eldiario.es

Menú

Una hora con el gorila Aygasha

El gorila Aygasha. (Foto: David Dusster)

El único aviso fue un repentino temblor de hojas. Y, sin tiempo a reaccionar, tras una sacudida entre los arbustos, allí se plantó el gorila, a escasos cinco metros, una hembra que seguía cuesta abajo el rastro juguetón de su cría, sin miedo, sin agresividad, sin darle la más mínima importancia a los intrusos humanos. Instantes después fueron surgiendo, uno tras otro, como duendes tropicales que hubieran estado ocultándose adrede, más gorilas. Salieron con ímpetu, en desorden, raudos, y esquivando a las ocho personas que habíamos ido a buscarlos. Hasta que, al cabo de un rato, Aygasha, el macho alfa, el gorila de lomo plateado que controla una de las familias gorilas de montaña más numerosas del Parque Nacional de los Volcanes de Ruanda, apareció cerrando el grupo, se irguió, husmeó y, con su silencio, aceptó nuestra presencia.

Cuando descienden por una ladera, los gorilas son graciosos. Aprovechan su cuerpo robusto, peludo y flexible para doblar los arbustos como si fueran lianas y propulsarse para ir avanzando. Parecen inmunes a los rasguños y golpes que los humanos tememos en la selva. Y se preocupan únicamente de comer y de descansar, y, los más pequeños, de jugar. Mientras una madre da buena cuenta de unas cañas de bambú, uno de los alimentos favoritos de los gorilas de montaña, que tienen una dieta vegetariana, dos crías se entretienen en lo alto de un arbusto tapándose la cara con sus manos de color ceniza y haciendo muecas hasta que súbitamente huyen como alma que lleva el diablo.

Definitivamente, por mucho que el contacto esté preparado por los rastreadores y guardas del parque, el encuentro con los gorilas de montaña es una de las grandes experiencias que todavía se pueden vivir en la naturaleza salvaje. Y a diferencia de ver tigres o leones, carnívoros con los que hay que poner un vehículo de por medio para tener protección, o de avistar ballenas, dueñas de los mares, con los gorilas se comparte el terreno. Aygasha escruta al humano con su mirada, sentado en una postura bonachona, incluso se diría que a veces posando frente a las cámaras fotográficas, acercándose o alejándose tanto como quiere, pero a la vez estableciendo una barrera clara: es el último de la comitiva y nadie puede franquear su posición para acercarse a su familia.

Seguir leyendo »

"Muzungu in the mist!"

Runas de cabañas a los pies del Bisoke, antes de que la niebla esconda el paisaje. (Foto: David Dusster)

El día amaneció despejado pero cuando me asomé a la cima del monte Bisoke la niebla había espesado el panorama. Debajo había, se supone, un magnífico lago natural atrapado dentro del cráter, y enfrente, la República Democrática del Congo. En realidad no se vía nada a dos metros a la redonda. Estábamos a poco más de 3.700 metros de altura, al final de una empinada ascensión de más de tres horas por los ribazos que habitan los gorilas de montaña, y Alphonse, mi guía, repitió un comentario que ya me había soltado un par de veces mientras penaba pendiente arriba, riéndose a carcajadas: “¡‘Muzungu’ in the mist”. Un “blanco” en la niebla, sin recompensa de una de las mejores vistas posibles del Parque Nacional de los Volcanes en Ruanda.

Muzungu es un término que los ruandeses han tomado prestado del swahili y que brota espontáneamente, y a menudo sonoramente, de los niños de la zona de los grandes lagos africanos en cuanto ven a un blanco. Alphonse es el guía oficial que los gestores del parque asignan obligatoriamente para cualquier actividad que se quiera hacer dentro de los límites de la reserva. Tuve la suerte que ese día nadie más quería subir al Bisoke, una de las torres de jungla que flanqueaban el campamento de la primatóloga Dian Fossey. Así que tenía un guía personal y enseguida trabamos amistad, labrada durante los descansos o en los raros momentos en los que el esfuerzo no impedía hablar o bromear.

Conforme se gana altura, caminar, al margen de que la forma física sea ideal o no, es una lucha de jadeos estentóreos contra la falta de aire. Ingenuamente, el ritmo que uno se impone es demasiado alto para la escasez de oxígeno, con lo que acaba fatigado al cabo de pocos pasos. El guía iba por delante intentando refrenar los ímpetus y desplegaba un manual de tácticas psicológicas aplicables al turistas. Así, cuando escuchaba que mi respiración se entrecortaba excesivamente, en lugar de girarse y preguntar si estaba cansado, lo que era obvio, se detenía y provocaba una pausa como si fuera él quien tuviera la necesidad de pararse para revelarme algún secreto: “¿Sabes de dónde vienen los nombres del los cinco volcanes?”, me preguntaba. “Ni idea”, contestaba. Y, entonces en la más pura tradición del contador de historias africano, declamando como si tuviera un auditorio delante, me aleccionaba: “Muhabura quiere decir el que se ve desde todos los sitios y, de verdad que se ve desde casi toda Ruanda; Gahinga es la teta de una mujer porque tiene esa forma, igual que el Sabyinyo parece la dentadura de un anciano; el Bisoke es el que está empapado en agua; y el Karisimbi, el más alto, es el que tiene nieve”. Claro e ilustrativo. Descanso de dos minutos. Aliento recuperado.

