Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Sobre este blog

Palabras Clave es el espacio de opinión, análisis y reflexión de eldiario.es Castilla-La Mancha, un punto de encuentro y participación colectiva.

Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de sus autores.

Polvareda

Para artículo curiel

0

Por los siglos de los siglos Amén: que así sea, y ese siempre sea así, ininterrumpido, inacabado. En este vasto paisaje milenario es más antigua todavía la duración, y la erosión de la voz y la mirada, la continua mirada y voz del hombre apenas ha podido desgastar aquellas montañas que alguien se atreve a llamar viejas: ces vieilles femmes blues, con más misericordia que verdad. Cada vez las mira más, y teme un día no poder dejar de mirarlas.

Hay que mostrar lo invisible de lo que se ve, me dice: cuánto más se está perdido, más se es empujado hacia la raíz, la profundidad. Lo que sale de mi es siempre desconocido. Y ese amigo de Beckett, el mismo que llevaba esperándome en el lugar de Bravales más de veinte años, el mismo que dijo una vez: “Estás sobre la tierra, no hay cura para eso” Después vino lo kafkiano: “El camino verdadero, que pasaba por una cuerda, que no está extendida en alto sino sobre el suelo, y parece preparada más para hacer tropezar que para que sigas su rumbo”.

Al pasado sólo puede retenérselo en cuánto imagen que relampaguea, escribió Benjamín, de ahí que estos días de tormentas al final del día, aquí, en Jola, en cada relámpago que toca la tierra y en cada trueno que sigue después, sean los viejos días de mi infancia, los mismos, no otros, y el tiempo vivido realmente el instante que va de la iluminación del relámpago al sonido del trueno.

“De lo que trata: la cosa” “El polvo, también tiene sus razones de peso” Edmond Jabès. Una vez era verano, en aquel tiempo siempre era verano, digamos que al final de ese tiempo. En la mirada se notaba ya el final de ese tiempo: por un camino de tierra muy seca, trallado por el sol, la ráfaga de aire muy caliente, leve o fuerte levanta la polvareda. La tierra del final de una época, en el momento justo en el que se acaba ese tiempo, de una duración indefinida en un lugar inmensurable; la duración desde la que se funda la memoria. A cada latido solar un golpe continuo de luz. Ese final de época, y las cosas importantes se van por sí solas: a la vez que se recogen o se pliegan en sí mismas se desplazan hacia todos los lados, así desaparecen de un momento a otro durante muchos momentos. Y era el polvo aireado, arrastrado, esa gran cosecha de polvo, y ese camino tan recto que se pierde en sí mismo allí. El polvo, las grandes polvaredas de un final de época, ese polen ya infecundo que se posa sobre la sal. Un largo y recto camino por el que esperas que algo venga o llegue, del que se espera lo venidero, y si fuera que nada trajera, siendo el camino por el que nada viene o se acerca, en momentos te impulsa, en demasiados momentos te invita a ir con la misma fuerza de la espera en la que nada llega o viene. Se abría así otro tiempo absoluto, el “tiempo” de otras “asunciones” menores, hasta hacer de uno ese hombre de polvo, un pulvis hominis del anhelo en lo otro. En todo podías estar.

Cuanto más me adentraba en el ancho y vasto lugar, sin sentirme perdido o mal hallado a lo largo de aquella comarca de parameras más que de desiertos, lugares de abandono más que de imposibilidad, como si allí se hubiera amado mucho, quizás demasiado para nada. Una llanura alta y fría en invierno, abrasada en el tiempo de los días largos, como un Aliste mucho más al Sur, por decir algo que pudiera ayudar a alguno a situarlo todavía en el mundo. ¿Y había otro país al lado, otros lugares a punto de perder cientos de nombres y palabras? Y mientras iba, quizás, por esta vez quizás, entre Galeana y Valencia de Mombuey, en los días del primer verano, días que se cerraban con tormentas breves y violentas, a trallazos de sol y agua, y entonces uno se anegaba de esa nada del paisaje español, hallando en ellas el sagrado refugio para las tormentas, en largas caminatas solares, donde a la escucha de lo extraño se ama todo aquello que no se puede expresar, y que se te cierra y dura toda la vida en uno. Esa duración para siempre, qué como los aires al mover las ramas, nunca estas se repite un movimiento igual a otro. Y la alegría de hoy es viejísima, es la tuya, va pasando otra vez por ti sin atender, es siempre la misma; esa alegría y tú no os recordáis.

