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Decálogo sobre lo que pasa (y lo que no) en Catalunya

Mentir a los electores es una táctica que en la política catalana se ha convertido ya en costumbre

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El Sindicat de Mossos critica el dispositivo del Parlament durante el 1-0

Quim Torra y Roger Torrent, con una pancarta que les insta a desobedecer o dimitir EFE

En la pista de circo en que se ha convertido la política catalana, el malabarismo es el ejercicio preferido por los partidos con representación en el Parlament. Las formaciones independentistas, enfrentadas y sin un plan consensuado, prometen aplicar "el mandato" del 1-O pero no explican cómo. La última maniobra es  amenazar a Pedro Sánchez con dejarle caer si antes de un mes no presenta una propuesta para dialogar sobre la autodeterminación de Catalunya.

Quim Torra lleva cinco meses en el cargo y es difícil saber si en este tiempo su estrategia ha sido la de intentar ganar tiempo o si en realidad solo se ha dedicado a perderlo. Es la pregunta que surge también cuando plantea un ultimátum al presidente del Gobierno.

Sánchez  habla de autogobierno mientras Torra insiste en la autodeterminación. Podría ser un punto de partida si el independentismo, o al menos una parte de él, no hubiese vuelto a fijarse plazos, a modo de soga, como ha hecho el president. Hasta hoy las soflamas de los dirigentes independentistas no se han traducido en actos de desobediencia aunque eso no frena a Ciudadanos y PP a la hora de reclamar que se aplique de nuevo el artículo 155.

Unos y otros podrían estar pensando en buscar una solución para el conflicto catalán. Pero son partidos y cuando piensan siempre lo hacen en las elecciones. La república no está a la vuelta de la esquina; las municipales y las europeas, sí. Este es un decálogo para entender (o al menos intentarlo) qué está pasando en la política catalana:

1. Un Govern desnortado. Junts per Catalunya y ERC no tienen una estrategia común más allá de mantener la mayoría en el Parlament y proteger al Govern de los envites propios y de los de la oposición. Mientras JxCat busca cómo evitar la ruptura definitiva con la CUP, ERC hace suya la apuesta por acercarse a 'comuns' y PSC que Oriol Junqueras, desde la cárcel, y Joan Tardà, desde el Congreso, llevan semanas defendiendo. Lo único que une ahora a los diferentes grupos secesionistas es la existencia de presos. Les une la apelación a su liberación y la denuncia de una instrucción judicial más que cuestionable. La duda que no aclaran es qué pasará si la sentencia es condenatoria. Torra insiste en que no la acatará pero en ERC son más prudentes y evitan incendiar los ánimos antes de tiempo. Los republicanos quieren que Oriol Junqueras sea su candidato en las europeas y eso puede darle un mayor protagonismo (y rédito electoral) frente a la Crida Nacional, el proyecto apadrinado por Carles Puigdemont y que aspira a aglutinar el voto independentista.

2. Unas entidades divididas. Al igual que los partidos, también la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural han evidenciado que sus estrategias son diferentes. La nueva presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, defiende que la vía unilateral es la única posible y a diferencia de su antecesor, Jordi Sànchez, no va de la mano del Govern. En cambio, Òmnium defiende que hay que convencer a más catalanes para que se sumen a la causa independentista y que la única manera es acercarse al espacio que representan socialistas y 'comuns'.

3. Los CDR ganan protagonismo. Se ha escrito mucho y más en los últimos días sobre los Comités de Defensa de la República (CDR). Pero hablar de estos grupos como un colectivo uniforme es no saber qué son los CDR. La mayoría actúan de manera autónoma, sin un portavoz único, y sin atender a instrucciones de partidos o entidades. Tienen en común la petición de que el Govern cumpla su promesa de hacer efectiva la república (aunque es difícil saber cómo se pasa de las palabras a los hechos). Su protagonismo puede ir a más cuando se conozca el fallo del juicio a los presos.