Seguir leyendo »

La mujer que supo adaptarse al bosque

La tumba de Dian Fossey (Foto: David Dusster).

“Nyiramachabelli”. Ese fue el mote que los ruandeses pusieron a Dian Fossey. Significa “la mujer que supo adaptarse al bosque” y encabeza el epitafio en la tumba de piedras en la que reposa la investigadora estadounidense, en un claro de las montañas de la niebla, junto a los restos de Digit, uno de los gorilas de montaña de los que se había encaprichado y que fue descuartizado por los cazadores furtivos.

El mito de Fossey, forjado a finales de los años ochenta, cuando fue asesinada en su humilde guarida en la selva y su aventurera vida fue interpretada en el cine por Sigourney Weaver, empieza a perderse en la memoria. Y la popularidad menguante se nota en el descenso de turistas que deciden caminar las casi tres horas de sendero por la jungla de bambú que lleva hasta su antiguo campamento. Apenas 700 personas al año solicitan permiso, y pagan la tasa correspondiente, al Parque Nacional de los Volcanes, para poderse acercar al antiguo Centro de Investigación Karisoke, donde la primatóloga de vocación forjó una de las campañas más exitosas de defensa de una especie en peligro de extinción.

Fossey instaló su cuartel general a más de tres mil metros de altura, en un collado que separa a los montes Karisimbi y Bisoke, dos de los cinco volcanes de la cordillera de los Virunga sobre la que se trazó las fronteras entre Ruanda, el Congo y Uganda. De ahí Karisoke, el nombre de la estación científica, que originalmente solo era un modesto albergue que servía de base para realizar un censo de gorilas. Dian Fossey se acomodó en unos terrenos ancestrales que eran usados por las tribus locales como campos de caza y de recolección, lo cual le granjeó los primeros encontronazos con los lugareños y desde allí no solo contó a esos primates endémicos del África Central sino que aprendió a relacionarse e interactuar con ellos, una actitud pionera entre los científicos que le valió una portada en el National Geographic, por aquel entonces una de las pocas revistas capaces de crear fenómenos mediáticos mundiales.

Seguir leyendo »

"¡Bienvenidos a Ruanda! ¡Dejen las bolsas de plástico en el avión!"

Veinte años después, Rwanda lucha todavía para enterrar el recuerdo del genocidio atroz. (Foto: David Dusster)

Los años y los viajes acostumbran a formalidades insospechadas en las aduanas, pero las arbitrariedades siempre acaban sorprendiendo. En el pequeño y monárquicamente atormentado archipiélago de Tonga, por ejemplo, inquieren sobre si se tiene la intención de introducir material pernicioso, sin especificar qué es lo nocivo y lo que no, lo cual da manga ancha a los oficiales para interpretar a su albedrío. Pero, pese a experiencias pasadas chocantes, la prohibición al llegar a Ruanda fue insólita: las bolsas de plástico quedan requisadas. Ruanda, pequeño país en el corazón de África que todavía, casi 20 años después, lucha por enterrar la imagen de un genocidio atroz, intenta imponer valores como el ecologismo. Por eso, antes de que el visitante se tope con la cruda realidad en la aduana, el sobrecargo del avión que acaba de aterrizar en Kigali, nos informa amablemente por los altavoces: "Dejen las bolsas de plástico en el avión".

Gracias al aviso en la cabina, al menos los habituales del duty free tuvieron tiempo de recolocar sus compras en las maletas. Tal vez porque nadie acarreaba ya plástico a la vista, no hubo controles de equipaje en la terminal de llegadas. Terminal es ser generoso, más bien era una salita: Kigali tiene uno de esos aeropuertos en los que los pasajeros van caminando del avión a las dependencias por la pista. Salvados los trámites fronterizos con rapidez y mucha eficacia –luego la gente se queja de África, pero entrar en Estados Unidos, por ejemplo, es mucho más martirio-, bastó con un recorrido por las calles de Kigali, limpias y libres de bolsas y papeles en las aceras, para darse cuenta de esas excelentes rarezas ruandesas: una obsesión por la limpieza y un orden y sosiego inauditos en el contiente. Y, por supuesto, cualquier compra se entrega en una bolsa de papel marrón reciclado, como las que se ven en las películas y series americanas.

Unos pocos vendedores ambulantes recalcitrantes empeñados en endosarte desde una memoria USB a una postal de gorilas recuerdan, de vez en cuando, que África es un continente de barullo urbano. Kigali es una capital de calles serpeteantes, subidas extenuantes y horizontes de colinas moteadas por techos de hojalata, que mezcla el exotismo de África con la tranquilidad y la asepsia de Suiza. Algunos la llaman, con cierta mala intención, la Singapur de África. Porque es una nación chiquita, algo más pequeña que la comunidad autónoma de Galicia, rodeada por gigantes territoriales africanos como la República Democrática del Congo, Tanzania o Kenia. Porque su crecimiento económico en el último lustro ha sido de un 8% anual, algo digno de dragones asiáticos en estos tiempos de crisis, y por las tendencias autoritarias de su presidente, Paul Kagame, uno de esos líderes austeros e intelectuales que sanciona con firmeza cualquier regla o norma que le parece apropiada para sus ciudadanos. Kagame tiene visiones bondadosas de cómo debe ser un país próspero y en armonía, pero las manda ejecutar a la fuerza.

Seguir leyendo »