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La ética animal. ¿Una cuestión feminista?

La filósofa Angélica Velasco Sesma publica La ética animal. ¿Una cuestión feminista? en la Colección Feminismos de Ediciones Cátedra. Publicamos aquí la Introducción a este ensayo antiespecista, que plantea la necesidad de entender la dominación de los otros animales desde la perspectiva de género y la crítica al sistema patriarcal

El próximo miércoles 17 de mayo se celebrará en torno a este libro una mesa redonda de representantes políticas: Silvia Barquero (PACMA), Sofía Castañón (Podemos), Eva García Sempere (IU), Pilar Lucio (PSOE) y Rosa Martínez (Equo). Tendrá lugar en Espacio Ecoo de Madrid y será moderada por el historiador y científico Ricardo Campos y por la filósofa ecofeminista Alicia H. Puleo

El libro se presentará el jueves 18 en la Librería de Mujeres de Madrid. Acompañarán a la autora Alicia H. Puleo y Concha Roldán, directora del Instituto de Filosofía del CSIC

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La doctora en Filosofía Angélica Velasco Sesma publica 'La ética animal. ¿Una cuestión feminista?' en la colección Feminismos de Ediciones Cátedra

La doctora en Filosofía Angélica Velasco Sesma publica 'La ética animal. ¿Una cuestión feminista?' en la colección Feminismos de Ediciones Cátedra

La Ética es una de las disciplinas de la Filosofía con mayor implicación en nuestra existencia cotidiana y en la sociedad en su conjunto. Constituye también una de las áreas de investigación y producción filosóficas más intensas de la actualidad. Uno de sus resultados innovadores es la Ética Ambiental, ligada a la aparición de nuevos conocimientos científicos, así como a la percepción de fenómenos de contaminación, pérdida de biodiversidad, desertización, etc. Desde ciertas ramas de la Ética Ambiental, se ha afirmado que lo moralmente relevante son las totalidades: las especies, los ecosistemas, la biosfera. En estas teorías, los sujetos individuales carecen de significación moral.

Por el contrario, las éticas atomistas mantienen que son precisamente los individuos quienes importan. En el caso de las posturas sensocéntricas, la consideración moral se extiende a todos los animales individuales. Pues, ciertamente, ¿cómo justificar que no es moralmente relevante dañar a un individuo capaz de sentir dolor? ¿Basta con apelar a nuestras capacidades cognitivas superiores para legitimar la explotación de los animales y para excluirlos del círculo de consideración moral? ¿Un carácter moralmente admirable puede estar basado en la dominación de los no humanos? Estas son algunas de las cuestiones que se abordan desde la denominada Ética Animal y a las que me aproximaré a lo largo de estas páginas.

Al acercarnos desde la Ética a la cuestión de nuestra relación con los animales, nos distanciamos de la corriente hegemónica que ha considerado este tema un asunto irrelevante. Excluir del círculo de consideración moral a seres sintientes que pueden ser afectados por nuestras acciones no parece estar a la altura de las exigencias de una ética realmente universalista. De la misma manera, tomar la pertenencia a la humanidad como el criterio para legitimar la ausencia de consideración moral con respecto al resto de los animales supone el mantenimiento de la estructura jerárquica del pensamiento que concibe la diferencia como inferioridad y la inferioridad, como motivo para la dominación.

Pensadores como François Poulain de la Barre o John Stuart Mill afirmaron que la desigualdad entre los sexos es el prejuicio más universal. Este último filósofo sostuvo que, además, es el prejuicio más interesado de todos porque busca poder para la mitad de la humanidad. ¿Qué podríamos decir, entonces, del prejuicio de especie o especismo que concede la soberanía absoluta a una especie sobre todas las demás? El especismo ha sido rechazado como un prejuicio ilegítimo que pretende que el criterio de la moralidad sea la pertenencia a la especie humana. Como ha recordado Celia Amorós, los prejuicios no son inocentes, sino que van asociados a los intereses de aquellos que se sitúan en un puesto de dominación.

