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¡Disparen a papá!

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Pastoral Americana, Philip Roth

Durante siglos, la función esencial de la figura paterna ha consistido en favorecer el desprendimiento del niño o niña de la gozosa inmediatez del cuerpo de la madre. Mientras el cristianismo elevó la imagen materna a la categoría de la pureza sublime, el psicoanálisis descubrió en ella la voracidad del cocodrilo, y a la función paterna le cabe la tarea de impedir que la progenitora se aferre demasiado a su retoño. Un padre sirve fundamentalmente para poner un límite a la tendencia de la madre a proseguir el eterno idilio con su bebé, y también para que el pequeño deje algún día de deleitarse con la teta y el chupeteo del pulgar. La posibilidad de obtener un goce de su propio cuerpo y prescindir de todo interés por lo que el mundo exterior aporta es una característica inherente al único animal que habla. Quien se resista a admitir lo anterior, le sugiero: 1) un experimento de observación antropológica en un centro comercial para observar a las madres que acompañan a sus hijos varones treintañeros para elegirles los calzoncillos; 2) contar en un vagón de metro cuántas personas están pegadas al placer autoerótico de toquetear el móvil, mientras mantienen las orejas abrigadas con diversos modelos de auriculares que hacen imposible preguntarles si bajan en la próxima estación.

Desde los inicios en el campo del psicoanálisis, Jacques Lacan se interesó en las transformaciones de la cultura, y el modo en que la incidencia masiva del discurso científico en la vida humana transformaría las estructuras sociales. En su obra Los complejos familiares en la formación del individuo, hizo la observación de que la modernidad se caracterizaba por la declinación de la imagen paterna como una crisis psicológica cuyas consecuencias podían ser leídas tanto en el plano de los trastornos neuróticos y psicóticos, como en el seno mismo de la política. Muchos celebran la caída del padre, y otros reclaman su retorno bajo la forma de amos feroces. En su magistral novela Pastoral Americana, Philip Roth ha plasmado de manera insuperable el drama de la paternidad en la sociedad moderna. Seymour Irving Levov, el protagonista, es el prototipo del ideal americano. Atlético, deportista, brillante universitario, hijo devoto y marido ejemplar, cumple con todas las aspiraciones que han recaído sobre él. Continúa el negocio familiar multiplicando su riqueza, y como fruto de su unión con una mujer de belleza deslumbrante nace Merry, una niña predestinada a prolongar la saga del éxito, la fortuna y todo el conjunto de los ideales familiares. Pero desde el comienzo, el retoño da pequeñas muestras de comportamiento que decepcionan en parte las expectativas de los progenitores y los abuelos. En la temprana infancia, Merry manifiesta una variedad de trastornos en la alimentación. Más tarde se vuelve tartamuda, y por lo tanto tímida y ligeramente hostil al trato social. Pero Seymour Levov mantiene su fe y su confianza inquebrantables. Todo habrá de superarse, y no escatima esfuerzos para poner remedio a los problemas de Merry. Psicólogos, psicopedagogos, foniatras, toda clase de especialistas son convocados al servicio de enmendar el desarreglo, el misterioso e incomprensible factor que ha torcido la trayectoria de Merry, dibujada en el cielo del deseo de sus padres.

Merry llega por fin a la adolescencia, una época en la que los Estados Unidos ha entrado en la guerra de Vietnam. La joven se manifiesta claramente en contra, repudia todas las insignias y los símbolos patrios: la bandera, los políticos, el concepto de estado, y pulveriza dialécticamente cada uno de los valores en los que se asienta la democracia americana. Su padre es un pacifista, le disgusta la guerra pero confía en su país, critica a Johnson pero no se atreve a cuestionar el sistema, porque la estructura del sistema es al mismo tiempo la del mundo feliz que ha querido construir con su esfuerzo, su honradez y su entrega absoluta a los suyos. “Soy el hombre más afortunado del mundo”, repite, “y soy afortunado debido a una sola palabra, la palabrita más grande que existe: la familia”. Al mismo tiempo, su sensibilidad y su instinto le hacen percibir que la virulencia del discurso de su hija se dirige subrepticiamente hacia él, que es a él a quien ella quiere destituir, incluso destruir, presa de un odio y una ferocidad que preanuncian la tragedia. Merry, que en los últimos meses se ha vinculado a un grupo radical clandestino, coloca una bomba en una estafeta de correos y mata a dos personas. Luego desaparece sin dejar rastro. A partir de ese momento, asistimos al desmoronamiento de Seymour Irving Levov, quien no dejará de preguntarse a sí mismo qué es lo que ha fallado. Seymour Levov es la figura trágica de la decadencia de la imagen paterna, en una civilización que ha perdido el sentido de la tragedia. Esa imagen paterna condensa un mundo de símbolos que durante siglos han mantenido la ficción de que existe una garantía de la ley, del sentido y de la verdad, un mundo de símbolos a los que se atribuía el poder de domesticar los impulsos más primarios del sujeto, y ponerlos al servicio del deseo, del amor, del lazo social y de la sublimación. Para el psicoanalista no se trata de reivindicar la función paterna, sumándose a las voces nostálgicas que añoran el retorno imposible de una estructura familiar que comienza a extinguirse. Por otra parte, la función paterna no debe confundirse con la realidad de un padre, biológico o adoptivo. Una madre soltera puede muy bien transmitir esa función por el simple hecho de que su vida, su deseos y sus pasiones no se agoten en la satisfacción que obtiene del ejercicio de su maternidad. Adivino la inquietud de algunos lectores. Por lo tanto, apresurémonos a subrayar que la maternidad también puede ser ejercida por un hombre, sin duda, y también en ese caso algo tendrá que operar para que la dupla alguna vez se separe. Lo mismo vale para una pareja de mujeres que consiguen un niño o niña bajo la modalidad que sea. Madre y padre no son simples personas, sino funciones simbólicas que, como en las matemáticas, admiten distintas variables, mal que le pese a la Iglesia Católica y a sus acólitos, que nunca se llevaron muy bien ni con el psicoanálisis ni con los matemáticos.

La modernidad consiste en que los padres tengan que acudir a toda clase de expertos y charlatanes para aprender a ejercer un oficio desprestigiado y caduco. Lejos de respaldarse en el ejercicio de los límites que impiden al hijo volverse loco, o tirano o desgraciado, los infelices padres están convencidos de que no hay nada mejor que colmar a sus retoños de teléfonos inteligentes para que no se sientan traumatizados. Por supuesto, los pobres no tienen la culpa, porque viven en un mundo dominado por el discurso del mercado (al que los políticos de toda calaña sirven) que los invita a no poner freno a las satisfacciones, y a progresar en la vida siguiendo el modelo que Darwin propuso para explicar la evolución de las especies. Desorientados, los padres son las primeras víctimas de un mundo en el que lo ético se disuelve en el cambalache de la perversión globalizada. El resultado está a la vista: cuando todo está permitido, a los hijos solo les queda elegir entre el aburrimiento o la nada. 


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