4. Nuevo grupo: jóvenes radicales que no responden ante nadie. Los manifestantes que participaron en la marcha para conmemorar el primer aniversario del 1-O se sorprendieron de la actitud violenta de un grupo, no pequeño, que intentó asaltar el Parlament. Sorprendió porque en ninguna manifestación independentista se habían producido altercados y porque eran jóvenes, muy jóvenes en algunos casos, que incluso se enfrentaron a los servicios de seguridad que las entidades siempre sitúan en estas marchas y que, hasta este lunes, siempre se habían respetado. Los partidos independentistas se han desmarcado de estas actitudes violentas e insisten en que el suyo es un movimiento pacífico. Seguramente que el presidente de la Generalitat, que ha rechazado también la violencia, pida "desobedecer" para conseguir la "libertad" no ayuda a pacificar la calle.

5. Las redes. Como se demostró hace un año cuando Carles Puigdemont se planteó la posibilidad de adelantar las elecciones, la presión de las redes sociales influye y no poco en la estrategia del independentismo. Las apelaciones a cumplir el mandato del 1 de octubre, a desobedecer y las críticas al Govern por parte de tuiteros dispuestos a darles lecciones cada día preocupan a algunos estrategas del Ejecutivo. Uno de los que lo ha vivido con más crudeza ha sido Joan Tardà, independentista de toda la vida, a quien en el mundo virtual se le ha acusado también de traidor por decir que para que el independentismo pueda conseguir su objetivo necesita ampliar su mayoría.

6. Los Mossos, en el foco. La Policía Autonómica ha pasado de recibir los elogios de buena parte del independentismo durante los atentados del 17 de agosto, o por su papel durante el 1-O, a ser el blanco de las críticas por el dispositivo que acabó con cargas (¿excesivas?) para evitar que una manifestación-provocación del sindicato policial Jusapol y una independentista acabasen en una batalla campal (mayor de la batalla que fue). Dos días después, otro operativo, el organizado para frenar un asalto al Parlament, ha sido criticado por los sindicatos de los Mossos, que consideran que el dispositivo fue insuficiente.

7. Las fotos de Ciudadanos. Albert Rivera e Inés Arrimadas, lejos de sumarse a la estrategia de pacificación iniciada por el Gobierno de Sánchez, han optado por apretar el acelerador en la carrera que Ciudadanos disputa con Pablo Casado para ganar votos a base de azuzar el conflicto. El último ejemplo se ha vivido este martes en el Parlament. Los grupos independentistas han acatado la doctrina Llarena pero Ciudadanos y el PP les han acusado de desobedecer y, buscando una foto que ya empieza a ser un clásico en el Parlament, han salido del hemiciclo durante la votación.

8. La mano tendida del PSC. Miquel Iceta, uno de los artífices de la estrategia de Sánchez para apaciguar el conflicto catalán, y la nueva delegada del Gobierno, Teresa Cunillera, están decididos a no caer en lo que los socialistas definen como "provocaciones" del independentismo. Su apoyo al 155 continúa siendo visto por una parte de los catalanes como un ataque al autogobierno inasumible pese a que su opinión respecto a la prisión provisional de los presos no tiene nada que ver con el 'a por ellos' que entonan PP y Ciudadanos.

9. Los 'comuns', pendientes de Barcelona. Tras la renuncia de Xavier Domènech, los 'comuns' se han quedado sin un referente con el carisma que tenía este historiador que pronto descubrió que la política puede llegar a ser una de las actividades más desagradables e ingratas de todas. El partido, cuyas tensiones internas siguen vivas, está ahora concentrado en no perder su bastión: Barcelona. La aparición de Manuel Valls como máximo adversario puede darle a Ada Colau votos con los que no contaba. O al menos ese es el cálculo que hace su equipo.

10. La mentira como relato. Uno de los reproches que se hace a menudo a los partidos es que no cuentan la verdad a sus electores. A veces para ganar votos y a veces para no perderlos. Es una táctica que en la política catalana se ha convertido en costumbre. Se promete hacer efectiva la república aunque siga sin haber ni una mayoría social ni unas estructuras ni un apoyo internacional que permita impulsarla. O se denuncia una fractura social mientras se contribuye a ella apoyando manifestaciones incendiarias, diciendo que el castellano desaparece de Catalunya (Toni Cantó dixit) o reclamando un 155 aunque hoy por hoy no haya un motivo objetivo que lo justifique. Esto es lo que pasa (y lo que no) en Catalunya.

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