Econacionalismo: la coartada verde de la extrema derecha
La han bautizado con distintos apelativos: fanatismo verde, fanatismo climático, ecolocura, estafa climática, dogmatismo climático, econazismo… Son conceptos que la extrema derecha utiliza para ignorar la emergencia climática. Hay que seguirlos de cerca para observar cómo han ido adaptando su discurso y han pasado, en muchos casos, del evidente negacionismo climático al econacionalismo. Han cambiado algunas expresiones, pero sus argumentos siguen siendo igual de peligrosos.
En Extrema dreta, què ens hi juguem (editado únicamente en catalán por Eumo), los profesores Jordi Corominas y Joan Albert Vicens dedican un interesante capítulo a analizar cómo los partidos de extrema derecha ajustan sus argumentos a ese ambientalismo nacionalista.
Vayamos a ejemplos concretos. Algunas de estas formaciones ahora aceptan que el cambio climático existe. Pero —y ahí está la trampa— defienden que es inevitable y que no queda otra opción que adaptarse. Eso les lleva a rechazar los acuerdos internacionales, empezando por la Agenda 2030 o el Pacto Verde Europeo.
De hecho, impugnan las medidas que obliguen a los Estados, porque su apuesta es que cada país aplique las que considere oportunas. Pretender que la solución sean más fronteras cuando la emergencia es planetaria es una barbaridad. Pero lo dicen porque hay gente dispuesta a votarlos por argumentos como ese. “La mejor preservación del medio ambiente es la defensa de las fronteras”, ha proclamado Marine Le Pen. Es una idea que a la extrema derecha francesa le ha funcionado muy bien. De ahí que su delfín, Jordan Bardella, insista en ella: “Las fronteras son el mejor aliado del medio ambiente; es a través de ellas como salvaremos el planeta”.
Ese econacionalismo les permite reclamar que las políticas energéticas no estén sometidas a ningún tipo de coordinación supraestatal. Sin tapujos, defienden que se mantengan los combustibles fósiles, recelan de las energías renovables y rechazan las zonas de bajas emisiones en las ciudades. Vox, abonado como está a las hipérboles, ha llegado a acusar al Gobierno de provocar un “suicidio energético e hidráulico”.
El discurso retardista, que ya había abrazado una parte de la derecha y con el que también coquetea el rojipardismo, repite como uno de sus principales mantras que el coste de la transición ecológica es muy elevado, especialmente en zonas como Europa, mientras que en otros puntos del planeta no se hace nada para combatir la emergencia actual.
James Painter, investigador asociado al Instituto Reuters y profesor de la Escuela de Geografía de la Universidad de Oxford, explicó hace unas semanas, durante una jornada celebrada en Barcelona titulada Desinformación climática: de la negación a la demora, que las tres argumentaciones utilizadas en el pasado eran: “No está pasando”, “no es culpa nuestra” y “no es malo”. Ahora, en cambio, sostienen que “las soluciones no funcionan o no son de fiar”. Es decir, según este experto, trasladan la idea de que “la ciencia no es de fiar”.
Ya sea con los argumentos del negacionismo clásico o mediante el retardismo, lo que nunca falla en la extrema derecha, con independencia del país, es la vinculación del discurso econacionalista con el elemento clave de todos sus programas: el rechazo a la migración. “Cuando eres ecologista, te aseguras de que no haya inmigración”, ha resumido Hervé Juvin, uno de los economistas de Reagrupamiento Nacional.
Pensar que Vox —cuyo líder, Santiago Abascal, calificó al presidente Sánchez de “terrorista climático” y negó que las políticas contra el cambio climático estén basadas en la ciencia— ya decide las medidas medioambientales en tantas comunidades autónomas, y que está por ver si pronto también lo hará en el Gobierno central, es algo que debería alarmar a cualquiera. De nada sirve que el presidente andaluz, Juanma Moreno, se lamente de las consecuencias del cambio climático si él es uno de los que ha dado entrada en las instituciones a la extrema derecha negacionista. Y Alberto Núñez Feijóo ya ha dejado claro que tampoco tendrá problema alguno en gobernar con ella. Así que sus votantes no podrán lamentarse de que no estuviesen avisados.
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