Aplicando esta reflexión a la cuestión de los animales, podemos establecer que negarles la relevancia moral no es algo casual, sino que es una forma de lograr que cualquier interés humano, sea vital o trivial, tenga una importancia absoluta cuando entra en conflicto con los intereses de los animales. Denomino ideología de la subordinación-dominación-explotación de los animales al conjunto de creencias que establece que los seres humanos tienen derecho a satisfacer todas sus necesidades a costa de la explotación de los animales. Los argumentos del antropocentrismo extremo determinan la prioridad total de los problemas humanos, afirmando que únicamente cuando éstos hayan sido resueltos, será legítimo ocuparse de los problemas de nuestra relación con los animales. Es fácil comprobar que esta argumentación supone un aplazamiento indefinido de la cuestión de los animales en la misma medida en que el marxismo, al aplazar la causa de la mujer hasta el triunfo del socialismo, la posponía sine die.

Internacionalmente, la defensa de los animales está protagonizada, de manera abrumadora, por mujeres. También dentro de la producción teórica, numerosas pensadoras han centrado sus esfuerzos intelectuales en fundamentar el trato respetuoso hacia ellos. Sin embargo, paradójicamente, son los varones quienes reciben el mayor reconocimiento en el ámbito de la Ética Animal.

Este libro aborda la cuestión de la Ética Animal como una cuestión feminista partiendo de las conexiones entre la dominación por razón de género y de especie. La animalización y naturalización de las mujeres ha permitido justificar su sometimiento a los varones. Éstas han sido consideradas como más próximas a la naturaleza. Pero, ¿existe realmente un vínculo privilegiado entre las mujeres y la naturaleza? Desde la antropología, se ha planteado la hipótesis de la universalidad de la subordinación femenina como consecuencia de una supuesta mayor proximidad de las mujeres a la naturaleza. Tanto las mujeres como las labores de mantenimiento de la vida tradicionalmente llevadas a cabo por ellas contarían, por tanto, con un estatus inferior a los hombres y a las actividades del ámbito público. La mujer sería la intermediaria entre la cultura y la naturaleza. Esta última ha sido considerada inferior a la primera en prácticamente todas las sociedades conocidas. La naturalización de las mujeres y la infravaloración de la naturaleza han sido elementos constantes en la historia de Occidente. Y la idea de las naturalezas diferentes y complementarias de los sexos ha sido un argumento recurrente para legitimar la sociedad patriarcal.

Para probar la hipótesis de que la Ética Animal es una cuestión feminista, en el primer capítulo, presento las teorías más influyentes de la Ética Animal para poder, posteriormente, examinar su sesgo androcéntrico. Tras realizar un repaso a algunas de las posturas que ciertos filósofos de renombre han mantenido sobre la denominada cuestión de los animales, paso a analizar los argumentos que se han dado desde el utilitarismo para justificar la ampliación del círculo de consideración moral más allá de nuestra especie.

En su clásico Liberación Animal, Peter Singer apuesta, en la misma línea que Jeremy Bentham, por aplicar el principio de igual consideración de intereses también a los animales, pues defiende que la única frontera legítima en la consideración moral es la capacidad de sufrimiento y goce. Una vez desarrollados los planteamientos de Singer, me centro en las críticas que estas propuestas utilitaristas han recibido por parte de Gary Francione, así como en el Proyecto Gran Simio como un intento de otorgar los derechos a la vida, la integridad física y la libertad a los grandes simios antropoides. A continuación, estudio la propuesta deontológica de Tom Regan, quien propone conceder derechos a los animales en base a su estatus de sujeto-de-una-vida. Termino el capítulo con una aproximación a otras perspectivas de ética animal, como la de Peter Carruthers, Mark Rowlands o Martha Nussbaum.

