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La mujer que acumula en la mirada toda la tristeza de los zoológicos

La poeta Marta Navarro, autora de este blog y miembro de su consejo editor, presenta el miércoles 27 de mayo, a las 19:30, en la librería Traficantes de Sueños de Madrid, su nuevo libro de poemas, Vietnam bajo la cama, publicado por Amargord Ediciones.

En su prólogo, el también poeta Antonio Orihuela destaca que en el universo poético de Vietnam bajo la cama también están los "animales sacrificados, animales encarcelados en zoológicos de tristeza, explotados en circos, asesinados en festejos de dudoso gusto, cazados, pescados, desangrados en mataderos y mutilados".

Ana Pérez Cañamares y Ruth Toledano acompañarán a la autora.

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Dibujo de portada del poemario 'Vietnam bajo la cama', de Marta Navarro (Amargord Ediciones, 2015)

Dibujo de Rául Gálvez para la portada del poemario 'Vietnam bajo la cama', de Marta Navarro (Amargord Ediciones, 2015)

Tenemos que preguntarnos: ¿Qué hora es en el reloj del mundo?

Grace Lee Boggs

 

Para Lukánikos, el perro callejero que siempre

se unía a las manifestaciones de indignados en

la plaza Sintagma en Grecia.

 

Soñar y ser

 

Bajo una lluvia de trigo,

nuestro perro ladraba la distancia

entre lo que somos


y lo que soñábamos ser.

 

A escondidas,

comíamos palabras clandestinas

con la esperanza de recuperar la voz

de nuestros antepasados

y poder gritar mil años seguidos

que somos inocentes,

que esta cuchara llena de cadáveres

y derrotas no es nuestra,

que nunca lo ha sido.

 

Pero lo único que conseguíamos

era gemir ante nuestro perro

un futuro incierto

y sin escaleras.

 

 

The grandmother

 

Tuyët guardaba la tristeza

de todos los mataderos en su voz,

el humo de todas las hogueras en su pelo

y la rabia de todas las guerras en las manos.

Pero desplegaba


una voz de chocolate y canela

cuando venía a casa.

Había aprendido a sonreír

entre tormenta y tormenta.

Nadie pasaba frío a su lado,

su cuerpo era una isla

donde refugiarse en tiempo de naufragios.

Dicen que su pan de nieve

alimentaba

a los hombres y mujeres del barrio,

nunca a los dioses.

 

Llegó de Vietnam,

echó raíces,

tuvo nietos.

Y un día

se convirtió

en poema.

 

 

Noche en los acantilados. El rey Lear le pregunta al ciego

conde de Gloucester: ‘¿Cómo ve usted el mundo?’. Y el ciego

Gloucester le responde: ‘Yo lo veo sintiéndolo’.

Phillip Wollen, citando El Rey Lear de William Shakespeare.

 

El estómago de las guerras

 

Nos obligaron a ser la lluvia

sobre las cabezas de los prisioneros,

a ser la niebla que arrancaba la luz

de los recién nacidos,

a ser el hambre que crujía

en el estómago de las guerras.

Pero lo único que queríamos

era ser la nieve acariciando el desierto,

el sol derramado

sobre la espalda del invierno,

el aroma del pan

en el vientre del trigo.

 

Éramos el mundo y alguien nos lo arrancó

de las manos

un día de oleaje oscuro.

 

 

La línea horizontal nos empuja hacia la materia, la vertical, hacia el espíritu.

Franco Battiato

 

¿Cómo fue la primera mañana del mundo?

 

La cosmología moderna nos explica el origen del universo,

el instante en que apareció la materia

y la energía tras una gran explosión.

Campos gravitatorios, densidad infinita,

espacio y tiempo,

sí, todo eso, pero yo me pregunto:

¿Cómo fue la primera mañana del mundo que hoy conocemos?

¿Qué sonido despertó a sus primeros habitantes?

¿Fue un rumor de agua, de tierra, de aire o de pasos?

Y si fueron pasos, ¿de quién eran esos pasos?

¿Qué miraban o a quién seguían? ¿Era una mujer, un pájaro,

un lobo, un hombre, una mosca, una tortuga, un pez o una célula inquieta?

 

¿Y cómo fue la primera noche?

¿Qué sintieron los primeros pobladores

cuando la luz fue abandonando el paisaje

y el cielo se llenó de extrañas luces?

¿Cómo fue la primera vez que se amaron

los primeros que se amaron?

¿Y la primera palabra exclamada?

Y con el tiempo, ¿cuál fue la primera mentira

que produjo la primera lágrima?

¿Cómo fue la primera mañana del mundo?

¿Cómo fue?

 

 

La ardilla que matas de broma muere de verdad.

Thoreau

 

Bosques

 

Al anochecer,

el espíritu del bosque

recorre la ciudad buscando

entre la brea

las raíces que un día habitaron.

 

 

Mientras haya mataderos, habrá campos de batalla.

