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Jesús Ortiz

Tras muchos años trabajados en empresas de comunicación, dirige la editorial milrazones, traduce libros regularmente y enseña en un máster internacional sobre gestión de industrias culturales.

Agamenón canta blues

En 1929 Bessie Smith grabó Nobody Knows You When You’re Down and Out, [Nadie te conoce cuando estás a dos velas]. Lo hizo dos semanas antes del crac de Wall Street que señaló el comienzo de la Gran Depresión que dejó a dos velas a todo el mundo. Por aquí quizá sea más conocida la versión de Eric Clapton, pero ambas comparten la misma amarga sabiduría de aquellos a los que un súbito cambio de fortuna convierte en solitarios tras haber sido el centro de la vida alegre.

Y la no menos amarga (bueno, sí, un poco menos) de saber que la situación es reversible, a su vez, si Fortuna tiene el capricho de sonreírnos de nuevo: soon as I get up on my feet again / everybody wants to be my long-lost friend [en cuanto levanto cabeza otra vez, todos quieren ser mi viejo amigo perdido].

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Balance, buenos deseos, expectativas

Estamos en la época del año en que instituciones y particulares hacemos balance, compartimos buenos deseos y hasta nos aventuramos a hacer propósitos de mejora. Es una tradición más, y seguramente se eligieron estas fechas para realizar estas tareas porque la abundancia de alimento favorece el buen humor, el afecto por los demás y nuestra confianza en el futuro. Sobre todo si el resto del año no se ingiere proteína suficiente para generar como es debido dopamina, serotonina y demás mensajeros del bienestar.

Pero es difícil ser optimista. El valor de las predicciones de algunos colectivos especializados en predecir es de una utilidad dudosa; con frecuencia se trata de mensajes que pretenden modificar nuestra conducta, no son resultado de una investigación seria.

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Remontar contra el viento y el padre

Dios debió reírse mucho el 17 de diciembre de 1903. Unos años antes el obispo estadounidense Milton Wright había dicho que si Dios quisiera que el hombre volara le hubiera dado alas. El hombre no podría volar nunca y decir lo contrario sería blasfemar.

Es una idea curiosa. Viendo que Dios les dio tinta a los pulpos cabría suponer que eran ellos los destinados a escribir la Biblia. O los calamares, que además de tinta llevan siempre una pluma consigo.

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La balanza comercial de Cantabria

El domingo pasado recordaba Marcos Pereda que Comillas «trajo a la península la primera iluminación artificial de carácter público». Es algo que en casa sabemos bien, porque fue el abuelo de mi mujer quien la instaló.

En otro sitio hemos hablado de la emigración lebaniega a Guatemala. Si desde Liébana se piensa hacia poniente, desde Comillas la vista se dirige a oriente. Desde Comillas se emigra a Filipinas, donde Antonio López tenía su compañía de tabacos, y a Barcelona, donde la radicó. De Barcelona, puro oriente próximo, se trajo el marqués los arquitectos modernistas que han hecho de Comillas, como dice Marcos en su excelente artículo, «una auténtica rara avis, un cachito de la Barcelona sofisticada y burguesa que se ha trasladado a orillas del Cantábrico».

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Barbastro, inteligencia artificial y creación literaria

Steak de buey con anguila ahumada, esturión del Cinca, ensaladas de tomate (rosa, y justamente famoso): Barbastro parece saber muy bien que quienes discuten de cosas inmateriales, como el libro electrónico, en algún momento deben entrar en relación con materia densa para no perder el equilibrio.

En Barbastro se celebró la semana pasada la  quinta edición del Congreso del Libro Electrónico. El título ha quedado pequeño, porque la tecnología y los hábitos evolucionan: ahora en este Congreso se habla además de formatos y modos de crear y compartir información; se intenta comprender lo que pasa en la fluida sociedad de la información, y cómo los profesionales del libro pueden sobrevivir en ella.

