La ruta senderista de Girona para hacer a pie o en bicicleta, marcada por el curso del agua y que atraviesa un puente colgante de madera
El río Ter nace a más de 2.400 metros de altitud, en el circo de Ulldeter, en pleno Pirineo de Girona, y tras recorrer más de 200 kilómetros desemboca en el Mediterráneo, en l'Estartit, después de atravesar montañas, valles, ciudades medievales, campos agrícolas y espacios naturales de enorme valor ecológico.
Acompañando este recorrido se encuentra la Ruta del Ter, un itinerario señalizado impulsado por el Consorci del Ter que permite seguir el curso del río a pie o en bicicleta a través de una red de caminos que conecta algunos de los paisajes más diversos de Catalunya. Lejos de plantearse como una prueba deportiva, la propuesta invita a viajar despacio, descubriendo cómo el agua ha modelado el paisaje, la cultura y la vida de las comarcas gerundenses durante siglos.
La ruta de turismo activo puede recorrerse por etapas, adaptándose tanto a senderistas como a cicloturistas. Gracias a su buena señalización y a la cercanía de numerosos municipios, resulta accesible para quienes desean realizar una escapada de varios días o simplemente disfrutar de alguno de sus tramos más emblemáticos.
Del nacimiento del Ter a los grandes bosques del Ripollès
Todo comienza en la alta montaña. El nacimiento del Ter, en el entorno de Ulldeter, ofrece una de las imágenes más espectaculares de los Pirineos orientales. Entre prados alpinos, torrentes cristalinos y cumbres que superan los 2.500 metros, el río apenas es un pequeño hilo de agua que inicia un viaje hacia el mar.
Los primeros kilómetros atraviesan el Parque Natural de las Cabeceras del Ter y del Freser, un espacio protegido donde abundan los bosques de pino negro, las praderas de alta montaña y una fauna característica del Pirineo, como rebecos, marmotas o grandes rapaces. Aquí caminar significa escuchar el rumor constante del agua mientras el paisaje cambia con cada curva del valle.
Las poblaciones de Setcases, Camprodon o Sant Joan de les Abadesses permiten hacer un alto en el camino para descubrir iglesias románicas, antiguos puentes medievales y una gastronomía profundamente ligada al territorio. Es una primera parte del recorrido en la que naturaleza y patrimonio conviven con absoluta naturalidad.
Cruzar el Ter por la histórica Palanca de la Batllia
Situada en Sant Joan de les Abadesses, la Palanca de la Batllia, muy cerca de la antigua colonia Llaudet, esta pasarela colgante de madera permite salvar el río Ter mediante una estructura sencilla, perfectamente integrada en el paisaje y cargada de historia.
El puente está formado por dos tramos: un primer paso corto apoyado sobre un único pilar y un segundo tramo, mucho más largo, que queda suspendido sobre el río gracias a cinco cables de acero ocultos bajo el entarimado de madera. Al cruzarlo, el ligero balanceo acompaña el sonido constante del agua, mientras el bosque de ribera envuelve la escena. Es uno de esos lugares donde el viaje invita a detenerse, observar el cauce y comprender la estrecha relación entre el río y las comunidades que durante generaciones dependieron de él.
Esta pasarela de madera es uno de los elementos más singulares del patrimonio fluvial inventariado por la Ruta del Ter. Muy cerca aún pueden verse una antigua fuente y un lavadero, discretos testigos de la vida cotidiana que durante décadas giró alrededor del río. Cruzar el puente supone dejar atrás la carretera para adentrarse en un paisaje que conserva el ritmo pausado del Ter, ese mismo río que, unos kilómetros más adelante, seguirá su camino hacia Girona y, finalmente, hasta el Mediterráneo. Entre pueblos medievales y bosques de ribera.
A medida que el Ter abandona las montañas, el paisaje se suaviza. Los grandes desniveles desaparecen para dar paso a valles agrícolas, pequeñas huertas y bosques de ribera donde álamos, sauces, fresnos y alisos crean agradables corredores verdes.
Es también el tramo donde aparecen algunas de las localidades con mayor personalidad de Girona. Bescanó, Anglès, Bonmatí o la propia ciudad de Girona muestran cómo el río ha sido históricamente un eje de comunicación, fuente de energía y motor económico.
La capital gerundense merece una parada tranquila. Su casco antiguo, las casas de colores reflejadas sobre el río Onyar, la catedral y el entramado de callejuelas medievales convierten la ciudad en uno de los grandes atractivos del recorrido. Desde aquí, la Ruta del Ter continúa buscando nuevamente la naturaleza, dejando atrás el ambiente urbano para internarse en espacios mucho más tranquilos.
El agua como refugio de biodiversidad
Uno de los mayores valores del itinerario es la enorme diversidad ecológica que acompaña al río durante todo su recorrido. Los bosques de ribera actúan como auténticos corredores biológicos donde encuentran refugio numerosas especies de aves, anfibios, nutrias y peces.
En muchos tramos es posible observar garzas reales, martines pescadores, cormoranes o cigüeñas, especialmente durante las primeras horas del día. La vegetación cambia progresivamente conforme el río pierde altitud, reflejando la transición entre los ecosistemas pirenaicos y los ambientes mediterráneos.
Las instituciones responsables de la gestión de la Ruta del Ter insisten en la importancia de recorrer estos espacios con respeto, siguiendo siempre los caminos señalizados y minimizando el impacto sobre unos hábitats especialmente sensibles.
El tramo final: arrozales, humedales y el Mediterráneo
Los últimos kilómetros ofrecen un cambio de escenario casi inesperado. Después de abandonar los bosques interiores, el Ter alcanza la llanura del Baix Empordà y comienza a serpentear entre campos agrícolas hasta llegar a uno de los humedales más importantes de Catalunya.
La desembocadura, situada junto al Parque Natural del Montgrí, las Illes Medes i el Baix Ter, constituye un auténtico paraíso para los amantes de la naturaleza. Dunas, lagunas, arrozales y marismas sirven de refugio a centenares de especies de aves migratorias, mientras el río completa el viaje iniciado días antes en las cumbres pirenaicas.
El contraste resulta extraordinario. El agua del interior termina fundiéndose con el Mediterráneo frente a amplias playas y paisajes abiertos donde el horizonte parece infinito.
Una experiencia accesible para todos
La Ruta del Ter no exige recorrer sus más de 200 kilómetros de una sola vez. Precisamente uno de sus mayores atractivos es la posibilidad de adaptarla al ritmo de cada viajero. Existen etapas de montaña para senderistas experimentados, cómodos recorridos familiares por antiguos caminos fluviales y largos tramos ideales para realizar en bicicleta gracias a su escasa pendiente.
La señalización homogénea, la disponibilidad de alojamientos, la conexión con estaciones ferroviarias en algunos puntos y la existencia de servicios especializados para cicloturistas convierten el itinerario en una de las grandes propuestas de turismo sostenible de Catalunya.
A lo largo del camino aparecen antiguos molinos, canales históricos, colonias industriales, puentes centenarios, pequeñas huertas y pueblos cuya identidad sigue profundamente ligada al agua. Quizá por eso esta ruta deja una sensación distinta a la de otros grandes itinerarios senderistas. Aquí el objetivo no consiste únicamente en alcanzar un destino, sino en dejarse acompañar por el río. Caminar escuchando su rumor constante o pedalear entre árboles y tan solo seguir la corriente.
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