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El verdadero (y espantoso) coste de la ganadería industrial

Se presenta en Madrid La carne que comemos, de Philip Lymbery, director ejecutivo de la prestigiosa organización Compassion in World Farming.

Alianza Editorial publica este libro cuyo objetivo es que un público lo más amplio posible conozca las consecuencias devastadoras que la ganadería industrial tiene sobre el planeta, la salud humana y el bienestar de los animales.

Escrito junto a la periodista del Sunday Times Isabel Oakeshott, fue elegido uno de los libros del año por The Times Writer's Books of the Year y considerado por el Mail On Sunday como un "punto de inflexión".

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Cubierta de 'La carne que comemos', de Philip Lymbery, publicado por Alianza Editorial.

Cubierta de 'La carne que comemos', de Philip Lymbery, publicado por Alianza Editorial.

Elige tu propia causa. Es lo que podríamos decir ante la espantosa realidad de la que da cuenta La carne que comemos, libro de  Philip Lymbery sobre la ganadería industrial que Alianza Editorial publica ahora en España. Porque es una realidad espantosa desde cualquiera de los análisis que se le apliquen. Si tu causa es la defensa de los animales (como es mi caso y el de este blog), en las granjas de producción industrial de carne y derivados, tienes tu campo de batalla. Pero también si tu causa es la defensa del planeta y la biodiversidad. Y también si tu mayor compromiso es contra los abusos que sufrimos los humanos. No es un simple juego de palabras que en su versión original, publicada por Bloomsbury en 2014, se titule Farmageddon ( farm significa granja en inglés y Armageddon es el título de una película de ciencia ficción apocalíptica inspirada en el fin del mundo bíblico): el libro de Lymbery aporta una visión integral de la devastación que, desde todo punto de vista, conlleva la producción y consumo de carne industrial.

Philip Lymbery -que es director ejecutivo de una organización internacional líder en el bienestar de los animales en granja, Compassion in World Farming (CIWF)- empieza contando que vive en uno de esos parajes en el sur de Inglaterra que parecen idílicos porque, aunque ya sepa que no es así, a la gente le resulta más cómodo creer que las granjas siguen siendo como en los cuentos infantiles. Y se lamenta de que ese mito se transmita a los niños en los libros ilustrados y se les refuerce con visitas a unas granjas-escuela que no tienen nada que ver con la realidad de la inmensa mayoría de las granjas. “Lugares”, dice, “que nos amargarían el día a cualquiera de nosotros y conmocionarían a casi todos los escolares”. En la Inglaterra rural de Lymbery, como en casi todo el planeta, la llamada “intensificación sostenible” está haciendo que desaparezcan los animales de los campos para vivir hacinados en naves oscuras y asfixiantes. Con ellos desaparecen los pájaros, las mariposas y las abejas, que son fundamentales para la polinización de los cultivos y de las flores silvestres: algunos expertos se refieren ya a una “crisis de polinización”.

Todo lo anterior hace posible que se pueda comprar un pollo, un animal, por apenas dos euros.

A una antiespecista como yo se le despiertan todas las alarmas cuando se enfrenta a las alternativas bienestaristas: alcanzar el mayor nivel posible de bienestar animal dentro del sistema de su explotación. Quienes combatimos la discriminación de los individuos por razón de su especie aspiramos al fin de la explotación de los otros animales y abogamos por un respeto a sus vidas semejante al que merecen los individuos de la nuestra propia: no nos creemos con el derecho a dominar al diferente ni a disponer en nuestro beneficio de sus vidas distintas. Sin embargo, también desde esta posición es impactante el libro de Lymbery y su incontestable exposición del coste que supone producir “carne barata”. No porque el coste moral vaya a ser menor si la carne es cara, sino porque el alcance y la dimensión del horror se multiplican hasta el infinito cuando el sufrimiento se industrializa.

En las granjas industriales se cría alrededor de 70.000 millones de animales al año. En esas naves y barracones viven permanentemente estabulados (encerrados, inmovilizados) y son tratados a la manera, digamos, de Descartes: como meras máquinas de producción que se usan hasta el límite de sus posibilidades o de sus fuerzas. Mientras resisten, los animales son alimentados con un tercio del total de los cereales cultivados en el mundo, un 90% de la soja y un 30% de las capturas de pescado. Para conseguir un solo kilo de su carne hacen falta, además, 15.000 litros de agua. Con todo ello, podría alimentarse a tal cantidad de humanos que se acabaría con el hambre en el mundo. Se dice pronto.

Pero la industria de la carne lo oculta, del mismo modo que trata de ocultar aspectos de su negocio que atentan contra la salud pública, como su dependencia del uso de enormes cantidades de antibióticos: la mitad de los que se consumen en el mundo son suministrados a los animales de las granjas industriales. Obviamente, esos antibióticos son ingeridos por los consumidores humanos en los productos derivados de los animales. Y obviamente, los microbios se hacen resistentes o mutan. De uno u otro modo se pone en peligro la salud pública humana, como ya sucedió con la gripe porcina: se teme que la enorme demanda de carne de las clases medias chinas pueda llegar a provocar un envenenamiento masivo (en 2011 la gente enfermó porque a los animales se les suministró clembuterol, un esteroide ilegal), y en California la presencia de megalecherías ha disparado el asma infantil.