Ahora bien, los denominados teóricos de los derechos de los animales, Peter Singer y Tom Regan, han mantenido el sesgo androcéntrico de la Ética que considera las emociones como un elemento inferior a la razón, de forma que esta última debe dominar a las primeras. Han tratado de fundamentar sus propuestas en la capacidad racional y en los principios universales, eliminando los componentes emotivos y contextuales. Por ello, en el segundo capítulo, presento la Ética del cuidado como un desarrollo feminista de la Ética que integra esos elementos.

En los años ochenta del siglo XX, como reacción a la clasificación de los niveles del pensamiento moral realizada por Lawrence Kohlberg en la Universidad de Harvard, se inició una revisión crítica de la jerarquización tradicional de la Ética que menospreciaba la empatía y otras actitudes y virtudes necesarias para la atención a los demás. ¿Estas virtudes eran realmente formas morales inferiores? La investigación pionera pertenece al mismo entorno académico de Kolhberg. Ya en el título de la obra de Carol Gilligan – In a Different Voice– se hablaba de "otra voz" proveniente de experiencias distintas derivadas probablemente de las formas de organización de las labores de hombres y mujeres en la historia.

Se comenzó, así, a pensar que las clasificaciones de la Filosofía Moral se apoyaban únicamente en la experiencia del ámbito público, excluyendo o minusvalorando virtudes asociadas a las prácticas de las mujeres en el ámbito doméstico, al cuidado de personas dependientes: niños, enfermos y ancianos. El cuidado puede universalizarse, de forma que se reconozca como virtud tanto para los hombres como para las mujeres. Con distintos matices, todas las teorías agrupadas bajo el nombre de Ethics of Care insisten en la apreciación del contexto y en el carácter personal y concreto de la ética como relación. Todos somos interdependientes, sostienen, apreciación que guarda similitud con la idea de complejidad de los ecosistemas y que algunas pensadoras han aplicado a su defensa de los animales.

La superación del sesgo androcéntrico dará como resultado una transformación de la Ética en la que las emociones, las virtudes del cuidado y la atención al contexto y a las relaciones aparezcan como elementos legítimos de la moralidad, elementos que serán indispensables en el caso concreto de la Ética Animal. Así, será necesario incluir las emociones y los sentimientos como componentes imprescindibles de la Ética, en tanto que permiten explicar la motivación moral. El énfasis que las teorías éticas hegemónicas han puesto en la razón y el intento de eliminar las emociones por considerarlas elementos negativos que el sujeto padece conduce a una visión parcial de la moralidad que olvida que los humanos no son únicamente seres racionales, sino que la emotividad es una parte constitutiva de ellos. Será necesario, pues, superar la devaluación de las emociones y lograr teorías en las que la capacidad racional y la emocional se entiendan como igualmente necesarias. Pues, ¿acaso es posible y deseable una Ética Animal fundamentada estrictamente en principios universales que no tenga en cuenta nuestra respuesta emocional ante la explotación de los animales?

Así pues, ¿es suficiente una Ética Animal que proponga analizar nuestros comportamientos con los no humanos desde la perspectiva moral pero que no tenga en cuenta los componentes de género que subyacen a la dominación de los animales? ¿Bastará con proponer una ampliación de la ética de forma que nuestras actitudes morales abarquen también al mundo no humano pero que no se enfoque a eliminar la desigualdad entre los sexos? ¿Son necesarios los valores del cuidado para la Ética Animal o basta con los principios universales de justicia? ¿Es deseable una Ética Animal no sexista pero fuertemente androcéntrica? ¿Qué transformación social, cultural y personal se podría lograr basándose en este tipo de teorías con sesgo androcéntrico? Y, en la misma medida, ¿una teoría feminista que no analice en profundidad nuestra relación con la naturaleza y con los individuos no humanos será una teoría completa y capacitada para hacer frente a las demandas que exige la situación actual y la evolución moral? ¿Puede el feminismo ser exitoso si olvida la situación de subordinación y explotación en la que se encuentran miles de millones de animales no humanos como consecuencia de nuestras actitudes de dominio? ¿Es posible acabar con un tipo de opresión si no se atiende a las raíces mismas de la dominación? ¿Qué tipo de personas somos si centramos nuestros esfuerzos en acabar con una clase de injusticia pero permanecemos ciegos ante otras? ¿Es posible alcanzar un pensamiento crítico e igualitario sin atender a la interconexión que existe entre las distintas formas de dominación? ¿Feminismo y Ética Animal deben necesariamente complementarse?

