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Un panorama laboral desolador

Jesús Cruz Villalón, catedrático de Derecho del Trabajo de la Universidad de Sevilla, sostiene que la reforma laboral "ha acentuado los elementos más negativos de la crisis", y que su aplicación "está provocando daños estructurales". Advierte, además, del "riesgo, que no se puede ocultar, de que el paro de larga duración pase de ser sólo un fenómeno de exclusión laboral, a otro más grave de marginación social y pobreza estructural".

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La publicación de los datos de empleo de la Encuesta de Población Activa del primer trimestre de 2013 coincide con lo que podríamos considerar como el año de aplicación de la reforma laboral de 2012. Con seguridad no es la reforma laboral el factor más influyente de la situación en la que se encuentra el mercado de trabajo, pues ello se debe en gran medida a la evolución general de la crisis económica y al impacto de las políticas desplegadas por el actual Gobierno, casi exclusivamente centradas en contener el déficit público, sin ningún tipo de contrapeso que permita impulsar el crecimiento económico.

En todo caso, la impresión más fundada es que lo hecho desde el Gobierno con la reforma laboral ha acentuado los elementos más negativos de la crisis desde el punto de vista del empleo, de modo que sin paliativos puede afirmarse que todos los datos al respecto muestran un panorama desolador, claramente negativo y sin que se vislumbre que el plan de adelgazamiento al que nos vienen sometiendo propicie un fortalecimiento de la musculatura de la economía y, por efecto derivado, del empleo.

Por el contrario, lo que se presenta como una intervención de choque, como revulsivo, está provocando daños estructurales, de los que parece nos vamos a resentir durante mucho tiempo.

Se miren por donde se miren los datos de la EPA, resulta materialmente imposible vislumbrar ningún elemento positivo que permita ser mínimamente optimista respecto del inmediato futuro. Más allá de las cifras más llamativas públicamente, del número total de parados, hay otros datos menos resaltados habitualmente, pero que pueden estar produciendo daños más profundos y decisivos a órganos vitales de la estructura económica.

Mortandad empresarial

De un lado, es muy preocupante la cifra de mortandad empresarial, de modo que no es ya solamente que las empresas reduzcan su actividad y disminuyan su empleo, quedando en una situación latente a la espera de mejores momentos o mejorando sus niveles de productividad en el mercado, sino un fenómeno mucho más preocupante de empresas que desaparecen definitivamente.

Con el tipo de cierres de empresa que se está produciendo, desaparece mucho de nuestro tejido empresarial, resultando mucho más complicado volverlo a recuperar cuando retorne el escenario de crecimiento económico. El dato presente en la EPA que muestra una importante disminución neta de empresarios con trabajadores a su servicio es muy elocuente al respecto.

El Gobierno viene defendiendo que la reforma laboral ha permitido sustituir medidas de despidos por otras de flexibilidad interna, entre las que suelen destacar las relativas a suspensión de contratos y reducción de jornada. Ahora bien, ello sólo podría afirmarse con toda certeza si se hubiera cortado la sangría de destrucción de empleo, cosa que no ha sucedido, pues en el último año se han destruido un total de 800.000 empleos netos, a mayor abundamiento dentro de un mercado de trabajo que de partida ya se encontraba fuertemente deteriorado.

Más aún, entre esas medidas de flexibilidad interna, pocas son las reducciones de jornada que serían las auténticas medidas de flexibilidad de este tipo, mientras que la inmensa mayoría son suspensiones de contratos, que son por entendernos "despidos temporales" más que auténticas medidas de flexibilidad interna. Y, especialmente importante, no existe todavía tiempo suficiente como para comprobar si estas suspensiones van a ser auténticos paréntesis que después permitan la recuperación de empleo en esas empresas o, por el contrario, se van a convertir en meros anticipos de futuros despidos definitivos; por desgracia hay indicios para pensar que hay más de lo segundo que de lo primero.

Autoempleo, huida hacia delante

En esa línea, lo único que se presenta como aparente dato positivo es el incremento del número de trabajadores autónomos sin empleados a su servicio. A tenor de ello, el Gobierno insiste en el despliegue de medidas de fomento del llamado autoempleo, que sin embargo no es solución estructural a los males que aquejan a nuestra economía.

Más que creación auténtica de oportunidades de trabajo por esta vía, se trata de soluciones de huida frente al panorama desolador de ausencia de ofertas de trabajo asalariado, que desembocan en las más de las ocasiones en proyectos empresariales abocados al fracaso, en el mejor de los casos sucedáneos precarios que no auguran ningún futuro esperanzador.

La superior mortandad de las experiencias de autoempleo muestra a las claras que no es el camino aconsejable a recorrer. Por el contrario, el problema esencial de la economía española se encuentra en el muy reducido tamaño medio de la empresa española (un tercio menor respecto de la alemana), que impide asentar nuestro modelo en un crecimiento sólido basado sobre una economía más productiva y competitiva dentro de un mundo globalizado.

De otro lado, se incrementa notablemente el número de parados de larga duración, aquellos que llevan más de un año en el desempleo, que ya superan los tres millones en cifras globales; es decir, más de la mitad de los parados pertenece a esta categoría.

Del mismo modo que la desaparición total de una empresa hace difícil su posterior resurgimiento, el paro de larga duración provoca efectos devastadores sobre la empleabilidad de quien lo sufre, pierde todo tipo de capacidades, aptitudes y actitudes profesionales, que incrementan a niveles insospechados las dificultades posteriores de reincorporación al mercado de trabajo.

Por ello, ya no caben comparaciones de nuestra situación con otras crisis de empleo que hemos vivido en el pasado, que aunque muy intensas, fueron cortas en el tiempo y permitieron una inmediata recuperación; mientras que ahora las secuelas dejarán cicatrices bien difíciles de restañar. Por ello, hay un riesgo que no se puede ocultar de que el paro de larga duración pase de ser sólo un fenómeno de exclusión laboral a otro más grave de marginación social y pobreza estructural.

Llamada a la solidaridad

Posiblemente no resulte fácil vislumbrar las alternativas de reformas frente a este panorama tan desolador, pero lo que parece indiscutible es que por mucho que el Gobierno diga lo contrario, no nos pueden transmitir con fundamento que lo que se está haciendo vaya en la dirección acertada.

En estos momentos, no cabe otra cosa que confiar en que comience a fluir el crédito hacia las empresas de la economía real, que se incremente el ritmo de nuestras exportaciones y, especialmente, que las instituciones europeas abran mínimamente las posibilidades de acometer medidas de impulso al crecimiento y a la inversión productiva, pues hasta tanto ello no ocurra poco se puede influir desde las políticas de empleo como no sea para acentuar el empeoramiento del mercado laboral.

Y mientras tanto, hasta que ello no de sus frutos, que mantengamos las dosis de solidaridad propias de nuestro Estado social, como para no dejar de atender a los que se encuentran en la cuneta y son los más perjudicados por los efectos tan negativos y prolongados de esta muy preocupante situación.

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