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Corfú, un 'odiseico' periplo por la diversidad natural griega

La antigua Fortaleza Veneciana de Corfú es una isla artificial dentro de la isla.

Por mar, como Ulises en su ‘odiseico’ periplo, llegamos a Corfú, ansiosos de peripecias. Sabemos que en el puerto no nos espera Nausícaa. Y que de los feacios quedan apenas algunos rastros. Pero la más norteña de las Islas Jónicas sigue siendo un fantástico lugar para dejar volar la imaginación y pensar, por ejemplo, que esos marineritos vestidos de blanco y azul que pululan por la zona más agitada del viejo puerto capitalino tampoco difieren tanto de los hombres que navegaban a las órdenes de Alcínoo, cuando el heroico padre de Nausícaa reinaba en la isla.

Sirven al imperio que hoy día rige el mundo y disfrutan de un bastante plácido periodo de formación en una de las islas griegas más diversas. Sorprende que ellos, los hollywoodienses marines, sean una de las primeras imágenes que uno observa al arribar al lugar. No hablan una palabra de griego. Y se mezclan con autóctonos y turistas a su manera: música, alcohol y sexo.

Superada esa primera impresión, no demasiado atrayente, y franqueada la primera línea costera, Corfú ofrece historias y lugares homéricos. Basta con dar unos cuantos pasos para plantarse en la mayor ciudad medieval griega: la capital de la isla, que lleva su mismo nombre.

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Cantabria: castellana vieja de rotunda piedra

Claustro de la colegiata románica de Santillana del Mar / C. P.

Encajonada entre dos territorios históricos con una lengua propia y una fuerte personalidad, Cantabria es la prolongación de Castilla hacia el norte. Así me la definió un amigo cántabro cuando le conté mi intención de visitar su tierra. Nunca antes había visto tantos cinturones, cuellos de jerséis y correas de reloj con la bandera española como vi durante el viaje. Quizás, el hecho de estar entre Asturias y Euskadi haya obligado a Cantabria a mostrar su españolidad de forma tan exagerada.

Sólo en los extremos se suaviza y se muestra más permeable a las influencias de sus irreductibles y orgullosos vecinos. Castro-Urdiales se ha convertido en una ciudad dormitorio para los bilbaínos que han buscado vivienda a precios más económicos, mientras que en el otro extremo, en San Vicente de la Barquera, los lugareños hablan ya un castellano con un marcado acento asturiano que hace las delicias del forastero. Entre una punta y otra, hay un mundo lleno de playas paradisíacas y mar bravo con buena pesca, de verdes prados donde pastan las vacas y crecen las begonias. El aire fresco corta la respiración en los escarpados Picos de Europa y el cielo casi duele de tanto azul.

Cantabria es rica y señorial, construida de piedra rotunda. Se ve en los bellos edificios que salpican pueblos costeros como Comillas y en pueblos del interior como Santillana del Mar, Bárcena Mayor, Carmona o Potes; se ve en las calles y en los elegantes paseos marítimos de la regia Santander o de Santoña, cuna de Luis Carrero Blanco, mano derecha del dictador Franco a quien la localidad honra con un monumento. Cantabria es también marinera en San Vicente de la Barquera, campesina y ganadera en el Alto Campoo y el Valle del Cabuérniga, y minera e industrial en Reinosa y Torrelavega. Sin embargo, es inevitable que al final se imponga un cierto olor a rancio abolengo de castellano viejo y con dinero.

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Oviedo, un viaje en el tiempo entre La Regenta y Woody Allen

La iglesia de Santa María del Naranco, en Oviedo / C. P.

Oviedo es una ciudad sorprendente. Situada en el centro geográfico del Principado de Asturias y paso obligado del Camino de Santiago, el antiguo bastión del reino astur de Ramiro y de Pelayo desconcierta al viajero porque, bajo la pátina de provincianismo y reminiscencias franquistas en calles y monumentos, se esconde un espíritu levantisco y rebelde que hechiza con su sidra, sus pucheros de fabes y sus quesos, su rica mitología pagana y su cultura cosmopolita.

A partir de un casco viejo peatonal presidido por la majestuosa Catedral y lleno de palacios señoriales y de calles empedradas, la capital asturiana se extiende por un amplio valle y se encarama a los montes más cercanos hasta besar los pies de las iglesias pre-románicas de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, vestigios de un esplendoroso pasado de guerras contra los árabes y únicas en el mundo por su estilo arquitectónico entre el arte visigótico y el románico.

