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¿Dónde diablos jugarán los niños?

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Niños en la ciudad en guerra de Alepo, en Siria

Niños en la ciudad en guerra de Alepo, en Siria

La tierra está a punto

de partirse en dos.

El cielo ya se ha roto,

ya se ha roto el llanto gris.

La mar vomita ríos de aceite sin cesar.

Y hoy me pregunté

después de tanta destrucción.

¿Dónde diablos jugarán

los pobres niños?

Fher Olvera

Hoy me lo he vuelto a encontrar. Es un señor de más de 65 años. Cada paso que da con su muleta, en una de esas enormes avenidas de Barcelona, debe ser una conquista para él. Entre la gente consigue alzar el brazo un poco, hasta que hace ver los pañuelos que vende. No sé la razón (quizás me viene de madre) pero cuando cruzo mi mirada con estas personas excluidas, pienso cómo habrá sido su niñez. Si su pobreza es reciente o si no han conocido otra realidad desde que nacieron.

Leo que casi 2,5 millones de niños, un 29,7%, viven por debajo del umbral de la pobreza en España. Somos el segundo país de Europa con este índice. Reviso todos los emails que recibo de Save The Children con cifras escalofriantes en el mundo: cada 7 segundos una menor de 15 años se casa, más de 10.000 niños refugiados desaparecidos al llegar a Europa, 6 millones de niños afectados por la sequía en el Cuerno de África, casi 400.000 niños con desnutrición en Somalia, pequeños atrapados en Mosul y en la frontera con Hungría, 3 millones de niñas en riesgo de mutilación genital, 3 millones de niños afectados por Boko Haram, problemas de salud mental entre los afectados por las guerras, bebés muertos o bebés huérfanos en las mismas pateras…

¿Pero en qué diablos pensamos para que esto ocurra con impunidad e indolencia por parte de las autoridades e instituciones? ¿Pero qué narices hacemos para, al final, permitir e incluso normalizarlo como una parte más de los infortunios de la vida? Ignoramos sus propios derechos a no ser discriminados, a la vivienda, o la supervivencia. Esos "derechos" cargados de hipocresía que quedan en cruda evidencia con niños y niñas desaparecidos, refugiados, abusados y violados, destinados a la pornografía o la trata, excluidos, hijos de maltratadores, niños y niñas desahuciados, con hambre, criados desde el odio, obligados a defenderse de los ataques, migrantes, repudiados, explotados (para enriquecimiento del capitalismo), o entrenados como mártires y combatientes. No son casos aislados. Existen porque nosotros lo permitimos y contribuimos a ello. Todos pertenecen a una misma realidad. A un mismo sistema que, lejos de protegerlos, los deja en el desamparo y la indefensión más absoluta.

Nuestros actos son el peor de los ejemplos. Si damos este presente... ¿qué esperamos?

¿Qué futuro recibiremos si ahora despreciamos, ignoramos, marginamos y rechazamos a sus padres, tratados como animales atrapados en una ratonera sin salida? ¿Si dejamos que despierten con sonidos de bombas y metrallas que les perforan los oídos, y experimentan por primera vez el odio en las entrañas?

¿Qué futuro podemos recibir de un niño criado bajo el hambre, que se consuela con leche y agua, y que uno de los momentos felices de la semana sea cuando recoge la bolsa de alimentos de la ONG?

¿Qué lección damos si los criamos desde el desánimo, la pobreza, la ausencia de oportunidades, la privación de relaciones sociales, la soledad y la derrota?

¿Qué adultos futuros obtendremos si criamos desde el machismo, la violencia, la impunidad y la agresividad? ¿O aquellos que sufren la violación, la opresión y el miedo?

¿Qué adultos esperamos si educamos a las niñas desde la sumisión, los estereotipos y la hipersexualización? ¿O aquellas que sufren la mutilación, la privación de libertad y tienen vidas esclavas cosiendo en talleres de Bangladesh?

¿Qué será de ellos el día de mañana si hoy ponemos mordazas a la libertad de expresión, si les hacemos creer que los derechos conseguidos son regalos caídos del cielo?

¿Qué ocurrirá si les hacemos creer que los animales se pueden maltratar y arrasar con impunidad a la propia naturaleza, la misma que le da de respirar y de comer?

¿Qué reacción podemos esperar de un niño criado en una guerra, cuyos padres o hermanos ha visto morir?

¿Pero qué pensamos obtener si los criamos desde el odio al otro y la discriminación, desde la creencia férrea de fronteras y en la pureza racial?

Esto que hacemos es criar a niños para situarlos al borde de un abismo sin sueños. ¿Pensamos que no van a crecer y que somos inmunes a lo que hacemos? ¿Que nuestros actos no pasarán factura? ¿Dónde están esos providas que ignoran las vidas de quienes ya están aquí?

Esa mirada infantil del anciano vendedor de pañuelos me regresa también cada vez que veo el rostro de un terrorista, de un delincuente, de un maltratador… Y me retuerzo cuando pienso qué sucedió en su vida para llegar a tal extremo.

Después nos sorprenderemos si son agresivos, si atacan, si atentan, si actúan desde la venganza o del ojo por ojo y diente por diente... Cuando a diario, con nuestra indecencia y comportamiento, es como si les escupiéramos en su cara. Estamos plantando las semillas del mañana. Y las estamos plantando rodeados de malas hierbas.

Nunca olvidaré la primera vez que entré en un centro de refugiados. El primer sonido que recibí fue el de unos niños que sonreían y jugaban. Su madre, embarazada, y que había pasado la frontera en Marruecos después de que el marido pagase a las mafias, decía que era la primera vez que sus hijos jugaban después de mucho tiempo. Y recordé a mi abuela que, siendo una niña, tuvo que cruzar toda la sierra de Ronda hasta llegar a Marbella, escapando de las bombas franquistas durante la guerra civil. Es ahí es donde una se agarra para tener algo de esperanza…

¿Cuántos podrán salvarse de caer en la espiral del odio?

Deben vivir su infancia, tan fácil y tan sencillo.

Ninguno hemos nacido siendo adultos.

Ninguno debe ser adulto sin poder haber sido antes niño.

Ningún niño debe dejar de serlo para vivir las experiencias de un adulto.

Cuánta ceguera tenemos. Si nos queremos salvar de todo lo más nauseabundo y oscuro de este mundo, solo depende de lo que estas niñas y niños hagan en el futuro. De no cambiar, no solo les condenamos a ellos. También, a nosotros mismos.

 

 

 

 

 

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