León Tolstói

 

Peleterías

 

I

Peleterías:

lugar donde la gente

se viste de cementerio.

 

II

El otoño llegó

con llanto de cicatrices,

olor a bosque quemado

y memoria de peletería.

 

 

Mírate a ti mismo como un gran caimán, cuyos tremendos coletazos podrían partir el espinazo a un tapir; y mírate también como un chimpancé aterido, soportando el aguacero torrencial sin un compañero cerca. Así, quizás, conseguirás llegar a verte -en un tercer momento- como un ser humano.

Jorge Riechmann

 

Animales

 

La tristeza habita en la pantera que envejece

frente al público de un zoo,

en la humillación y el hambre que esconden los circos,

en las plazas de toros, sobre la memoria sangrante de su arena,

en el anzuelo que atraviesa el azul para manchar de muerte el agua,

en las tardes de caza en el pueblo o en la lejana África,

en los pasillos rojos pero invisibles de los mataderos,

en los picos mutilados de millones de aves,

en las granjas de esclavos,

en la desesperación del toro lanceado.

Hay un rumor de planetas vomitando ataúdes sobre la vía láctea.

 

 

No se puede defender la libertad e ir por el mundo arrastrando jaulas.

Marta Tafalla

 

Para el equipo de ‘El caballo de Nietzsche’: Ruth Toledano,

Concha López, Julio Ortega, Lucía Arana, Paula González y

Kepa Tamames.

 

El último derviche

 

De su ropa salió un aullido de menta.

A lo lejos un rumor de huesos rotos

cruzó apresurado el bosque.

No hubo indulto.

La sentencia se cumplió al amanecer.

Ya nadie cubrirá

con nieve la ceniza,

nadie le pondrá zapatos de cristal

a los cuervos,

ni rescatará del vertedero

la voz púrpura de los ancianos.

La nada es el todo,

la nada existe en la

no existencia.

Tú y yo no somos ya,

no existimos ni en el reflejo insomne

de una estrella.

 

En el último momento,

buscó mis ojos

y disparó una palabra.

Por un instante,

fui la soga que desgarraba su cuello

y reconocí entre sus heridas

el vertedero,

la oscuridad que habito.

 

Mírame,

tengo las manos llenas

de leche degollada,

he ocupado mi estómago

con trozos de animales muertos,

me he comido sus miedos,

absorbiendo a través de sus venas

el perfume violento de los mataderos,

su agonía ha sido mi comida,

y a esto le hemos llamado

alimentación.

 

He destruido puentes,

vaciado la tierra

y extirpado de vida los mares.

Bajo este cielo

de arcángeles violados,

administramos la guerra

en dulces caramelos con sabor

a misiones de paz.

Nuestro código de vida

tiene la piel cosida

con pulso de suicida.

 

Para adormecer tanta locura

suministro días amnésicos,

quienes los prueban,

siempre repiten,

felices por no recordar dolor alguno.

Todos menos él,

que siempre buscó

las huellas del tigre en la nieve,

un derviche que ladeaba

su cuerpo hacia el cielo

reprochándole al infinito

tanta hostilidad.

 

Cazador,

limpia deprisa las últimas huellas

de vida honesta sobre la tierra.

Y cuando salgas,

no olvides cerrar la puerta

con nueve llaves,

pero antes,

asegúrate bien de que nadie vea

que del cuerpo del último derviche emana

una hemorragia de rosas.

De

rosas.

 

 

¿Por qué escribes?

II. Respuesta para martes, jueves y sábados

 

Escribo porque un aullido de cerezas me recuerda

el lugar donde me concibieron.

Escribo porque alguien me dijo que escribir

era una forma de perder el tiempo.

Escribo para vengarme de “ese alguien”.

Escribo porque aprendo.

Escribo porque llevo gafas.

 

Escribo porque un señor siciliano de nariz larga

canta para mí cuando enciendo el mp3.

Escribo porque tú existes.

 

Escribo porque soñé con la venganza de Carrie

en su fiesta de graduación.

Escribo porque Tarantino me robó una pistola invisible

y no me la ha devuelto todavía.

 

Escribo porque en la infancia

huía de la cocina llena de cadáveres

con la tristeza en la garganta

hasta cobijarme en un cuaderno de notas

donde vomitar.

Escribo porque no como animales.

 

Escribo porque un invierno mis piernas se congelaron

bajo el cielo rasgado de Illinois.

Escribo porque no sé tirar los zapatos a la basura

cuando son viejos.

Escribo porque una de mis manos

habla vietnamita en la intimidad.

Escribo porque no duermo.

 

Escribo porque mi padre, “el sastre comunista”,


guardaba a Marx, a Bakunin y a Coco Chanel en la misma estantería.

El buen gusto debe estar siempre acompañado, decía.

 

Escribo porque soy fluctuante en el género y en el deseo.

Escribo porque amo a Plutarco y a Pitágoras.

Escribo para que no me preguntes

por qué escribo.

 

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