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A John Carlin

Dos grandes simios se ponen de acuerdo

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La lectura de  este artículo de John Carlin me ha provocado verdadero vértigo, es como mirar hacia un abismo de irracionalidad, el vacío de un cerebro donde las neuronas han sido sustituidas por el contenido de los testículos. Apenas doy crédito. Sus argumentos son los propios de cualquier macho alfa de una manada de simios: los malos son los malos y Carlin, si le dejaran, acababa con ellos en veinte minutos, de no ser por los “idealistas de izquierdas”, “tontos útiles” en fin, esa gente con un “antiimperialismo pavloviano”, que no se da cuenta de “hay que tomar partido. No es hora de seguir bañándose en las aguas tibias del buenismo”. El gran simio Carlin tiene la solución: mano dura y dejarse de una vez de tantos melindres.

En algún punto de su inmundo artículo intenta imitar el raciocinio humano, apelando a un arsenal de melodrama de serie B. T odo está justificado porque el malo: “ decapita a infieles, lanza a homosexuales desde altos edificios, apedrea a mujeres supuestamente adúlteras y viola, esclaviza o prostituye a niñas de 13 años”. ¿Supuestamente adúlteras? Parece un adverbio delator. ¿Qué querrá decir Carlin? ¿Acaso que, de ser probadamente adúlteras, bien  merecida se tendrían la lapidación? Es curioso también que el homosexual en cambio, en el ejemplo de Carlin, no es supuesto y, en su infinita maldad, le tiran "desde altos edificios", en lugar de hacerlo desde edificos bajos, como mucho de un piso, que es lo que se suele hacer. En cuanto a las criaturas de 13 años, dejémoslas en paz, que bastante les adjudica ya Carlin, aunque echo de menos, dado que las tres cosas no son incompatibles, el "y/o" al que tan aficionados son los analistas políticos.

Imposible no citar el último párrafo de su lamentable artículo: “cuando aparezca el yihadista con un Kaláshnikov en un bar o un teatro o un supermercado y empiece a liquidar a gente uno por uno, no preguntará si su siguiente víctima es de izquierdas o de derechas, progresista o neoliberal, imperialista o antiimperialista. Matará, como una peste, sin prejuicio y sin piedad”. Genial, un razonamiento testicular digno de un legionario ebrio de carajillos de coñac, fiel al lema de Millán Astray: ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!

Fumando, le ha faltado añadir: el yihadista entrará en el bar (o teatro o supermercado) fumando como un bellaco. Seguro.

Entre otras cosas, querría preguntarle al señor Carlin: ¿de dónde habrán sacado los malos de la película esas armas con las que nos van a hacer pedazos? ¿Quizá del no tan modesto arsenal con cuya venta España  ganó más de tres mil millones de euros el año pasado? Porque sin duda Carlin sabe que le vendemos armas a países tan bondadosos como Arabía Saudí, Turquía o Egipto. Tampoco ignora que, desde 2004, la venta de armas en España se ha multipicado por diez. Ni que en 2013 “más de un tercio de las exportaciones españolas de armas se han realizado a países de Oriente Próximo y, especialmente, a países del Golfo Pérsico”. En 2014 le vendimos armas a países como Bahrein, Omán, Libia, Qatar, Marruecos o Kuwait.

Querría preguntárselo, pero no me atrevo.

Imagino que lo único que conseguiría sería que Carlin y el yihadista se pusieran de acuerdo: ¿a quíen le importa eso? Me dirían que me dejara de mariconadas, aclarándome que mi problema es que no tengo los huevos que a ellos les sobrán. ¿Qué tendrá que ver, qué importancia tiene eso, si esto es muy simple: hay malos y buenos, y punto? Seguro que eso los dos lo tienen claro: no hace falta llevar a cabo ningún análisis: basta con disparar.

Imagino que, tras golpearse Carlin el pecho como un orangután, conseguiría el acuerdo del yihadista expresado mediante gruñidos e idénticos puñetazos en la caja torácica, y los dos se lanzarían contra mí, por tonto útil y tibio, y por mi ya mencionada escasez de gónadas, que es lo único que ellos necesitan para analizar cualquier situación.

En el fondo, están de acuerdo en todo. La misma ciega y ardiente fe obtusa en la violencia hermana a Carlin y a su yihadista de guardarropía.

Por cierto, a nadie sorprenderá que este rudimentario aullido de gran simio se publique en El País. Qué poca vergüenza.

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