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Costa da Morte, la naturaleza en su versión más viva

El hórreo de Carnota, uno de los más largos de Galicia con sus 34 metros, es una de las estampas de la Costa da Morte / N. R.

En el fin de la tierra, la lluvia no tiene piedad de los peregrinos. Traspasa la densa capa de niebla que lo cubre todo y cae como si no hubiera un mañana. Es fina, pero intensa. Y posee una inesperada capacidad de calar hasta los huesos. Casi a tientas, los caminantes buscan el refugio del faro. Y cuando el agua da una tregua, emergen para dar unos cuantos pasos más y situarse sobre la última piedra habitable del Cabo de Fisterra.

Noventa kilómetros después de besar al Apostol Santiago, con muchísimos kilómetros más en sus pies, los penitentes pisan el antiguo fin del mundo. Y aunque el tiempo no acompaña, las sonrisas se multiplican mientras la instantánea trata de abarcar el infinito.  

La bruma, cegadora, convierte el intento en creíble. No hace falta cerrar los ojos para, como los romanos, pensar que uno se encuentra en la punta de tierra más occidental del orbe. Aunque no sea verdad, el escenario invita a fantasear. El Atlántico, no demasiado bravo, se pierde en el horizonte. Varias columnas de humo blanco se confunden con la calima. Salen de las hogueras de zapatos y de ropa que alguien encendió. Y las cruces, de madera y de piedra, santifican el lugar.

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Aquellos maravillosos pueblos a los que sólo se puede ir en temporada baja

Fuera de temporada, el turismo se disfruta el doble, esto es una verdad prácticamente matemática, pero por desgracia la mayoría de los mortales nos tenemos que resignar a colgarnos la cámara de fotos al mismo tiempo. Casi siempre esta circunstancia es un inconveniente soportable, pero hay desgraciadas excepciones, localidades donde la elevadísima densidad de turista por metro cuadrado convierte un lugar excepcional en un infierno donde querrías no haber metido nunca las pezuñas. Cada país receptor de turismo tiene los suyos, pero en Europa sobresalen tres destinos que se deben visitar obligatoriamente en temporada baja si no se quieren perder los nervios en el intento.

Mont Saint-Michel

Debe de ser uno de los rincones más bellos de Francia, y a la vez uno de los lugares más agobiantes bajo la capa del sol si se comete la temeridad de ir en verano. Una antigua abadía situada sobre un promontorio rocoso en las costas de la Baja Normandía, cerca de Bretaña, donde dicen que cada año acuden más de tres millones de turistas. Con la marea baja se llega en coche, pero a partir de una determinada hora hay que largarse para no quedar engullido por el Atlántico. De lejos, la postal es preciosa, en la cima de la colina las vistas son increíbles, el flujo oceánico es un fenómeno natural digno de ser contemplado, y todo el envoltorio arquitectónico transporta al visitante a los tiempos del poder feudal.

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Bilbao, capital de la arquitectura con firma

El Guggenheim y la Torre Iberdrola contemplados desde la ría de Bilbao.

"Bilbao, a un metro de la playa", asegura la revista que sostengo en mis manos. "¿Bilbao tiene playa?", me pregunto cuestionando las lecciones de geografía de la escuela o, más bien, la memoria que guardo de ellas. Hasta donde yo recuerdo, Bilbao siempre tuvo ría… ¿Pero mar?

"Desde que se inauguró el metro, puede decirse que Bilbao tiene playa", prosigue la publicación. Sonrío aliviada: ¡ni mi geografía ni mi memoria son tan malas!. Getxo, Algorta, Sopelana son hoy la playa de la capital vizcaína y, aunque en mi maleta no hay ningún bikini, la visita me parece casi tan obligada como la del imponente Guggenheim.

Para Bilbao, hay un antes y un después de la inauguración del museo diseñado por Frank Gehry. Desde que el multipremiado arquitecto canadiense entregó la obra en octubre de 1997, su continente y su contenido, llamativos por igual, atraen a un millón de visitantes al año, la mejor muestra de la creciente proyección internacional de la ciudad.

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Bergen, el campamento base de los fiordos

Una ruta en barco por un fiordo.

Si tiene usted Noruega en la lista de países pendientes y está pensando en ponerle remedio, comience por Bergen, la segunda ciudad en población. No es que Olso, la capital, no sea una ciudad atractiva y digna de visita, que lo es, sino que Noruega es, por encima de todo, naturaleza y paisaje, y la costa atlántica es donde la imponente belleza de este país nórdico explosiona con más espectacularidad. Dice la propaganda oficial que Bergen es la puerta de entrada a los fiordos noruegos, y por una vez la propaganda oficial no miente ni exagera, ya que Bergen es sin duda el campamento base de cualquier incursión a los fiordos, uno de esos maravillosos caprichos de la geografía que hay que saborear lentamente.

