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Jesús Ortiz

Tras muchos años trabajados en empresas de comunicación, dirige la editorial milrazones, traduce libros regularmente y enseña en un máster internacional sobre gestión de industrias culturales.

Chorizos y literatura

Todos conocemos más nombres de presos que de guardianes, ¿verdad? Cervantes, Mandela, Al Capone, Mario Conde, Pantoja… Es comprensible: hay muchísimos más presos que guardias, y además los primeros con frecuencia llegan a serlo por hechos notables y variados, mientras que los segundos adquieren su categoría por una razón tan respetable como vulgar: ganarse la vida.

Pero a veces los guardianes son noticia, como el pasado martes: «Funcionarios de prisiones reparten chorizos en Santander para denunciar el “déficit” de personal».

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La ingeniería inversa de la felicidad

Más de una vez he oído poner la de Heinrich Schliemann como ejemplo de vida feliz. Hay buenas razones, desde luego: nació pobre e hizo mucho dinero; era desconocido y fue famoso hasta lo inverosímil; soñó con algo imposible y lo consiguió.

De pequeño su padre le leía La Ilíada, y él preguntó dónde estaba Troya. Su padre se rió y contestó lo que por entonces creía todo el mundo: que aquello era ficción, un invento de Homero. El niño decidió que aquel relato tenía que ser cierto y que él encontraría los restos de Ilión para demostrarlo.

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Coz, Leño y Azabache

Una noche de viernes, en el verano de 1978, vio la culminación de los esfuerzos de unos amigos que años antes habíamos compartido pupitres en el instituto, entre los que recuerdo seguro a Gelín Aedo y Vicente Carballido. Los esfuerzos iban dirigidos a convertirnos en promotores musicales. Partíamos con ninguna experiencia empresarial, pero grandes conocimientos en el tema de la música: contratamos a los rockeros Coz, Leño y Azabache. Que éramos unos especialistas quedaba claro porque nadie más que nosotros había oído hablar de ellos (o casi).

Alquilamos el polideportivo de los escolapios, obtuvimos una licencia municipal, imprimimos unos carteles (creo recordar que en la imprenta América, de Gonzalo, en Daoíz y Velarde). Recibimos a los músicos, los paseamos por la ciudad, ayudamos en la descarga y montaje del equipo, los llevamos a cenar… resistimos el empeño de Rosendo Mercado en que le llamáramos Florfondo, nos reímos, bebimos…

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Un lagarto resucita en Papúa

El mercante Rey Jorge IV se hundió frente al cabo de Buena Esperanza en junio de 1824, a causa de un temporal. Los náufragos llegaron a una playa en bote, salvando la vida aunque ninguna de sus pertenencias. La mercancía perdida era principalmente azúcar, algodón y clavo, pero el barco también transportaba algunos especímenes para su estudio científico, entre ellos un varanus douarrha, un tipo de lagarto cuyo pariente más conocido es el dragón de Komodo. Un naturalista había descrito la especie poco antes, pero la comunidad científica nunca había tenido un ejemplar que observar. Y había habido sugerencias de que en realidad se trataba de varanus indicus o varanus finschi: es decir, el estatus del varanus douarrha como especie independiente de otras próximas era bastante dudoso.

Algunos años después, en 1852, el barco en que Alfred Russel Wallace regresaba a Inglaterra se incendió y hundió, arrastrando con él 20 cajas de especímenes. Y no ha habido más ejemplares de varanus douarrha que observar.

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El médico y la emperatriz

"¿Que le duele ahí? ¡Qué va, mujer! Ya le digo yo dónde tiene que dolerle"

La emperatriz Wu Zetian recibe al embajador plenipotenciario de la Sociedad Psicoanalítica Vienesa, Sigmund Freud, ante toda su corte. Con un gesto de la mano le ordena acercarse. Olfatea:

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Póker de ases: Kichi, Monedero, Iglesias y Fernández Díaz

Hace apenas meses la policía española protestaba porque en su formación se sustituyera la Constitución por el catecismo (La policía pide menos Catecismo y más Constitución en su formación). Eran los tiempos del anterior ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, que también condecoraba Vírgenes. Estas condecoraciones, que Le Monde calificó de "un atentado contra el carácter aconfesional del Estado", fueron muy cuestionadas, y dos organizaciones laicistas, Europa Laica y MHUEL, las recurrieron judicialmente.

