A nadie le amarga un dulce, por América: los 5 postres más queridos en todo Ecuador

Higos con queso

Adrián Roque

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Pocas cosas despiertan tanta unanimidad como un buen postre. Y si hablamos de los más célebres del continente americano, Ecuador juega en otra liga. Su historia culinaria, atravesada por tradiciones indígenas, herencias coloniales y una fuerte cultura popular, explica por qué los postres ecuatorianos están tan ligados a la calle, a las fiestas y al calendario. Aquí el dulce es cotidiano, cercano y profundamente local.

En este recorrido por la repostería ecuatoriana asoman nombres que cualquier viajero ha escuchado —o probado—: las espumillas, los pristiños o las quesadillas de Salcedo, dulces que no se entienden sin su contexto. Ecuador puede dividirse por sierra, costa y Amazonía, pero hay algo que lo mantiene unido: su manera directa de disfrutar lo dulce sin complicaciones.

1. Espumillas

Uno de los dulces callejeros más populares del país. Se elaboran con pulpa de frutas, clara de huevo y azúcar, dando como resultado una textura ligera y aireada. Se sirven en vasos y son habituales en plazas y mercados.

2. Pristiños

Aros de masa frita, crujientes por fuera y tiernos por dentro, bañados en miel de panela. Son un clásico de fiestas tradicionales y celebraciones religiosas, especialmente en la Sierra.

3. Quesadillas de Salcedo

Dulce típico de la ciudad de Salcedo. A diferencia de su nombre, no lleva nada que ver con la quesadilla mexicana: se trata de una masa suave rellena de queso y horneada hasta quedar dorada. Es uno de los postres más reconocibles del país.

4. Dulce de higos

Higos cocidos lentamente en almíbar, servidos habitualmente con queso. Es un postre muy tradicional, presente en hogares y celebraciones, que combina dulzor intenso y contraste salado.

5. Turrón de Loja

Un dulce elaborado con miel de panela, frutos secos y masas fritas, muy ligado a festividades locales. Es contundente, pegajoso y profundamente asociado a la tradición del sur del país.

Ecuador demuestra que el postre no necesita sofisticación para ser memorable. Sus dulces hablan de calle, de fiesta y de recetas que se mantienen vivas porque siguen formando parte del día a día. A veces, entender un país empieza por probar lo que se vende en la esquina.

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