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Miguel Ángel Curiel

Miguel Ángel Curiel es poeta y ensayista. Su familia procede del norte de Extremadura, pero ha residido en Talavera de la Reina y en Lugo. Es autor de libros como 'El Agua', 'Luminarias' y 'Astillas', entre una extensa producción literaria.

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Buda-pest

Hace unos días me encontraba en el Opera café de la avenida Andrássy en Budapest. A mi lado se sentaba Miklos Radnóti, que me hablaba sin cesar de un viaje que había hecho a España hacía ya mucho tiempo. Después de pasar por París, queriendo emular a Rilke bajó hasta Toledo. Allí escribió un poema titulado 'Danubio' y se bañó en el río una tarde de marzo. Radnóti coleccionaba baños fluviales, en unas hojas negras apuntaba los lugares donde se había sumergido. Me dijo, los ríos envejecen. El Danubio es una bella señora a punto de morir.

Desde la avenida Andrássy, cruzando Belváros y el barrio judío se tarda una media hora a pie hasta llegar al puente Lánchíd. De noche todas las luces de la ciudad arden en la corriente del Danubio. Yo había dejado las primeras hojas de mi nuevo cuaderno en blanco a la espera de algo, de una señal, y abrir así, más seguro surcos en la nieve. El señor Radnóti no dejaba de mirar el bolsillo de mi abrigo donde  llevaba el cuaderno. Me dijo: Un río arrastra a sus muertos hasta las puertas del mar, y el mal y el mar son tan grandes que sólo podemos decirlos con palabras muy cortas. Palabras que entran por los ojos y nunca son capaces de salir por la boca.

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Octubre

Detrás del centro comercial, en un muro blanco muy cerca del río, alguien ha escrito con espray rojo  'Il est interdit de pleurer', así en francés resulta extraño encontrar esto escrito en un muro a las afueras de T. Octubre siempre fue un mes vacío y tranquilo, 'Mais c´est le mois des révolutions' . El tiempo de la lucidez lo llamaba Axel Rielman en su libro 'El membrillo negro'. Esperabas sacar todavía hoy una gota de almíbar de la vida antes de la llegada del mal tiempo. No habías reparado en que todas las guerras comienzan en un día de sol, y que el grillo ha cantado por debajo del mar toda la noche. No te fíes de esa paz luminosa de hoy, es engañosa como la sombra de una red para pájaros en la arena. Como planchas de luz los días aplastados van haciendo la memoria con la que hablamos a lo que está por venir. Al final queda el peso de lo anhelado en lo sucio.

Quizás alguien se haya marchado de T. y esté ahora bordeando el mar, inaugurando sin saberlo una nueva forma de dar la vuelta a la tierra. Cree que de esa forma redondeará lo ya conocido. Si seguía la línea que marca la orilla del mar nunca se perdería en el mundo. Apenas se diferencian de esa manera los países; las fronteras al lado del agua son unívocas y casi siempre se esfuman en la luz. Yendo de esa forma nunca sabría finalmente si había dejado atrás Italia estando ya en Eslovenia, o si las dunas de las playas de Argelia eran ya los arenales de Marruecos. Sin embargo hay fronteras que son líneas imaginarias allí donde un velero quieto antes del horizonte se mece a la espera de ser traído a la orilla.

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Feixisme

Un país de cristal a la espera de un meteorito que lo rompa, de apenas cincuenta por treinta y cinco de grosor, una piedra amorfa venida de otro mundo con mensaje dentro, un bólido con su estela anaranjada. Lo mejor es salirse de cualquier guerra. Herman Hesse lo hizo, la pléyade de quienes lo hicieron merece ser entendida o releída. En el cabaret Voltaire de Zürich, liderado por Hugo Ball y Tristan Tzara nació el dadaísmo, un grito vacío de humanidad contra la guerra y los nacionalismos que la provocaron. En ellos, en sus libros se guarda el corazón y el alma de Europa. Yo haré como estos alemanes, irme de la guerra. Sin soldados no hay guerra. (W.B., G.S., A.E., I.G., C.S., A.K., M.D.) Todo este mar de iniciales lo encarna pero la lista es mucho más larga. Desde T. sale una carretera que lleva a Córdoba atravesando La Siberia y la Serena extremeñas.

Un territorio casi del tamaño de Suiza. Llamémoslo ahora S; la S es el signo que encarna el silencio y el sonido, una letra sinuosa marca la contradicción entre lo que suena en lo que calla y lo que calla en lo que podría sonar. Una duna silenciosa que arrastra el sonido del mundo, un signo que forma curvas de infinito silencioso en el ruido humano. Así esta tierra de nadie al Sur de T., este lugar amarillo llamado S. sería una Suiza vaciada o nunca llenada, y en concomitancia con un absurdo lejanamente kafkiano, pero por eso enteramente visible, en vez de afiladas cimas y grandes ventisqueros como avenidas y glaciares donde nacen los grandes ríos de los Alpes, sierras carcomidas y chatas, y a sus pies manantiales y fuentes secas, loberas y antiguas guaridas de maquis.