Aunque parto de la convicción de que cada movimiento debe atender seriamente a sus objetivos específicos, si no se logra una visión amplia de la opresión, se permanece en parcelas aisladas sin alcanzar una comprensión global de los problemas que permita abordarlos de forma satisfactoria. Precisamente, ha sido el ecofeminismo quien ha mostrado que los diversos sistemas de dominación se encuentran vinculados a nivel conceptual. Partiendo de esta constatación, resulta fácil entender que es un imperativo moral y una necesidad práctica analizar estas conexiones de manera holista y tratar de superarlas mediante un trabajo conjunto y global.

La forma en que se ha conceptualizado y conceptualiza a la humanidad, a la naturaleza, a las mujeres y a los animales trasluce una particular manera de percibir y entender la realidad. Una visión arrogante del mundo, del ser humano y de la Filosofía limita las posibilidades de transformación política y de evolución moral. Por el contrario, nociones igualitarias y respetuosas y dualismos que no se presenten de forma jerárquica permiten desarrollar un pensamiento en el que la diferencia no sirva de pretexto para la dominación. Esto es lo que ha pretendido el ecofeminismo: aportar teorías éticas y políticas emancipadoras comprometidas con la igualdad y el respeto por la naturaleza. Así, una vez abordada la cuestión de la Ética del cuidado, paso, en el segundo capítulo, a analizar las ideas fundamentales de esta corriente del feminismo que entiende la problemática ecológica y nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza como algo que puede ser abordado desde la perspectiva de género.

En primer lugar, conoceremos los motivos por los que numerosas feministas comenzaron a preocuparse por las cuestiones ecológicas, dando lugar al ecofeminismo como teoría y práctica. Como veremos, aunque las teorías ecofeministas sean diversas, todas coinciden en señalar que existen múltiples conexiones entre el feminismo y el ecologismo y que una comprensión adecuada de estos vínculos es imprescindible para lograr una Ética Ambiental, una teoría feminista y un movimiento ecologista exitosos. Abordaré, por tanto, el análisis de estas conexiones. Comprobaremos, de este modo, la necesidad de señalar que la dominación de la naturaleza y la dominación de las mujeres se encuentran vinculadas y que cualquier Ética Ambiental que no atienda a esta realidad generará explicaciones y programas de acción inadecuados e incompletos. Emprenderé el estudio del denominado ecofeminismo clásico, en el que se acepta que las mujeres tienen por esencia un vínculo especial con la naturaleza y se defiende la necesidad de revalorizarla. La naturaleza sería, por tanto, superior a la cultura y la solución a la crisis ambiental pasaría por una recuperación de los principios femeninos del cuidado, la amistad y el amor, superando los valores masculinos de violencia y dominación. Este esencialismo de las ecofeministas clásicas ha sido justamente criticado y rechazado tanto desde el feminismo como desde el ecofeminismo. Con esta aproximación a los planteamientos esencialistas entenderemos la necesidad de acercarnos a la vinculación entre género y medio ambiente desde una perspectiva constructivista que no acepte la existencia de una esencia femenina bondadosa y otra masculina violenta.

