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Análisis

Artur Mas, El Gran Houdini

El president de la Generalitat inicia una nueva mutación política hacia una figura presidencialista de corte republicano, por encima de siglas, partidos e ideologías

 

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Artur Mas, a punto de votar el pasado 9-N. /ENRIC CATALÀ

Artur Mas, a punto de votar el pasado 9-N. /ENRIC CATALÀ

David ha ganado la batalla a Goliat y la astucia ha capeado la ley forzando al límite las costuras de la Constitución. Así fue anunciado en su día y así ha sucedido finalmente. Artur Mas no iba de farol y ha ganado con creces la gran batalla política del 9-N, tanto en el frente de Madrid como en la propia casilla de salida del maratón soberanista lanzado en 2012.

Contra todo pronóstico, el líder de CDC ha protagonizado su enésima resurrección política a caballo de una consulta de alto riesgo, atípica y hasta folklórica en muchos aspectos, pero de un valor mucho más que simbólico. Casi todo está por hacer y casi nada invita al optimismo, a la vista de la bronca reacción de cualificados dirigentes del PP y el mutismo o los mensajes de desdén llegados de la Moncloa en las primeras horas. Lo que parecía ficción ha desbordado la realidad.

Nueva investidura

El presidente de la Generalitat ha sido investido de nuevo a las urnas de forma indirecta como el líder más capacitado y curtido para conducir el proceso hasta las últimas consecuencias, ya sea la secesión o un virtual nuevo estatus bilateral en un renovado marco constitucional español.

La relevante movilización popular (2,3 millones de votantes sobre un total de 5,4 millones de electores,) y la nítida visualización del sufragio independentista (1,8 millones de votos, el 80,7%) no predicen el futuro en absoluto, pero avalan el pleito político planteado por la Generalitat con el apoyo de todas las fuerzas soberanistas y el protagonismo crucial de la Asamblea Nacional Catalana. La ANC, cuyos miembros han sido saludados por el propio Artur Mas como un auténtico "ejército", comparte con este la victoria del 9-N.

La tenacidad y habilidad de Artur Mas, consagrado ya como un auténtico Houdini de la política, la ha llevado a liberarse de las cadenas de ERC en el momento más crítico de su mandato. Acosado por los sondeos favorables a Oriol Junqueras y la tremenda losa del asunto Pujol, el presidente ha puesto en marcha en plena noche electoral una nueva mutación hacia una figura presidencial de corte republicano, por encima de siglas, partidos e ideologías. La maquinaria para la gran transubstanciación de CDC ya está sin duda en pleno funcionamiento.

Las matizaciones de Mas sobre los grandes objetivos que se avecinan a partir de ahora ("no necesariamente la independencia"), así como sus referencias sobre la consideración hacia las minorías y, por supuesto, su apuesta por la vía dialogada como medio de acción política, avalan este enfoque. El propio President ha anunciado que en los próximos días revelará los nuevos Evangelios.

Margen de maniobra

A fecha de hoy, Artur Mas cuenta con un mayor margen de maniobra para intentar agotar la legislatura y esperar a las nuevas Cortes españolas, o bien lanzarse de nuevo a la aventura de las elecciones anticipadas con el peso de su autoridad y carisma plenamente renovados en las urnas.

Todo ello dependerá en buena parte de Mariano Rajoy, el impávido inquilino de la Moncloa, que parece definitivamente petrificado por las "astucias, atajos y añagazas" de Mas. A pocos meses de elecciones municipales y a un año vista de las generales, Rajoy se enfrenta al escenario más crítico de su mandato. Justo cuando confiaba en los efectos taumatúrgicos de la más que vacilante recuperación económica.

Catalunya ya encabeza la agenda de riesgos de este escenario. Rajoy haría muy bien aceptando abiertamente la interlocución con Artur Mas, que es la menos mala de las papeletas que tiene en Catalunya, donde por otra parte le sobra desde hace tiempo el tono, el gesto, la coreografía y el lenguaje de Alicia Sánchez Camacho. Pero es posible que en el PP ya no queden recambios, tal es la devastación producida por los escándalos de corrupción.

La división interna

Más allá de las especulaciones políticas, la votación del 9-N escenifica en términos cuantitativos la división interna de la ciudadanía de Catalunya, a falta de una consulta o referéndum formal que aclare definitivamente la ecuación planteada.

La causa secesionista ha ganado rotundamente en forma y fondo la doble batalla de las ideas y la imagen, frente a una mayoría social paralizada por el inmovilismo y el discurso retrógrado que ha secuestrado la letra y el espíritu del moderno constitucionalismo federal español y hasta la misma idea de España.

Quizás en Catalunya manda Houdini, pero en España hay que buscar con urgencia un Pierre Trudeau para recuperar el habla y las ideas adecuadas a los grandes desafíos de la historia. Si nadie se pone en ello, Podemos llenará pronto este descomunal vacío.

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