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Septiembre

Lo que te atropella es el tiempo. Tú, ciudadano que has querido permanecer ausente de ello buscando una puerta de luz por la que pasar de una ciudad a otra, de un lugar quemado a otro verde al instante, y el instante son las Horcas Caudinas de los samnitas. Bajo aquellas lanzas pasaban doblegándose los soldados romanos derrotados en una batalla librada el año 321 a. C., en un estrecho paso de los montes Apeninos muy cerca de la ciudad de Caudio.

De la misma manera has pasado ahora por el detector de metales en un aeropuerto perdido al final del mundo, doblegándote al destino por unas tramas de aluminio y cables que detectan los ángeles en tu alma camino de T. Quedarse en septiembre para siempre, ese era tu deseo. No querías pasar de un día a otro doblegado bajo un arco de luz, de una noche a otra atravesando el Poenimus Mons de ti mismo hacia una meseta de ciudades de cristal.

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El veraneante

El veraneante dejó T. en un tren que a la media hora se detuvo por culpa de una vaca en las vías. El tráfico ferroviario entre T. y L. quedó colapsado durante dos horas en un lugar abandonado del Arañuelo sin tráfico ferroviario alguno. La vaca había quedado reventada por el impacto de la máquina. La manera en la que quedó el animal  le recordó a alguna de las crucifixiones que F. Bacon pintaba en un sótano oscuro más como penitencia por la absurda existencia que como arte. El tren se puso de nuevo en marcha una vez apartado el animal de las vías. El veraneante tenía un libro de Stefan Zweig apoyado en las piernas, desde la ventanilla contemplaba el paisaje que el verano había abrasado hasta dejarlo blanco. La sierra de Gredos quedaba oculta tras una luz irascible y polvorienta que le recordaba a Marruecos.

El veraneante pensó que vivíamos ahora en un tiempo irrepetible, pero por irrepetible que fuera, parecía ya acabado y demasiadas veces representado, y por eso demoniaco o profético. Sintió el tiempo extraño y voluble de las tragedias que se avecinan por la puerta trasera de la casa, la calma azul de la historia en el que alguien se dirige hacia un acantilado pedaleando en una bicicleta, a la vez que se está formando una tormenta de verano; el aire cálido asciende hacia el cielo hasta implosionar como un agujero negro del que llueve luz de los dioses muertos. Pensó que ahora que todos querían vivir en una patria cerrada con buenos y malos se debería leer de nuevo a Rilke que vivía tan a gusto en Italia como en Francia o Austria. El que una vez pasó por Toledo en busca de la Arcadia y escribió desde el frío cartas a sus amantes esparcidas por el corazón de Europa.

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Piscinas

A cuarenta grados en verano el paisaje aluvial en T. se dilata bajo una luz quieta y cegadora que apenas permite ver a lo lejos la sierra de Gredos. El cielo arde y los latidos blancos del sol te queman los ojos. Te invitan a diez piscinas. La generosidad en verano se demuestra cuando alguien te invita a su piscina de teselas y azulejos azules. Apunto en mi cuaderno el nombre de esas piscinas a las que me han invitado, el nombre del amigo y la fecha.

En T, hay muchas piscinas; muchos veranos de mi juventud los pasé en piscinas de amigos. Recuerdo la de Alfonso Sobrino, en el camino de Palomarejos, muy cerca del río.  El emparrado y los cipreses  habían crecido alineados junto al muro encalado, había una higuera muy grande cuyas ramas estaban ahorquilladas para no doblarse. Fue bajo aquella sombra negra de la higuera donde comencé a leer a André Guide; aquella escritura vaciada y quietista, seca y blanca de Guide, cuyas palabras eran el reflejo de una luz que venía de otra luz más oscura, nunca me abandonó, y para mí siempre estará asociada a aquellos días de verano. Nunca he olvidado algunas frases de su Amyntas, para mí su libro más extraño y seco, y sin embargo cercano al agua, a veces sorprendentemente líquido: “¡Oh hermosa huerta! De repente se escapa el agua, atraviesa el muro y entra, avanza por la huerta; al pasar la horada un rayo de sol, la huerta está inundada de sol —de huerta en huerta— sin temor de vosotros ruinosos muros”.

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Mi ciudad se muere

En el año 1993 el ensayista Predrag Matvejevic, autor del ‘Breviario Mediterráneo’ escribió una serie de artículos sobre la guerra de los Balcanes. Era un intento vano de exorcizar la catástrofe que caía sobre aquella tierra de belleza fuerte. Uno de aquellos artículos, titulado ‘La virtud de un puente’, estaba dedicado al puente viejo de la ciudad de Mostar, su ciudad natal. Ya se habían destruido siete puentes en Mostar y sus alrededores, pero el más antiguo de todos seguía en pie, era el que había dado nombre a la ciudad: en lengua serbocroata Mostar quiere decir puente viejo. Sobre esto escribía Matvejevic entonces. Finalmente aquel bello puente de piedra blanca sobre el Neretva de aguas verdes fue destruido.

