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Operaciones (de cirugía política)

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Sánchez: "Estamos más cerca del PP de lo que dicen las encuestas"

EFE

Casi todo el mundo, salvo nostálgicos, coinciden en varias cosas para el nuevo escenario político: se rompe el bipartidismo, el status quo derivado de la Transición, defendido con uñas y dientes, sufrirá cambios, veremos si grandes; el mapa será fragmentario y la composición de un nuevo gobierno será complicada.

Otra cosa en la que hay prácticamente coincidencia es que los partidos del status quo están expuestos a crisis internas, y esto, es la gran novedad, independientemente de que toquen pelo o no. Claro está, salvo que los dos o
unos de ellos, alcanzara resultados inesperados o, incluso, que en un alarde de malabarismo, resucitaran, otra vez, la Gran coalición, siempre en interés común, por supuesto. Esto último se ve poco probable y, ni así, al menos
unos de ellos, se libraría de la crisis.

Mariano ha recibido la orden del poder, que él ejerce de manera vicaria, de no perderlo en ningún caso. El status quo está amenazado y mueve sus bazas. Rajoy, personalmente, solo lo retendrá en el caso, parece poco probable, de que sumara los escaños suficientes como para que su primacía no fuera discutible. Pero las predicciones dicen otra cosa. Rajoy se ha comprometido con el poder, será quizá su último servicio, a que él no será el obstáculo para no perderlo. Su carta, sin la menor duda es Soraya. Hay quien sostiene que su estratega de no aparecer es solo una desconsideración a los demás; para el aún presidente, todos son segundos.

Puede ser cierto, pero hay algo más. Rajoy manda un mensaje al poder, y de camino a Albert Rivera, en persona. Viene a decir que en caso de necesidad, con ellos y sus aliados naturales, con la bendición de uno de los brazos
armados del poder, financieramente se entiende, el IBEX 35, no habrá problema.

Con él o sin él, pero con ella , y tal vez con su otro él, Rivera, mantendrán el cortijo que tan bien ha guardado en los últimos años, a la voz del mayoral y de lo que haga menester.

El señor de Pontevedra es más listo de lo que parece, no sólo es registrador non nato, es el hijo deseado por los poderosos, un obediente mandatario, como ha demostrado, sin que le tiemble la voluntad.

Otra operación amenaza al PSOE. Ni en la mejor de las hipótesis demoscópicas se ve ellos una posibilidad de poder, salvo un, de momento imposible acuerdo, con los dos emergentes. No será la lista más votada, lo  cual para el poder significa inestabilidad, la amenaza de helenización política de España y eso no toca. Tampoco tocan acuerdos con nacionalistas, como antaño nos tenían acostumbrados. La tragedia de Sánchez es que si gana algo, lo hará por Andalucía, lo cual puede significar, al mismo tiempo, su perdición. El miedo se percibe, ni los espaldas plateadas del socialismo prevén un mejor escenario que el descrito por las encuestas.

Desde Andalucía, la orden es no moverse, vigente desde el incidente Lozano, diputada tal vez, mientras no lo será Madina, capricho de las aventuras orgánicas. Otra cosa es que Susana Díaz dé el paso de inmediato. Algunos observadores predicen una legislatura corta, al albur de una necesaria reforma constitucional. Después sería su momento.

Pero la timidez interpretada por los socialistas andaluces no convence. En los mentideros de la corte se afirma que Rubalcaba, secretario general emérito, dicen con guasa, a la estela papal y regia, ha mandado a Patxi López a calentar en la banda. Díaz es la deseada en los cenáculos del poder de la capital del reino, pero es la amenaza más elocuente para los que no se resignan a admitir que su tiempo ha acabado y que el continuismo socialista no funciona.

Todo pasará por el tamiz de los resultados que es lo que deja en evidencia cualquier sesudo análisis de lo que pueda pasar, pero, al menos, se confirman dos cosas: que, una vez más, las mayorías absolutas no funcionan y que la deriva orgánica, junto con una mala oposición, de eso no debe responder solo Sánchez, suelen producir efectos electorales devastadores.

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