A continuación, un estudio de la filosofía de Karen Warren y de Val Plumwood nos proveerá de elementos valiosos para desarrollar propuestas éticas comprometidas con la sostenibilidad y la igualdad. Me resulta especialmente relevante la idea de Warren de la necesidad de transformar nuestra actitud para con la naturaleza, pasando de la percepción arrogante a la percepción afectiva del mundo no humano, así como su concepto de lógica de la dominación. Como veremos, estas dos filósofas reivindican los valores del cuidado y la atención al contexto para lograr una Ética Ambiental completa. Sin embargo, su rechazo a los principios y los derechos supone un riesgo para la protección efectiva de los no humanos. El ecofeminismo crítico desarrollado por Alicia Puleo supera los puntos débiles de algunas teorías ecofeministas. Esta propuesta es imprescindible actualmente, ya que su defensa de la igualdad, el pensamiento crítico, el antropocentrismo moderado, la ecojusticia, la empatía y la compasión, entre otros factores, no desemboca en un rechazo frontal de los derechos y los principios universales de justicia, sino que compatibiliza de manera inteligente razón y emoción, justicia y cuidado.

La crisis ecológica y civilizatoria en que nos encontramos nos exige replantearnos nuestras relaciones con la naturaleza y entender nuestra dependencia de ella. Concebir nuestros propios cuerpos como naturaleza y reconocer nuestra animalidad favorecería una forma más respetuosa de relacionarnos tanto con la naturaleza como con los animales. Igualmente, ayudaría a situarnos en el mundo como lo que realmente somos: seres racionales y culturales a la vez que naturales y emocionales. Este reconocimiento es indispensable para lograr una cultura de igualdad y respeto. La reconceptualización de nociones como "naturaleza" o "ser humano" que puede surgir como resultado de la revalorización de nuestros aspectos corporales y emocionales, así como de las cualidades tradicionalmente consideradas femeninas, es un paso imprescindible para construir las bases de una sociedad pacífica, justa y ecológica.

Está en juego la propia definición del ser humano: decidiremos entre un sujeto que mantiene la dominación tanto de las personas como de la naturaleza y los animales y que basa su existencia en la explotación de los más débiles, y otro que acepte su interconexión con el mundo natural y trabaje por establecer relaciones de respeto con todo y todos los que le rodean.

Desde el ecofeminismo, se ha analizado ampliamente nuestra forma de relacionarnos con los animales y las repercusiones éticas de esta relación. Los capítulos tercero y cuarto están dedicados a estas reflexiones y argumentos. Las teóricas ecofeministas han criticado el dualismo jerarquizado razón/emoción que pervive en el pensamiento de los filósofos animalistas antes mencionados y han desarrollado teorías no androcéntricas alternativas y/o complementarias. Deborah Slicer, Carol Adams, Alicia Puleo, Val Plumwood o Vandana Shiva son algunas de ellas. Comprobaremos, aquí, que las diferencias entre las posturas atomistas y holistas dan lugar a divergencias de opiniones en muchos casos difíciles de resolver, generando, en todo caso, interesantes debates que enriquecen la Ética Animal.

Tras la exposición de estas ideas que ponen de manifiesto la necesidad de incluir la perspectiva de género también en este ámbito de la Ética, examino los riesgos de pretender fundamentar la Ética Animal únicamente en los valores del cuidado como algunas de ellas han pretendido. Comprobaremos, de este modo, que, a pesar de la importancia de la Ética del cuidado, una defensa exclusiva de estos valores y un rechazo a los principios universales de justicia y a los derechos, desemboca en teorías mal capacitadas para garantizar la defensa de los no humanos.

Finalmente, un análisis del debate sobre la prostitución me sirve para desarrollar mis ideas sobre la subordinación, dominación y explotación de los animales, manteniendo que, si lo personal es político, si lo es la sexualidad, la relación con nuestro cuerpo y el tema de la prostitución, política es también nuestra relación con los animales. La cosificación de las mujeres y de los animales y la concepción de sus cuerpos como simples mercancías es una muestra clara de que, incluso en la relación con el propio cuerpo, subyacen relaciones de poder. Ana de Miguel ha mantenido muy acertadamente que en el tema de la prostitución está en juego el propio concepto de ser humano. La ideología de la prostitución –que establece el derecho de todos los hombres a satisfacer sus necesidades sexuales utilizando para ello el cuerpo de las mujeres– legitima una práctica en la que prevalece las relaciones de desigualdad, práctica que refuerza la idea de que las mujeres son trozos de carne y que contribuye a construir un mundo más injusto.

