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El Ebro sigue siendo el Hiber

Afectados en Aragón 2.000 agricultores y 19.200 hectáreas por inundaciones

El río Ebro tras pasar la ciudad de Zaragoza camino de Piña de Ebro.

2.610 metros cúbicos por segundo (m3/s) y 6,10 metros de altura. Con esas credenciales, muy próximas al caudal del Nilo, se presentó el Ebro en Zaragoza el pasado lunes. Las imágenes del río a su paso por la capital aragonesa eran impresionantes. Pero lo cierto es que, a pesar de la espectacular inflamación de su cauce, las dimensiones alcanzadas quedaban muy lejos de los 3.000 m3/s que llegó a rozar en enero de 1981 o de los 4.500 m3/s que superó en el invierno de 1961. Imagínenselo: más del doble que el mismísimo Rin.

Si el agua es la sangre de la naturaleza y los ríos son sus venas, el Ebro es nuestra gran arteria aorta. Desde que nace en el pico Tresmares y emana en Fontibre (Alto Campoo, Cantabria) hasta que cede sus aguas al Mediterráneo en la Illa de Buda (Sant Jaume d’Enveja, Cataluña) recorre casi mil kilómetros de longitud dando forma a un gran ciempiés de agua que ocupa 85.000 Km² de superficie y atraviesa la mitad noroeste de la península creando el valle más fértil y algunos de los paisajes fluviales más espectaculares del sur de Europa. Pero eso era antes, cuando era río, cuando distribuía el agua tal y como lo dispuso la naturaleza y con un único objetivo: producir vida. Ahora no. Ahora lo hemos convertido en el Ebro S.A.

Desde que los especuladores urbanísticos y financieros gestionan su cuenca, el Ebro ha pasado a convertirse en un canal de servicios agrícolas, industriales y urbanos. Un instrumento para obtener beneficios a base de actuar contranatura y contra el sentido común: campos de golf en mitad de secarrales, polígonos industriales donde antes habían bosques de ribera, inmensos regadíos donde la naturaleza dicta cultivos de secano, urbanizaciones colmadas de piscinas en páramos desérticos… ¿El agua de la naturaleza? ¿Caudal ecológico? ¿Ecosistemas fluviales? Eso era antes, cuando el viejo Hiber que nos dio nombre era un río libre, salvaje y al servicio de la naturaleza. Ahora no, ahora el Ebro es un río canalizado, teledirigido y trabaja en exclusiva para nosotros.

Pero el Ebro está agotado de mantener ese papel. No puede más. Según los expertos en circunstancias normales debería estar aportando a su delta un caudal de hasta 18.000 hm3 al año con su correspondiente carga de sedimentos. Sin embargo desde hace décadas ese aporte apenas alcanza los 5.000 hm3 de agua. Un agua que llega a Amposta sin apenas lodos, filtrada por las más de 200 esclusas, presas y barreras de todo tipo que obstaculizan y peinan su cauce reteniendo los posos. Un caudal estéril incapaz de mantener su plataforma deltaica, que se desmenuza lentamente en el mar.

Porque lo cierto es que el Ebro llega a su tramo final tan exhausto que ya no desemboca en el Mediterráneo: es el Mediterráneo el que sube por su cauce. La falca salina, la proporción de agua marina que se adentra en el río y lo remonta, llega ya hasta Tortosa, a casi cincuenta kilómetros de la desembocadura.

Pero cuando la pluviosidad le es favorable el Ebro recupera el Hiber que lleva dentro y pega un manotazo en el mapa para redibujar su viejo cauce. Desatiende las señales de stop de las esclusas, no respeta los ceda el paso de las acequias, salta por encima de los puentes, inflama los pantanos y se desparrama por campos, pueblos y carreteras. Nos recuerda que es un río y que un río es, antes que cualquier otra cosa, naturaleza.

Llevamos demasiado tiempo faltándole al respeto. Hemos desobedecido todas las normas de convivencia que exige el aprovechamiento sostenible de sus aguas. No estamos gestionando los recursos que nos ofrece de manera responsable. Y cuando el renace el Hiber nos llevamos las manos a la cabeza y buscamos a los culpables de su acometida. Pero el único culpable es nuestra soberbia.

En los últimos tiempos nos hemos convertido en auténticos “okupas” del río. ¿Quién decidió cultivar esos campos por debajo de su cauce o que la altura del puente de la carretera debía de ser precisamente esa? ¿A qué insensato se le ocurrió urbanizar su ribera e incluso construir su casa o su negocio en pleno cauce? ¿De verdad vamos a hacer responsable de todos los males al río, un río que lleva avisándonos con sus crecidas desde hace siglos?   

Mi compañero y amigo Juan Carlos del Olmo, secretario general de WWF, ha sido categórico a la hora de señalar la verdadera causa de los daños causados por las inundaciones y, tras expresar su solidaridad con los afectados, ha destacado que “la única forma de prevenir el riesgo es respetar la naturaleza de los ríos en lugar de intentar dominarlos y controlarlos”.

Para WWF los graves daños causados por la última crecida del Ebro son consecuencia del flagrante incumplimiento de la Directiva Marco del Agua y la Ley de Aguas española y por la lenta aplicación de la Directiva Europea de Inundaciones, una normativa que defiende la soberanía del río sobre su cauce y en aplicación del más elemental sentido común propone “trabajar con los ríos, no contra ellos, para reducir los riesgos”.

No se trata de postrarse, sino de respetar al Ebro. Atender a sus requerimientos de espacio, dejar de profanar sus riberas y de planificar sin contar con él. Debemos avanzar hacia un uso más responsable de sus aguas, un uso basado en la eficiencia y el conocimiento compartido para tomar buena nota de por dónde ha pasado el Hiber, porque volverá a hacerlo.

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