Después del Mediterráneo, el Mar del Norte es el segundo destino de cruceros de Europa, y esto no es porque sí. Aquí tenemos el clima y tenemos la historia, la cultura y el arte. El Mediterráneo atrae porque es la cuna de la civilización occidental. Allí, en cambio, tienen el paisaje, sereno y majestuoso, que conforman los miles de kilómetros de costa escarpada por el efecto de la glaciación. La prestigiosa revista National Geographic situó los fiordos en el primer lugar del ranking mundial de destinos turísticos naturales mejor conservados. Y Bergen es, efectivamente, su puerta de entrada, como Barcelona lo es de la mayor parte de rutas mediterráneas.

Excursiones para todos los gustos

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Berlín, la ciudad de las mil caras

CheckPoint Charlie, el punto de control más conocido para pasar de Berlín Oeste al Berlín Este / H.d C.

Quien no haya estado nunca en Berlín, no encontrará ningún problema al desplazarse por su enorme extensión gracias a una red de metro tan eficaz como gigantesca. Lo primero que sorprende al bajar al subsuelo berlinés es la falta de controles en las estaciones. Cualquiera puede acceder libremente a las vías sin tener que pasar por ningún tipo de torno.

Eso sí, la picaresca mediterránea puede salir cara, porque si algo no falta son revisores : en el espacio de una semana, nos los encontramos hasta en tres ocasiones diferentes, y en dos de ellas iban de incógnito ...

Otro medio muy agradecido para desplazarse por la ciudad son las bicicletas. Debido a la planicie de la ciudad, este vehículo resulta ideal para recorrer los diferentes barrios, si el tiempo acompaña.

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Croacia, el pedazo de tierra que 'Juego de Tronos' le 'robó' a Dios

Vista panorámica de Dubrovnik, al abandonar el puerto viejo de la ciudad / N. R.

Una vieja leyenda croata cuenta que, cuando Dios se dispuso a repartir la Tierra entre sus pobladores, se olvidó de los croatas. Craso error el del Creador que, para compensarlos y no parecer un agarrado, decidió cederles el trozo del planeta que se había reservado para él…

Que luego vinieran los personajes de Juegos de Tronos y se apoderaran de él, ya es otra historia... Fuera de las pantallas, y según la tradición popular, fue así como estos eslavos del sur se asentaron en esta parte de los Balcanes, encajonados entre Eslovenia y Bosnia-Herzegovina, pero con el fabuloso mar Adriático a sus pies.

Hacia sus cautivadoras aguas verde-azuladas corren la mayoría en verano, cuando las temperaturas se elevan por encima de los 30 grados y visitantes de todo el mundo toman Dubrovnik, Split, Zadar y las numerosas islitas que se alinean frente a la costa adriática.

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Francia sí es país para niños

Futuroscope

En Francia es imposible equivocarse de destino. En el país de Cézanne y Proust no debe haber un solo rincón sin un buen puñado de pueblos preciosos, de aire medieval y con las calles empedradas y las casas exquisitamente arregladas; presididos por un castillo o una iglesia perfectamente conservados; con una gastronomía local, especialmente vino y queso, para degustar de rodillas; y rodeados de un paisaje bucólico y delicioso. Viajar por Francia es un auténtico placer, si se es un adulto, ya que vayas donde vayas aciertas. Pero el antiguo país de Depardieu también ofrece oportunidades extraordinarias para combinar los gustos de los mayores con los de los pequeños.

La reserva de Sigean

Si es usted de Barcelona y alrededores, seguramente la habrá visto anunciada en alguna valla publicitaria; éstas, sin embargo, no llegan a transmitir la inmensidad con la que se encuentra el visitante. La reserva africana de Sigean, al norte de Perpiñán y sur de Narbona, es, efectivamente, lo más parecido a realizar un safari fotográfico por África sin moverse de Europa. Un paraje que sorprende por su extensión y (en verano) similitud con la sabana, y en el que viven y conviven en semi-libertad un montón de especies animales, en especial grandes mamíferos, que sólo en pocos casos se encuentran en estancias individuales al estilo zoológico. Una parte del recorrido se hace a pie y otro en coche, en circuitos bien diseñados para mantener esa sensación de aventura sin importunar excesivamente la rutina de las bestias, obviamente acostumbradas a la curiosidad humana.

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Trindade y Paraty, entre el Brasil salvaje y el colonial

El pueblo de Trindade enlaza una playa tras otra. La Do Medio, en la imagen, es uno de las más concurridas / N. R.

