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El día en que la utopía abolicionista dio la espalda a las prostitutas

"¿Considerar el hecho de la prostitución como cosificación de la mujer no equivale a negarles la condición misma de personas?"

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Quizás no haya llegado aún ese día, quizás siga existiendo la posibilidad de que la sociedad en general, y el movimiento feminista hegemónico en particular, escuche y dé respuestas al reclamo de las personas que ejercen la prostitución; las anónimas y las militantes, las que comparten sus experiencias y las que trabajan en el más desolador de los silencios.  Pero ese día no llegará, la puerta no se cerrará sin la resistencia de quienes defendemos que la dignidad y  autonomía de las personas está por encima de su opción ocupacional. 

Uno de los debates que se ha generado con relación a la elaboración del Pacto de Estado contra la Violencia de Género ha girado en torno a la consideración de la prostitución como una “forma extrema de violencia contra las mujeres”. Un colectivo de la  Plataforma Unitaria de Apoyo al Trabajo Sexual, a la que pertenece APDHA, expresó una serie de recomendaciones que no se han tenido en cuenta a la hora de elaborar el pacto y que aparecen recogidas en este manifiesto.

Finalmente no se ha incluido, entre las 213 medidas que componen el texto aprobado el pasado 28 de septiembre, ninguna medida específica destinada a la erradicación del trabajo sexual en todas sus formas. Pero esta decisión no atiende a un convencimiento real y generalizado de favorecer a las personas que la ejercen y su consideración de trabajadoras. Por todo ello no podemos aplaudir el resultado final, y porque el hilo que nos deja el discurso de la prostitución como violencia de género no es un debate baladí ni por el que debamos pasar de puntillas.

Habitamos en una sociedad machista, éste es un hecho innegable que nos sitúa, a hombres y mujeres, pero sobre todo a las mujeres, en un espacio común para el desarrollo de la lucha feminista. El feminismo nos une bajo el compromiso común por alcanzar el horizonte de una sociedad justa e igualitaria, en la que no cabe el machismo ni la violencia de género, respetando y  fomentando la autonomía de las mujeres y rechazando el tutelaje como única vía para erradicar la discriminación y violencia machista. 

Insistimos, habitamos en una sociedad machista, y también hay machismo en la prostitución. Pero aquí, en este terreno farragoso que parece constituir la prostitución, los espacios comunes, las alianzas, parecen diluirse de forma estrepitosa. Los compromisos  se transforman y empezamos a hablar de una institución que parece ser la semilla del mal, y de la que eres víctima o colaboradora.

El debate que nutre la propuesta por equiparar la prostitución con violencia de género identifica el hecho básico de la prostitución con los múltiples fenómenos que generalmente  le acompañan: estigmatización, enfermedad, violencia, pobreza, droga, trata, explotación….y como no, machismo.  En este sentido, y retomando la idea anterior, las alianzas y compromisos hacia quienes sufren las consecuencias de estas graves injusticias sociales, mutan en una especie amorfa de solidaridad trastocada por la compasión y la caridad, y que anula automáticamente, por contradictoria, el respeto a la igual libertad, autonomía y dignidad.

Como nos dice Pablo Ródenas, en su artículo “Qué hacer con la prostitución. Un acercamiento poli(é)tico desde una perspectiva autonomista” :

  • El valor de la igual libertad lo construimos a partir de nuestra convicción de que las personas debemos reconocernos mutuamente en tanto que fines en sí mismos: las personas no nos reconocemos como valores de cambio, a los que se puede fijar precio, comprar y vender, sino como valores intrínsecos e intransferibles. Y a ese valor que reconocemos a las personas es a lo que llamamos dignidad.
  • la dignidad se fundamenta y se expresa en la autonomíade la voluntad para determinar libremente la propia conducta. Dignidad y autonomía, por tanto, a las que como tales sólo cabe reconocer y respetar.

Cuando se afirma que la prostitución es cosificación de la mujer, parece afirmarse que el valor y la dignidad de las personas, en este caso las mujeres, reside en lo que hacemos con nuestra sexualidad (si la mercantilizamos o no, si la empleamos con alguna finalidad, y según qué fines o atiende únicamente al deseo) y no en nuestra autonomía para decidir qué hacer con ella.

¿Se puede negar dignidad y autonomía a quienes de forma consentida establecen relaciones sexuales remuneradas? ¿Considerar el hecho de la prostitución como cosificación de la mujer no equivale a negarles la condición misma de personas?

Es necesario y urgente un compromiso social y feminista para trabajar en políticas sociales, económicas, penales y educativas contra la violencia, la explotación, la enfermedad, la pobreza, etc., aquí hay un extenso espacio común de acción. Pero igualmente necesario es dar una respuesta a qué hacemos con la prostitución, se precisan políticas concretas y unitarias sobre el trabajo sexual, que garanticen los derechos de quienes lo ejercen, que no deje fuera la realidad de las personas trans y los hombres que también están, aunque se obvian…

Esto es necesario y urgente, porque no hay políticas claras, pero sí respuestas basadas en un ideal abolicionista, que sirve de alimento a la creciente violencia institucional que el colectivo de personas que trabajan en la prostitución está sufriendo.

Talía Ardana, coordinadora del área de Trabajo Sexual de APDHA

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