Partiendo de estas argumentaciones, sostengo que también en la cuestión de los animales está en juego el concepto de ser humano y el mundo en el que queremos vivir. De la misma forma que el prostituidor muestra un carácter rechazable al desatender a las circunstancias y sentimientos de las prostituidas, anteponiendo de manera egoísta sus deseos sexuales, el consumidor de productos de origen animal se desentiende de su responsabilidad en la pervivencia del sufrimiento y la dominación. Concluyo, pues, que la defensa de los animales es una cuestión feminista, por lo que debe ser abordada con la seriedad que exige un problema tan significativo.

El ecofeminismo ha apostado por descubrir la lógica de la dominación que conecta los diferentes sistemas de opresión y por vincular las luchas feministas con las ecologistas. Como ha afirmado Karen Warren, es feminista todo tema que ayude a entender la opresión de las mujeres. Por lo tanto, no sólo las cuestiones ecológicas, sino que también la cuestión de los animales es necesariamente un tema feminista. La explotación de los animales es una escuela de insensibilización moral. Un carácter moralmente admirable se aleja necesariamente de los comportamientos de dominación y se compromete con el respeto de todos los individuos, humanos y no humanos. Este carácter exige forzosamente el rechazo de toda forma de explotación y el compromiso con las virtudes del cuidado, aplicadas tanto a humanos como a la naturaleza y a los animales.

Una sociedad en la que realmente se respeten los principios democráticos de igualdad, libertad, fraternidad/sororidad, así como la paz, la justicia y la sostenibilidad, requiere ciudadanos y ciudadanas comprometidas con estos principios y con los valores del cuidado. Este compromiso debe ser un compromiso sentido, vivido. Como bien sostuvo John Stuart Mill, una auténtica democracia exige un cambio radical en el carácter humano. Esta idea sigue completamente vigente en el siglo XXI. Cualquier transformación política debe ir acompañada de la evolución moral de los individuos. Se trata de un fenómeno de retroalimentación. Ética y política se encuentran indisolublemente ligadas. Y nuestras actitudes éticas deben extenderse también a la naturaleza y a los individuos no humanos.

Nuestra actitud hacia los animales trasluce una particular forma de ser. Precisamente, en nuestro comportamiento con los más débiles demostramos nuestro compromiso moral y el grado de implicación con los valores del cuidado, la justicia y el respeto. La visión androcéntrica del mundo asociada al distanciamiento emocional, la competitividad, la violencia y la opresión se mantiene cuando no se atiende al sufrimiento de los no humanos. Por lo tanto, es fundamental superar esta visión androcéntrica y ampliar el círculo de consideración moral incluyendo a todos aquellos a los que afectan nuestras acciones. La (r)evolución moral que exige el momento actual incluye la crítica al sexismo, al androcentrismo, al antropocentrismo extremo y a la visión arrogante del mundo no humano.

Como pretendo mostrar a lo largo de estas páginas, un proyecto ético verdaderamente emancipador debe atender a todas las formas de dominación y tratar de superarlas. Los distintos sistemas de opresión se encuentran vinculados a nivel conceptual a través de la lógica de la dominación. ¿Cómo mantener, entonces, que una propuesta ética es realmente universalista y liberadora si no comprende esta conexión? ¿Cómo considerar que un carácter es virtuoso si hasta sus prácticas cotidianas están basadas en el dominio del más débil? ¿Cómo lograr un mundo basado en los principios democráticos de libertad, igualdad, fraternidad/sororidad, solidaridad y sostenibilidad, si no se tiene en cuenta nuestra interconexión e interdependencia con la naturaleza y con los animales? ¿Cómo conseguir una Ética Animal satisfactoria si no incorpora todo lo que aporta la perspectiva de género? Éstas son las preguntas que guían este libro y a las que intentaré responder a lo largo de estas páginas.

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