Nunca fui a Muniesa ¿Debería ir a Muniesa? Muniesa, el solo nombre ya me atrae; de las cinco vocales solo le falta una. Muniesa, los nombres más bellos en mi lengua son los que conjugan en un extraño orden cuatro vocales, dejando siempre fuera una de las cinco, siendo siempre necesaria la “u” y no la “o” para alcanzar un sonido más armónico; la “o” del yo, y la del “otro” la “o” del cero. Las cuatro vocales, la mano a la que le falta un dedo, siendo este casi siempre el dedo gordo de la mano. Muniesa, nunca estuve allí y no creo que en algún momento uno llegue a pasar por ese lugar. Antes tendría que haber dado un largo rodeo por Villarquemado, donde el zahorí de los cuatro dedos de Anadón explicaba en el bar de la plaza, con honda sabiduría mántica, como encontrar los pozos en los años más secos. Y a la escucha del zahorí, ¿No sientes aquí, a través de la bella palabra, de Muniesa, en este aquí de suelos resecos y tierras tralladas por el sol las venas de agua subterráneas?

Más lejos, todavía más lejos que en este lugar vacío, donde ya había demasiada lejanía entre tú y los otros, entre este lugar y los otros lugares, y sintiéndote más lejos eras menos lejano

Y en los otros lugares de Lécera, Alacón, Oliete, Alcaine, Alloza, llevando tras de ti la polvareda, tu poco, tu casi nada, tu silencio de polvo, y ya desde Muniesa, a esos lugares de casi nombres de mujer, y con tu polvareda detrás, porque allí el silencio del cielo era más alto y azul que en otros lugares donde llueve poco, o porque te sentías más lejos, y allí ya no llegaba el ruido de los monos locutores de radio. Más lejos, todavía más lejos que en este lugar vacío, donde ya había demasiada lejanía entre tú y los otros, entre este lugar y los otros lugares, y sintiéndote más lejos eras menos lejano, y porque era como haber pisado la luna, si, la luna, ocre, rojiza, la luna de tu país, de vida mínima, de vida resistente, de una resistencia a la ingravidez de la nada, y estaba la gravedad real, y el aire seco, demasiado seco por lo vacío.

Y en otro día, si he visto demasiados árboles en ese día, más de los que esperaba ver, demasiados para la idea que como extranjero tenía del lugar: muchos para lo que me contaban los otros, lugar vacío, árido, de tierra extrañada y trallada por el sol español, una paramera tras otra, donde dios se convierte después del aire a ras del suelo, llevándose la polvareda hacia ti, en el ventríluoco que te dará una voz oscura al mediodía, “en ese ya no sé hablar” y en “ese ya no sé a donde voy”. Y si había tantos árboles, más de los que pensaba, tantos chopos, fresnos, alcornoques, encinas, quejigos, al menos durante esa primera noche me quedaría de pie, quieto y en silencio sin dejar que el ventríluoco pasara su voz por mi garganta.

Y un poco más allá, durante otro día, pero no sé ya cuál de los días, me fijé en que él escribió en algunos de sus papeles, o en unos de esos pequeños cuadernos suizos, refiriéndose a ellos: un disidente, en último término de su generación, o,  -en los que la generación de poetas profesores- y en palabras del disidente: “Ahora la estupidez sucede al crimen”. O -aquella generación es más de profesores que de pensadores, o -resulta a veces grande la distancia entre unos y otros- Y en sus cuadernos suizos, por ejemplo, en el Moutarde, reproducción del trabajo original del diseñador Pierre Legrain, o -¿Cómo puede Sebastián de Cordoba, poeta ínfimo, o “Aborto literario” etc…- En otro cuaderno ginebrino, y plegado de frases en francés, haciendo oscilar su pensamiento entre dos lenguas, dos paisajes, dos de cada hecho o casa: In principio creavit Deus: Berechiyt bara Elohim.

Los tiempos antiguos siempre resultaban más fuertes, y allí donde pueda llegar la memoria de cada uno, siempre un poco más allá de uno mismo, y resultaban más fuertes, como si después de ellos ya no hubiera ocurrido nada, más que días con tormentas de verano, y temporales y nevadas en invierno. Gracias a aquellos tiempos solo damos vueltas, grandes vueltas, a veces de un año entre el “Pozo de los humos” y el valle del Múrtiga. Bajo estos cielos anchos nadie enloquece.

Todo ha existido ya. ¿Pero cuántas cosas se ha quedado en camino sin llegar a ser? Se le arrancó a la naturaleza su capacidad de originar “algo” nuevo, una flor, o una especie nueva y original. Ahora se engendra por visión y de palabra. No se acaba de morir del todo la muerte.

Amo las tierras vacías, esta de Jola te estraga el lenguaje, te lo empobrece para que sea más real la comunicación, así el lugar se va enriqueciendo con el silencio. Pero ese amor es un amor extraño, un amor estragado y violento lleno de silencio. Es el amor de la ausencia, nada se llena, nada puede llenarse; es tal la fuerza del olvido que la memoria de uno se ensancha tanto, y yéndose tan lejos oprime. Todo aquí permanece olvidado, y la huida es lenta, debe ser lenta para no arder de soledad.

Sobre este blog

Palabras Clave es el espacio de opinión, análisis y reflexión de eldiario.es Castilla-La Mancha, un punto de encuentro y participación colectiva.

Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de sus autores.

Etiquetas
stats