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Nueve villas marineras del Cantábrico para escapar del calor entre puertos, playas y gastronomía de primera

Atardecer en Ribadesella.

Roberto Ruiz

18 de julio de 2026 22:23 h

Las villas marineras tienen algo que las hace diferentes. Conservan el ambiente de los pueblos que crecieron mirando al mar, mantienen vivas muchas de sus tradiciones y siguen encontrando en el puerto el corazón de la vida cotidiana. Recorrerlas es una forma de descubrir otra manera de entender la costa y, además, son una buena escapatoria cuando aprieta el calor.

La costa cantábrica reúne algunos de los pueblos más atractivos de España para una escapada estival. Son lugares donde el mar marca el ritmo de la vida, las temperaturas suelen ser más suaves incluso en pleno agosto y siempre hay un paseo con vistas, un mirador, un puerto lleno de pequeñas embarcaciones o una terraza donde disfrutar de la gastronomía local. Todo ello acompañado por un paisaje de acantilados, playas y montañas que cambia constantemente a lo largo del recorrido.

En esta ruta proponemos nueve paradas repartidas entre Asturias, Cantabria y Euskadi. Desde el anfiteatro de casas de colores de Cudillero hasta el casco histórico de Hondarribia, pasando por pueblos tan conocidos como Comillas, Ribadesella, San Vicente de la Barquera o Lekeitio. Nueve destinos marineros con personalidad propia que invitan a descubrir el Cantábrico con calma, siempre cerca del mar y con la buena mesa como compañera de viaje.

Cudillero

Pocos pueblos del Cantábrico resultan tan reconocibles como Cudillero. Su puerto, protegido entre dos laderas, queda rodeado por un anfiteatro de casas de colores que se ha convertido en una de las imágenes más icónicas de Asturias. Basta con recorrer sus callejuelas empinadas para descubrir miradores, escaleras y pequeñas plazas desde las que siempre aparece una nueva perspectiva del pueblo y del mar.

Cudillero mirando al mar.

Aunque hoy es uno de los destinos más visitados de la costa asturiana, Cudillero mantiene una marcada identidad marinera. La tradición pesquera sigue muy presente, igual que su gastronomía, donde el pescado y el marisco son los grandes protagonistas. Si el tiempo lo permite, merece la pena acercarse también al faro o al cercano Palacio de Selgas, conocido como el “Versalles asturiano”, antes de seguir la ruta.

Tazones

Pequeño, tranquilo y con mucho encanto, Tazones es uno de esos pueblos que se recorren a paso lento. Sus dos barrios históricos, San Miguel y San Roque, conservan el aire de esta parroquia pesquera, con casas blancas, balcones llenos de flores y calles estrechas que desembocan en el puerto. Todo invita a caminar sin prisas mientras el ir y venir de las embarcaciones anima las vistas al mar.

Tazones, en Asturias.

Su historia también lo hace especial. Aquí desembarcó Carlos V en 1517 durante su primer viaje a la península, un episodio que cada verano revive el pueblo con una popular recreación histórica a finales de agosto. Además de disfrutar del ambiente marinero y de la cocina basada en el pescado y el marisco recién llegado a la lonja, merece la pena acercarse hasta el faro o descubrir las huellas de dinosaurio que esconde este tramo de costa.

Ribadesella

Ribadesella combina como pocos lugares el ambiente de una villa marinera con un importante patrimonio histórico y natural. La desembocadura del río Sella divide el municipio entre el casco antiguo y la playa de Santa Marina, unidos por un agradable paseo que invita a detenerse frente al puerto, recorrer las calles del centro o acercarse hasta la ermita de la Guía para disfrutar de las vistas.

Ribadesella desde las alturas.

Pero si hay dos nombres inseparables de Ribadesella son la cueva de Tito Bustillo, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y el Descenso Internacional del Sella, que se lleva celebrando desde 1930 y tiene lugar el primer sábado de agosto. A eso se suma una animada oferta gastronómica y un ambiente que convierte a la localidad en una apuesta segura para quienes buscan combinar mar, cultura y naturaleza en una misma escapada.

Castro Urdiales

Castro Urdiales es una de las grandes referencias de la costa cántabra. La imagen más conocida de la ciudad la forman la iglesia de Santa María, el castillo-faro y el puente medieval que une ambos edificios junto al puerto, un conjunto monumental que se ha convertido en uno de los rincones más fotografiados del norte de España. A partir de ahí, solo queda dejarse llevar por las calles del casco histórico y el ambiente marinero que todavía conserva la ciudad.