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Lexicografía a hombros de gigantes

Semanas atrás, mientras escribía acerca de un ingeniero de minas metido a lexicógrafo, se me venía a la cabeza la historia del Oxford English Dictionary (OED), la formidable obra de consulta sobre el idioma inglés (ofrece el «significado, historia y pronunciación de 600.000 palabras»), en buena medida debida a dos hombres que no habían estudiado filología.

El primero de ellos es James Murray, que dejó la escuela antes de cumplir los 14 y trabajaba de pastor de ganado vacuno. Por su cuenta, Murray aprendió unos 25 idiomas (no sabemos cómo: Cantabria está llena de vacas suizas y holandesas y no hay noticia de pastores ni ganaderos que hayan aprendido idiomas. Y, ya metidos en puritita digresión, señalemos que el sustantivo pastor debe ser una golosina para un lexicógrafo: al oírla, uno imagina un paisano con boina y manta zamorana que, ayudado por un cayado y un perro, cuida ganado. Pero ponga usted tras esa palabra, uno a uno y sucesivamente, los adjetivos que voy a indicarle y vea lo que pasa con la imagen mental. Los adjetivos son: alemán, protestante y eléctrico).

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Dar de beber al que no sabe

Junto a la máquina de refrescos hay un hombre expectante, treinta y tantos años:

—Hola, ¿tienes cambio de 50 euros?

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Infinita y continuamente creando

Piden que hable aquí de Cantabria. A mí me gusta complacer, pero es que además me lo han puesto fácil. Me sugieren que hable de la pesca con mosca, de los afluentes del Orinoco, o de los cultivos trasgénicos, y ¿qué podría decir? Prácticamente nada: son temas que ignoro a fondo. No es que de Cantabria sepa mucho, no. Pero Cantabria es infinita. Y eso es una ventaja maravillosa porque, aun sabiendo poco, hay tanto que contar (infinito, para ser preciso), que algo que le sea familiar a uno ya da para algún que otro artículo.

Habiendo vivido muchos años fuera de Cantabria ignoro bastante de su historia, porque no la tengo actualizada. Sí; contra lo que pudiera creerse, lo que un pueblo dice de sí mismo va variando con el tiempo, para adaptarse a las circunstancias. Lo que los individuos recordamos de nosotros mismos también evoluciona, como se ha demostrado muchas veces.

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¿Sirven para algo las editoriales?

—Si los autores tienen que aprender márqueting, ¿para qué quiero yo una editorial?

Más de un editor botó sobresaltado en el asiento, en la magnífica Alhóndiga de Bilbao, al oír la pregunta tras la conferencia inaugural de la jornada «El autor en el nuevo mundo de la edición», el pasado viernes 15. Es el cuarto año en que la Asociación de Escritores de Euskadi organiza un encuentro que permite a sus asociados enterarse de lo que está pasando en el sector, directamente de profesionales implicados…, y también decirles a estos profesionales cosas que ignoran, como la pregunta sugiere.

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Me sé un nial

Entonces estaban las cosas que sabías y las que te aprendían. Sabías, pinto el caso, dónde había un nial, y era un conocimiento tuyo, que lo habías descubierto explorando, y guardabas cuidadosamente, cuidando que no se filtrara, aunque no pudieras evitar fardar: «¡Me sé un nial…!» Pocas cosas podían demostrar que confiaras más en alguien que enseñarle el nial.

Era el antiguo interés por los pájaros y otros bichos; el antiguo interés de los cazadores-recolectores que la Humanidad ha sido colegiadamente hasta hace 10.000 años, y cada uno de nosotros por nuestra cuenta hasta que nos ponían el pantalón largo. Ese interés nos enseñó a controlar el tiempo, el paso de las estaciones: «Marzo, nialazo; abril, hueveril; mayo, pajarayo; y por san Juan, cógelos por el rabo, que ya se van». En la escuela en cambio nos enseñaban el paso de las estaciones de modo abstracto, sin demasiada relación con lo cotidiano. Eso y muchas cosas más, claro, cada día algo nuevo, había muchísimo que aprender.

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