar las aguas y permitir el aprovechamiento agrícola de los terrenos.
Un paisaje agrícola que todavía recuerda a la laguna
Hoy, buena parte de La Janda está ocupada por cultivos de arroz, maíz, algodón, sorgo y leguminosas, además de algunas superficies de pasto. El territorio conserva, sin embargo, las marcas físicas del antiguo sistema acuático. Canales de desagüe y viejos cauces atraviesan los campos y mantienen agua y vegetación palustre durante buena parte del año.
Las lluvias intensas muestran con especial claridad esa continuidad: después de la desecación se registraron inundaciones parciales en 1989, 1995 y 1996, 2004 y un ejemplo de este febrero de 2026 sería el caso más reciente de este fenómento que ya no es excepcional. Y es quen los años especialmente lluviosos, el agua vuelve a ocupar temporalmente sectores de la depresión pese a las profundas modificaciones realizadas durante el siglo XX.
El coste ecológico de aquella transformación fue profundo. Varias especies que nidificaban históricamente en La Janda dejaron de hacerlo y algunas grandes colonias de aves acuáticas desaparecieron localmente después del drenaje. Aun así, el espacio continúa desempeñando un papel destacado en los movimientos migratorios por el Estrecho. Más de 2.500 grullas invernan anualmente en la zona, que también sirve de paso a miles de cigüeñas blancas y negras, rapaces y paseriformes.
Águilas imperial ibérica y perdicera, buitres leonados y alimoches utilizan asimismo este territorio, donde también se reproducen numerosas garzas, anátidas y otras aves acuáticas. La biodiversidad actual no reproduce la riqueza del ecosistema original, pero demuestra que el paisaje transformado conserva todavía un notable valor ornitológico.
La antigua laguna conserva, además, una dimensión histórica que va más allá de su valor ambiental. Las pinturas rupestres de los abrigos próximos testimonian la presencia de aves en este paisaje desde tiempos prehistóricos, mientras que en los alrededores existen dólmenes, menhires, tumbas antropomorfas y vestigios de los primeros asentamientos agrícolas del Neolítico.
Sobre ese territorio se extienden hoy campos de cultivo atravesados por canales y antiguos cauces, mientras las aves migratorias continúan utilizando La Janda en sus desplazamientos. El agua que reaparece durante los periodos de lluvias intensas completa la imagen de un espacio profundamente transformado, pero cuya geografía todavía conserva las señales del gran sistema de lagunas que ocupó durante siglos esta parte de Cádiz.
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