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Italia, más de lo mismo otra vez pero también lo nuevo

Las elecciones italianas de este domingo pueden provocar el alejamiento del país de la UE y la amenaza de abandonar el euro, una durísima política anti-inmigración y la ruptura de la ortodoxia económica de Bruselas

Berlusconi propone un "gran plan de privatizaciones" para Italia

El ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. EFE

Los analistas y comentaristas de toda Europa, y más de uno de Estados Unidos, se han hartado de predecir las consecuencias, casi siempre malas, que podrían provocar de las elecciones generales italianas de este domingo. Algunas de ellas son el alejamiento de la UE y la amenaza de abandonar el euro, una durísima política anti-inmigración que podría tener un gran eco en todo el continente y la ruptura de la ortodoxia económica que impone Bruselas. Todo depende de cuáles sean los resultados. Y es justamente en ese punto donde todo se vuelve oscuro. Porque nadie, ni en Italia ni fuera de ella, tiene claro cuáles pueden ser.

Mínimas variaciones de los pronósticos sugeridos por las encuestas –que de por sí tampoco son muy contundentes- pueden producir efectos muy distintos, en buena medida debido al nuevo sistema electoral, que es una mezcla del sistema proporcional y del mayoritario, y que según muchos está fundamentalmente concebido para reducir las posibilidades del Movimento 5 Stelle, la formación antisistema que no quiere saber nada de posibles entendimientos con ninguno de sus rivales, sean de izquierda o de derecha.

De ahí que nadie se atreva a avanzar qué partidos formarán el nuevo gobierno y menos quien estará a su cabeza. Y a menos que se produzcan sorpresas importantes de última hora, son tantas las posibilidades de alianzas post-electorales, en función de los resultados que obtengan unos y otros, que la solución a ese enigma puede tener coloraciones de muy distinto tipo.

En principio, la coalición formada por la Forza Italia del, una vez más, renacido Silvio Berlusconi, la Liga Norte, partido de ultraderecha y xenófobo en claro auge, y los neofascistas, además de otras formaciones menores, debería ganar las elecciones con un resultado que va del 35 al 38 % de los votos.

Todos esos partidos rivalizan por aparecer como el más radical en la política contra los inmigrantes, gran banderín de enganche popular en un país en el que el año pasado han entrado más de 630.000 extranjeros ilegales y en cuyas aguas murieron no menos de 13.000 en ese mismo periodo. Distanciarse de Europa, más o menos según los casos, y rebajar los impuestos, son otros puntos programáticos en los que coinciden los miembros de la citada coalición. La Liga Norte añade a ellos la derogación de la ley de reforma y recorte de las pensiones aprobada en 2011 por presión de Europa y de los mercados.

Todo eso sobre el papel. En la práctica, Berlusconi, al que una sentencia judicial le impide ser elegido, y la Liga Norte, libran una dura batalla por ser el partido más votado de la coalición. Porque, en principio, sería a éste a quien le correspondería la presidencia el futuro gobierno. Pero no está descartado que, ganara o no, Forza Italia se abriera a un entendimiento con el Partido Democrático, su principal rival teórico este domingo si Berlusconi terminara considerando inconveniente el acuerdo con la Liga Norte, el del programa de gobierno y no el de las promesas electorales.

El PD, encabezado de nuevo por el exalcalde de Florencia Matteo Renzi, renacido de sus cenizas tras el formidable batacazo político que sufrió perdiendo el referéndum sobre la reforma electoral en 2016, aspira a conservar el 25 % de los votos, que le mantendrían en el juego político como posible socio de una futura coalición de gobierno, con Berlusconi o con otros. La tarea no es fácil. Primero porque el PD ha sufrido una escisión por la izquierda que, aparte de dejarle cada vez más en el centro, puede restarle muchos votos. Y no está ni mucho menos claro que la buena gestión de la economía que su militante Paolo Gentiloni ha hecho en los últimos tres años vaya a serle muy rentable. Primero, porque los problemas pendientes, particularmente los de tipo social, son muy graves. Segundo, porque Gentiloni no encabeza las listas.

En definitiva, que la disyuntiva que está en juego es un gobierno de derecha/ultraderecha, rupturista en materia de inmigración y de política europea y otro de centro/derecha, con Forza Italia y el PD. Los mercados y Bruselas temen que se impongan la primera posibilidad y sólo respirarían con un cierto alivio si Matteo Renzi y los suyos entraran en el gabinete. Pero la solución final puede ser de muy distinto tipo a la de esas dos.

Hasta aquí todo se parece algo o bastante a lo que ha ocurrido en otros países europeos en los últimos años, en los que la presión de partidos ultraderechistas aupados por una ola descontento popular con la inmigración y el poder de Bruselas han amenazado con reventar la estabilidad del sistema o lo han dañado gravemente.

Pero en Italia también juega el Movimento 5 Stelle, un proyecto que pretende acabar con el establishment, de derecha, de centro y de izquierda, que encabezado por unos o por otros domina el panorama político, económico e institucional italiano desde hace muchas décadas. Y que eludiendo las definiciones tradicionales de izquierda y de derecha únicamente aspira a representar a los muchos italianos que están hartos.

Lo sondeos le atribuyen hasta un 30 % de los votos este domingo. Con ese porcentaje, que sería menor en escaños justamente porque la nueva ley electoral está pensada para eso, no podría formar gobierno. Y el M5S no está dispuesto a pactar con nadie para conseguirlo. Esa ha sido su política hasta ahora y no le ha ido mal. A pesar de las críticas feroces y de la desinformación que le han venido dedicando casi todos los medios de comunicación y el resto el espectro político, el partido fundado por el cómico Beppe Grillo no solo mantiene o aumenta su porcentaje electoral, sino que está empezando a recibir valoraciones muy positivas de su gestión en los ayuntamientos que controla, entre ellos el de Roma.

El M5S parece un outsider. Pero no lo es para nada. Su postura contraria a toda la política que se ha hecho hasta ahora está llevando a sus filas a gente sin pasado, que es lo que quieren muchos ciudadanos, pero con unos impresionantes currículos profesionales y de conocimiento de la compleja realidad italiana. Un hombre de 31 años, Luigi Maio, actual vicepresidente de la Cámara de Diputados, encabeza sus listas. ¿Decidirá seguir manteniéndose al margen y que los demás partidos se disputen el poder tras este domingo o hará algo distinto? Es otra de las incógnitas del post-4 de marzo.

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