Este artículo que escribo ahora es deudor de aquellos artículos de Matvejevic, que yo leía entonces en los tórridos veranos de T. junto a otro viejo puente a las orillas del T. Sobre y por debajo de sus palabras me he inspirado para decir o escribir casi lo que no se puede decir o escribir. Que mi diagnóstico no se cumpla. La brevedad me exige meter todas las palabras en una jaula -porque así escapan y vuelven desde sí a sí mismas-. El espacio de una jaula es más un espacio imaginado que real, y esta es una jaula de aliento, una jaula dibujada en el cristal empañado. La mayoría de las grandes tragedias son lentas y silenciosas, subterráneas, imperceptibles.

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Ruido

“Lo que se deja expresar debe ser dicho de manera clara, sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar”, escribió Ludwig Wittgenstein. ¿Podríamos imaginarnos ahora un mundo silencioso, un mundo de silentes que solo escriben, y cuyo único ruido sería el de su respiración y el del lápiz en el papel? ¿Imaginarnos un mundo donde incluso los sonidos de la naturaleza, que de alguna manera forman un habla, un lenguaje eterno, incorruptible y lineal se hubieran callado para dejarnos oír las órbitas de lo lejano, y el corazón de los dioses que agonizan en las fuentes del mal de este tiempo?

Todas las utopías posibles son hijas de una sola, que es la utopía del silencio. El ruido está allí, lejano, pero no lo oímos, intentamos verlo, agudizamos la vista para de alguna manera verlo, pero no lo oímos. Pero esa utopía de la descodificación tenía sus peligros en cuanto dejaba a lo humano por debajo de ella misma, y volvía de alguna manera a someternos a lo extraño del silencio de los dioses que agonizan en su deriva. Un aplastamiento de lo humano por el silencio. Después de un tiempo el hombre habría olvidado la mayoría de las palabras, pocas se habrían salvado de esa hecatombe silenciosa y muda, utópica, pero no deseable.

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Jacques Derrida en Toledo

Hace apenas unos días me llegó a Talavera 'Al Haschiche', el libro que mi amiga la poeta y cineasta egipcia Safaa Fathy, me hizo llegar desde París. Uno de esos poemarios que todavía destilan belleza y existencia, pero sobre todo desgarro de existir en los límites entre la luz y la oscuridad, y donde las palabras parecen entonces arder suavemente para decirnos lo que no se puede decir. Un libro escrito siempre en los límites del lenguaje. En este libro nos encontramos a una mujer expulsada, a una extranjera a la manera en la que Edmond Jabés nos habló en sus textos de la hospitalidad y el exilio, o del significado de extranjero como alteridad múltiple del ser.

Saffa, escritora en la alteridad de sí misma, busca escapar con las palabras hacia ella misma, expulsada del mundo, en la intemperie. Hace ya muchos años que vive en París, debido a la incomprensión y a las campañas de desprestigio que sufrió como autora en Egipto. La escritora, poeta, dramaturga y cineasta Safaa Fathy (Minia, alto Egipto, 1958) dejó su país después de concluir la carrera de letras inglesas en la Universidad de Minia, para continuar sus estudios en la Universidad de París VIII (St. Denis) y después doctorarse en letras en la Sorbona. Su estancia en Francia se prolongó durante 25 años, tiempo en el cual conoció y colaboró con el filósofo Jacques Derrida. Alejada de su patria por motivos político-sociales, “más allá de mi voluntad”, en Francia, de repente, la situación también se tornó “insoportable” en lo político, social y profesional. Toda su obra, ya desde sus primeros libros tuvo problemas en Egipto al ser considerada una autora heterodoxa  fuera de los márgenes de la literatura en árabe que se hacía allí.

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Un izquierdista llamado Alonso Quijano

El Quijote era de izquierdas porque Cervantes fue sobre todo un hombre escéptico al final de sus días. Toda esa aventura vital tan intensa y a veces desgarradora que le llevó de un lugar a otro impulsado por las ventiscas negras de aquel tiempo de oro no podía llevar a aquel hombre más que al  escepticismo, y es de ese escepticismo del que sale o nace un izquierdista utópico como el Quijote.

Locura e inocencia maridada en una mirada de cristal limpia que casi podía mirar con sus ojos al sol. Qué magnifica contradicción que el fruto del escepticismo melancólico sea la utopía de la inocencia, la utopía quijotesca, la lucha poética contra el poder de todo tipo. La derrota está servida, y por más que el agrandamiento de la melancolía, como estado superior de la ensoñación, lleve a la utopía quijotesca, esta no es mas que otro estadio fallido en el que los sueños se mezclan con el agua. La derrota como ironía.

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