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Carta a Curro

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El Ayuntamiento contrata banderolas, mupis y hasta "pantallas digitales" para el aniversario de la Expo

Hola, Curro.

Quizá te acuerdes de mí. Soy el niño aquel al que le sacaron el pase de tarde para la EXPO. Era demasiado caro, pero cómo sería el calor que di, que al final mi madre sacó de donde no había para tener el del día completo.

Te escribo para darte las gracias, ahora que hace 25 años de aquello, porque supongo que tendrás trato con la gente de allí.

Dale las gracias, por favor, al camaleón del pabellón de Fujitsu por enseñarnos las tres dimensiones antes de que se pusieran de moda. También al gigante del pabellón de Pakistán; dile que lo metí en una novela, si te da un contacto le mando una.

No solo yo, todos os damos las gracias por la bendita locura que era la cabalgata: cerdos inmensos y risueños, monstruos en patines y canciones de Silvio. A los que tuvieron la disparatada idea de traer un iceberg a Sevilla en verano, al que pagó la luz para que aguantara, a los del pabellón de China porque era donde se podía comer más barato y a los que íbamos justitos nos venía muy bien el arroz, a los de las tiendas de tazas y camisetas que aguantaban cómo podían a los chavales mangando, a todos los que tocaron en la Plaza Sony, a todos, dales las gracias porque nos hicieron felices.

Dale recuerdos al dragón del lago, eso era un dragón y no el de Ness. El nuestro no se escondía y no faltaba ni una noche el tío. También le mandamos un saludo al que tiraba los fuegos y cada noche orientaba a la ciudad entera de que eran las ocho, o las nueve, ya no me acuerdo cuándo los tiraban.

Al que dejó el cable mal empalmado en el Pabellón de los Descubrimientos, dile que lo perdonamos. Gracias de todo corazón a los que nos enseñaron por primera vez los carritos de golf, al que ponía los carteles que te decían cuánto tiempo te quedaba en la cola, al pobre que abría los tornos por las mañanas y se comía a una marabunta corriendo.

Gracias a la humedad del pabellón de la naturaleza, a la fuente del de Marruecos, a la inmensa X de México, a las carabelas del Pabellón de la Navegación, al que hizo que nos sintiéramos seres del futuro en el monorail, y sobre todo, muchas gracias, al que se inventó los chorritos que refrescaban en la bola de la Expo.

Gracias al que se le ocurrió que World Trade Center sonaba mejor como "Huerta Vicente", al que le puso al puente de los toldos "el de los leperos" porque pusieron antes el puente que el río, o al del Alamillo, "el machote".

Gracias a los que se quejaban de aquello, porque a muchos nos sirvió de referencia para no tomarnos muy en serio a los protestones. Gracias al que decidió no repetir el mensaje que dabas tú, Curro, en las máquinas para niños aunque se cortara al final. Sí, te acuerdas, decías: "Hola amigo, soy Curro, la mascota de la Expo 92, quieres dar un paseo conmi". El "go" nunca sonó, y ese detalle de no repetirlo y el "bah, así está bien", también es muy nosotros.

Dale las gracias a los de las discotecas, a mí me pillo muy niño, pero con tanta gente de fuera, allí se rozarían más que un gato en un brasero.

Gracias a ti por meterle 20-0 a Cobi, porque todos sabemos que había pique y que tú te lo llevaste de calle. Y sobre todo dale las gracias al que se le ocurrió lo del pasaporte de los sellos, porque íbamos como locos buscándolos.

Gracias a todos, de corazón, porque yo creo que aquello nos quitó complejos, nos abrió los ojos y nos dejó claro que a risas no nos gana nadie, pero a ilusión tampoco.

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