En el estado de Rio de Janeiro, en Brasil, existe un pequeño lugar donde el mar ronronea como los gatos, las luciérnagas compiten con las hogueras para iluminar las noches de playa y el cielo se puebla de tantas estrellas cuando el sol se esconde que identificar las constelaciones resulta hasta posible. El paraíso, a unos 250 kilómetros de la cautivadora ciudad de las siete colinas, se conoce como Trindade y exhibe algunas de las salvajes playas que la más conocida, turística y colonial villa de Paraty publicita como propias.  

No se extrañe, pues, si, perdido entre el damero de calles empedradas que componen el centro de Paraty, se dirige hacia el mar en busca de la playa del Cachadaço que vio en la postal y no la encuentra. No se empeñe, no la encontrará. Se halla a unos 20 kilómetros de esa reminiscencia de Portugal que, en el periodo colonial, albergó el puerto exportador de oro más importante de Brasil.

En contrapartida, puede que en alguno de sus múltiples restaurantes o de sus coquetas y turísticas tiendas, se tope con Juan Villoro, Jorge Edwards o Graciela Mochkofsky, algunos de los escritores que, durante este primer fin de semana de agosto, participarán de la Flip, la Fiesta Literaria Internacional de Paraty, una de las más importantes del país y de toda Sudamérica.

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Cracovia, tres (patrimonios de la humanidad) en uno (viaje)

La Rynek Glowny, con el edificio del mercado en el centro y la torre del antiguo ayuntamiento al fondo / Foto: Ana Paula Hirama

¿Tienes sólo unos días de vacaciones y no te quieres equivocar? No lo dudes: elige Crackòvia. Debe haber muy pocos destinos en este mundo donde un viaje de corta duración puede incluir la visita a tres lugares que tienen la consideración de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: el centro histórico de Cracovia, el campo de exterminio de Auschwitz y las minas de sal de Wieliczka. Para la ciudad hacen falta tres días mínimo, para Auschwitz y para Wieliczka (que se encuentran más o menos a una hora en coche de la ciudad, pero en lados opuestos), uno cada uno. Y si tienes más días y puedes hacer más ruta, los pueblos y paisajes de la región de Malapolska (la pequeña Polonia, donde se encuentra la ciudad) te dejarán boquiabierto.

El centro histórico
Cracovia es una ciudad ideal para patearla, gracias a un casco histórico muy grande y peatonalizado, y una segunda corona de centros de interés a los que se puede acceder fácilmente en un corto trayecto de autobús. El punto de partida de cualquier ruta es la medieval y preciosa plaza del Mercado (Rynek Glowny), que es en Cracovia lo que la plaza de San Marcos en Venecia: espectacular, monumental y el lugar donde hagas lo que hagas siempre acabas yendo a parar. Atrae como un imán. Es la plaza más grande del país y una de las más grandes de Europa, y está rodeada de edificios históricos, la mayor parte civiles, como el antiguo mercado alargado que se extiende en el medio. Comercios, bares y restaurantes garantizan que el corazón de Cracovia está lleno de vida todo el año, incluso durante los meses de invierno.

A la salida del centro histórico se alza una colina donde se levantan el castillo y la catedral de Wawel, testigos de los más de cinco siglos que Cracovia alojó la corte real y ejerció de capital del país. Segunda visita obligada. Lo más típico es subir a la torre de la catedral para ver la campana de Segismundo, una de las más grandes jamás construidas (11 toneladas, hacen falta ocho hombres para hacerla sonar).

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Israel, Jordania, El Sinaí: una maravilla tras otra

Explanada de las Mezquitas y el Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén / Foto: Gloria Ayuso

Fue ya hace tres años, pero lo recuerdo, junto con el de Guatemala, como uno de mis mejores viajes. Por eso mismo creo que merece mucho la pena contarlo.

El secreto es que en un mismo viaje de tan sólo tres semanas, incluso de dos si se anda apurado de tiempo, pueden experimentarse grandísimas sensaciones: la de trasladarse 500 años atrás en el tiempo contemplando cómo musulmanes y hebreos practicantes viven en la Ciudad Vieja de Jerusalén; acercarse al conflicto entre israelíes y palestinos, en lucha por una tierra completamente árida; vivir el ambiente relajado y la amabilidad del pueblo jordano; impresionarse con la espectacularidad de las ruinas de Petra; permanecer dos días en el desierto de Lawrence de Arabia, y acabar sumergiéndote entre la gran variedad de coloridos y vistosos peces en uno de los grandes yacimientos de coral del mundo, en el Mar Rojo de El Sinaí. Todo queda cerca y es la combinación perfecta.

Llegamos desde Barcelona a Tel Aviv a mediados de julio. Desde esta gran metrópoli, que no tiene nada que envidiar a cualquier otra de las grandes ciudades occidentales, nos dirigimos directamente a nuestro primer gran destino, a tan sólo unos 60 kilómetros: Jerusalén.

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