El otro día Kichi, el podemita alcalde de Cádiz, le ha dado la medalla de oro de la ciudad a la Virgen del Rosario. Por si acaso alguien se extraña o, quién sabe, incluso se ofende, el teórico Juan Carlos Monedero nos explica que es completamente distinto que Jorge Fernández Díaz le ponga una medalla a una Virgen a que Kichi se la ponga a otra. (¡Ahí va, la virgen!) Como buen retórico, arranca con una frase que podemos suscribir todos sin problemas: "No es lo mismo que un rico se burle de un pobre a que un pobre haga unas risas con la pobreza". De ahí pasa a afirmar que hay una Virgen de los humildes: al parecer, a esta sí se la puede condecorar sin violentar el carácter de nuestras instituciones, declarado laico en la Constitución, según Monedero.

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Guerra y paz

Cambié de ciudad, nuevo taller, empecé a conocer compañeros de trabajo nuevos. Primero se te quedan los más llamativos: el que tiene el pelo naranja, el que mide dos metros y pico…; había uno realmente extraordinario: su aspecto era normal, pero cuando no tenía nada que decir se quedaba callado.

Acostumbro a pensar que la gente que no contribuye a aumentar el ruido ambiental es educada y culta. La mayoría de los que trabajábamos en el taller no teníamos más educación que la obligatoria general y, algunos, otra relacionada directamente con nuestra ocupación. Me acerqué al compañero silencioso y en cuanto pude le pregunté directamente por su formación, a ver en qué mejoraba la nuestra. La respuesta fue sencilla: practicaba karate desde niño.

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La destreza del zurcido

«En una caja pequeña / guardo una piedra enferma», anuncia Fernando Abascal, y podría parecer que el poeta santanderino está dando un recital, pero no: lee en medio de «Todo lo zurdo», un evento de artistas cántabros y leoneses que se presenta como «Música de vanguardia/Poesía expandida», que se celebró en dos sesiones distintas los pasados viernes 28 y sábado 29.

Se lo debemos a la Asociación Santa Leocadia, Cultura, Memoria y Territorio, y a los huéspedes Carmen Alonso Libros, en Cisneros, y Bar Compay’s, en Magallanes. Entre cardenal y navegante, asistimos admirados a actuaciones irrepetibles porque se fraguan en la improvisación. Como las ideas, fugaces asociaciaciones de neuronas, seis artistas largan fragmentos al aire con la justificada esperanza de emocionar y divertir.

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El cine y los grifos sin cerrar

En los años 70 los productores de Hollywood descubrieron que podían llenar los cines con una inversión de 50.000 dólares en una banda sonora, una cifra que suponía una parte muy pequeña del presupuesto de una película estándar entonces. Así que fuimos a ver Pat Garret y Billy the Kid con música y voz de Bob Dylan, por ejemplo, y la tendencia perduró.

Hay muchas bandas sonoras memorables, cierto, incluso si dejamos fuera al género musical en su totalidad. Pero, en general, la música en las películas es una maldición. Es un recurso barato, en la peor acepción de la palabra, para decirle al espectador lo que debe sentir en cada momento. El cine vende emociones, pero la música no debe suplir subliminalmente las debilidades del guión o de su interpretación para proporcionarlas.

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Steinbeck, mentiras y faltas de ortografía

«Perdone las faltas de ortografía, pero es que le escribo con lápiz». Así terminaban las cartas de un político español conocido de Ramón Pérez de Ayala (lo cuenta en Viaje entretenido al país del ocio). Sospecho que los razonamientos de nuestros políticos no han mejorado sensiblemente con el tiempo. Pero, tras la sonrisa por el evidente absurdo, hay un punto de simpatía por la frase: muchos creemos que hay bastante relación entre la herramienta con que se escribe y qué, y cómo, resulta.

Por no hablar de la impresión que causa. Piense en su médico. Va usted a la consulta y, tras los preámbulos necesarios, habitualmente exploración y cuestionario (si le explora y no le hace preguntas es que se ha equivocado usted y ha ido al veterinario), el hombre se coloca frente al teclado y le prepara la receta en el ordenador. Lo ve con el ceño fruncido, buscando implacable la letra exacta, escondida, la muy cobarde, entre una multitud de teclas del mismo color y forma. Cuando al fin la divisa, la cara del doctor se ilumina y corre a arponearla con el índice más próximo, antes de que se mueva y se esconda otra vez. De nuevo el ceño fruncido, ¡a por la siguiente!, y repite el procedimiento hasta que lo da por acabado, pulsa la orden de impresión y, satisfecho, le entrega un papel con el producto del esfuerzo.

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