Ya sea en sentido estricto o figurado, se nos va a permitir afirmar que la industria de la carne es una industria de mierda. Si el gas metano y el óxido nitroso que emiten las vacas en forma de flatulencias son una de las principales causas del calentamiento del planeta, las granjas industriales provocan otro grave problema: el estiércol. Se produce en tal cantidad que termina filtrando las aguas locales y contaminando lagos, ríos y mares, lo que a su vez favorece una proliferación de algas que reduce los niveles de oxígeno y provoca la muerte de peces, bivalvos y gusanos. Por otra parte, los suelos pierden sus nutrientes y se agotan por el cultivo intensivo de cereales y soja para alimentar a esos animales. En esos grandes páramos desaparecen las aves y toda vida silvestre.

Y mientras todo esto sucede en el planeta y en la salud humana, tras los muros de las granjas transcurren las infernales vidas de los animales. Vacas hacinadas en espacios diminutos, con las patas hundidas en estiércol y orina, con las ubres llenas a reventar hasta el punto de impedirles el movimiento, esperando entre ordeño y ordeño sin nada que hacer, solo produciendo leche y sobreviviendo dos o tres años hasta ser conducidas a un matadero donde las cámaras ocultas han mostrado que a los animales los patean, les pegan, los queman con cigarrillos y hasta les cortan al llegar los tendones de las patas con el fin de controlarlos mejor. Para hacerse una idea del trato que se les dispensa baste saber que en los mataderos de Reino Unido no se paga por horas a los trabajadores sino por "unidad matada". Esas "unidades" son, por ejemplo, cada uno de los 3 millones de animales vivos que son transportados cada año desde la UE a mataderos de Turquía, Oriente Próximo y el norte de África. Un holocausto de 8.600 animales que viajan cada día en camiones sobrecargados, sin ventilación ni provisión de agua suficiente, y que llegan estresados, heridos, exhaustos y deshidratados a una muerte que será su liberación.

"Las granjas industriales son inherentemente crueles", afirma Lymbery. "Se les suele tratar como si fueran solo másquinas antes de matarlos. Pero son criaturas sintientes que sufren dolor y miedo". Las gallinas son programadas mediante cruce selectivo para poner alrededor de 300 huevos al año, mientras pasan sus vidas en una jaulas tan pequeñas como un folio DIN A4, donde ni siquiera pueden abrir las alas y sobre un suelo de alambre que destroza sus patas. Los pollos son engordados hasta que sucumben bajo el peso de sus cuerpos deformados. Las cerdas son encerradas en unas jaulas de gestación donde no pueden siquiera darse la vuelta. Los 100.000 millones de peces que se crían cada año en piscifactorías de todo el mundo viven hacinados en jaulas y mallas: cada salmóin dispone para nadar del espacio equivalente a una bañera; las truchas, aún menos. "Miles de millones de animales están sufriendo día a día debido a las granjas industriales", denuncia Lymbery.

Frente a las condiciones en las que se produce ese sufrimiento, Philip Lymbery y Compassion in World Farming proponen como guía para todo aquel que tenga a su cargo el cuidado de animales el respeto a 'las cinco libertades' que se formularon en Reino Unido en la década de los 60 y que constituyen el marco en el trabajan las organizaciones que promueve el bienestar animal: 1. Estar libres de hambre y sed (con acceso a agua fresca y una dieta saludable); 2. Estar libres de incomodidad (un entorno que incluya cobijo y una zona acogedora de descanso); 3. Estar libres de dolor, lesiones y enfermedades (mediante la prevención, el diagnóstico rápido y el tratamiento veterinario); 4. Ser libres de expresar un comportamiento normal (proporcionándoles espacio suficiente, instalaciones adecuadas y la compañía de animales de la misma especie); 5. Estar libres de miedo y angustia (asegurando condiciones y cuidados que eviten el sufrimiento físico y mental).

Desde una perspectiva antiespecista, estas medidas no son suficientes, pues perpetúan la consideranción de los animales como recursos al servicio humano. Pero lo cierto es que evitarían mucho sufrimiento a muchos individuos en el camino de la abolición de la explotación especista. Si, además, el negocio deja de ser rentable para los productores de carne, si los beneficios no son tan elevados a causa de la obligación de implantar ciertas medidas, muchos productores abandonarán y muchos serán los millones de animales que, en mayor o menor medida, se verán beneficiados. Por eso los ganaderos son los principales enemigos del bienestarismo. Merece la pena pensar en ello.

En cualquier caso, La carne que comemos es un libro que resulta de gran interés a quienes hemos llegado a un veganismo ético, por cuanto aporta muy valiosos datos. Pero, sobre todo, es un libro para todas aquellas personas que siguen consumiento carne, embutidos, huevos o productos lácteos sin tener toda la información necesaria para saber qué están comiendo, de dónde procede, qué rastro ha dejado en su proceso y qué efectos tiene en su salud. Lymbery les ofrece toda esa información. Y, con ella, la posibilidad también de ser más compasivos.

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