Castillo - Faro de Santa Ana, en Castro Urdiales.

El puerto sigue siendo el corazón de Castro Urdiales, rodeado de terrazas y restaurantes donde el pescado fresco, el marisco y las famosas anchoas ocupan un lugar destacado. Quien quiera completar la visita puede acercarse también a las playas de Brazomar u Ostende o descubrir la huella romana de Flavióbriga, la antigua colonia sobre la que creció la ciudad actual.

Comillas

Comillas demuestra que una villa marinera también puede ser un referente de la arquitectura. Su casco histórico reúne algunos de los edificios más singulares de Cantabria, fruto del esplendor que vivió la localidad entre finales del siglo XIX y principios del XX gracias al impulso del primer marqués de Comillas. El resultado es un paseo donde conviven la tradición marinera y un patrimonio poco habitual en una localidad de este tamaño.

El Capricho de Gaudí, en Comillas.

El gran símbolo del pueblo es El Capricho, una de las pocas obras que Antonio Gaudí construyó fuera de Catalunya. Muy cerca se encuentran el Palacio de Sobrellano, su capilla-panteón y la imponente Universidad Pontificia, mientras que el paseo marítimo y la playa recuerdan que el Cantábrico sigue siendo el gran protagonista. Un destino perfecto para combinar cultura, historia y mar en una misma jornada.

San Vicente de la Barquera

Rodeado de agua por casi todos sus lados, San Vicente de la Barquera presume de una de las estampas más reconocibles del litoral cántabro. Su casco histórico se alza sobre una colina dominada por el castillo del Rey y la iglesia de Santa María de los Ángeles, mientras que la ría, los puentes y el puerto pesquero completan un paisaje difícil de olvidar.

La iglesia de Santa María de los Ángeles.

Además de pasear por sus calles y disfrutar del ambiente marinero, la localidad es una excelente puerta de entrada al Parque Natural de Oyambre. Sus playas, las marismas y la silueta de los Picos de Europa en el horizonte forman un escenario privilegiado que se completa con una cocina donde el pescado fresco y el tradicional sorropotún, o marmita de bonito, son dos de los grandes reclamos.

Mundaka

Aunque su nombre está ligado al surf, Mundaka es mucho más que una de las olas más famosas de Europa. El pequeño puerto de esta anteiglesia, las casas que ascienden por la ladera y el ambiente tranquilo de sus calles conservan un profundo carácter marinero. Es un pueblo que invita a caminar sin prisas y a detenerse en cada rincón con vistas a la ría de Urdaibai.

Mundaka al anochecer.

Precisamente ese entorno natural, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, es uno de sus mayores atractivos. Desde el puerto parten algunos de los mejores paseos para contemplar la costa, mientras que el casco histórico y la gastronomía vasca, con el pescado y los pintxos como protagonistas, completan una visita que va mucho más allá del surf.

Lekeitio

Lekeitio mantiene una estrecha relación con el mar desde hace siglos y basta con acercarse a su puerto para comprobarlo. La villa conserva un animado ambiente pesquero y un casco histórico lleno de calles estrechas que desembocan en la basílica de Santa María de la Asunción, uno de los edificios góticos más destacados de Euskadi.

El puerto de Lekeitio.

Uno de sus mayores atractivos es la isla de San Nicolás, a la que se puede acceder caminando cuando baja la marea. Esa imagen, junto con el puerto y las fachadas de colores que miran al Cantábrico, convierte a Lekeitio en una de las paradas imprescindibles de la costa vizcaína. Y, como no podía ser de otra manera, la cocina marinera pone el mejor broche a la visita.

Hondarribia

El viaje termina en Hondarribia, una de las ciudades con más personalidad de todo el Cantábrico. Su casco histórico, rodeado por murallas y perfectamente conservado, reúne plazas, calles empedradas y elegantes casas con balcones de madera que recuerdan su pasado defensivo. Pasear por esta parte de la ciudad es hacerlo entre siglos de historia, siempre pegados al mar.

La Marina, en Hondarribia.

A pocos minutos aparece el barrio de la Marina, mucho más animado y colorido, donde antiguas casas de pescadores conviven con bares y terrazas famosos por sus pintxos. El puerto, la playa y las vistas sobre la bahía de Txingudi, con la costa francesa al otro lado, ponen el punto final a una ruta que demuestra que el Cantábrico es mucho más que un lugar donde escapar del calor.

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