En Oviedo todo es verdor y todo rezuma humedad. La lluvia acompaña casi siempre, incluso en verano, y en cada rincón de la ciudad las fuentes ofrecen agua clara y fresca al caminante. Con este paisaje montañoso cuesta imaginar que a unos pocos quilómetros hacia el norte el Mar Cantábrico nos espera en sorprendentes playas como la de Gulpiyuri y en pueblos como Cudillero, cuna del plato de pobres a base de pescado seco conocido como curadillo, y Llastres, escenario de la exitosa serie televisiva Doctor Mateo.

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La tapa antigua de Olvera

Vista panorámica del pueblo de Olvera, en la sierra blanca de Cádiz / M. N.

La costa atlántica de Cádiz es, casi, un paraíso en una península cuyo perímetro aparece manchado en todo su recorrido de edificios, paseos marítimos, miradores, chalecitos, 'chaletazos', algarrobicos, rascacielos… A pesar de que muchos piensan que, por fin, el turismo ha encontrado su manera de colonizar la arena de las dunas de Bolonia, de El Palmar o de los Caños de Meca con el rollo chill out, el surf y los gintónics ante enamoradizas puestas de sol, lo cierto es que Conil sigue siendo Conil, como una mancha de nieve en el campo con sus casas encaladas. No es Lloret, no es Benidorm, no es Salou. No. Conil mantiene su ambiente, su duende, su aroma pescador.

Y, encima, esta zona costera tiene un atractivo lejano y, para la mayoría, más desconocido. A pocos kilómetros empieza la sierra. Y unos cuantos más al norte, entramos en los pueblo blancos. Territorio de cochinos y de cabras payoyas. La sierra de Grazalema, el punto donde más llueve al cabo del año en España –sí, ahí abajo, donde tantos creen que solo hay sequía y caló–: "Ahora, ya hasta mayo vamo’ a tené lluvia por aquí", nos advierte, en pleno mes de octubre, el gasolinero de Grazalema, impasible ante las gotas que mojan su cara. Se intuye un no-sé-qué de orgullo en su predicción.

Cualquier parada en la ruta de los pueblos blancos está sobradamente recomendada. Una posibilidad es guiarse por el estómago, un más que fiable programador turístico. Por eso buceamos en la web www.cosasdecome.es, revista gastronómica de la provincia de Cádiz, (pronúnciese con acento en la e: cosasdecomé) y decidimos parar en Olvera.

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Escocia, una tierra esculpida a golpe de viento y agua

Castillo de Dúnnotar, Escocia / C. P.

Que te toque la lotería es como disfrutar de un día soleado en Escocia. Casi un milagro. Por eso, cuando la lluvia te da un respiro y el país del intrépido William Wallace se muestra en todo su esplendor, no hay que perder ni un minuto.

Encrucijada de caminos, escenario de cruentas batallas y de películas de Hollywood, paraíso del whisky y hogar del monstruo del lago Ness, Escocia es un regalo para los sentidos. Tierra dura e inhóspita, esculpida sin piedad por los dioses a golpe de viento y agua, se muestra orgullosa, puritana y desconfiada al extraño. Sin embargo, después de un par de tragos en un pub, el calor del alcohol y el sonido de las gaitas funden su huraña fachada y se muestra tal como es: cordial, generosa y llena de contradicciones.

La vieja dama escocesa tiene dos almas. Es urbana y es rural. Es celta y es británica. Es mar y es montaña. Es cerrada y es abierta. Es el llano y es las tierras altas –Highlands–. Es Edimburgo y es Glasgow.

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Los limoneros de Palermo ya no están, el sentimiento sí

Palazzo Abatellis

Palazzo Abatellis

En Palermo suelo huir de la algarabía del centro urbano y refugiarme en la paz uterina del palacio Abatellis, muestra eminente de gótico civil catalán que el maestro portulano Francesco Abatellis encargó enel siglo XV para su mujer de origen barcelonés, Eleonora Soler, la dulcissima coniuge recordada en la lápida del portal. El estilo deseado por el propietario se inspiró en las mejores casas de su capital, que entonces era Barcelona, a la que debía viajar para resolver los asuntos burocráticos y para comerciar.

Las naves sicilianas exportaban a la metrópoli catalana grano, azúcar, algodón, seda, coral y esclavos. Las naves catalanas llevaban telas y manufacturas de cuero, armas (ballestas, corazas, dagas) y productos agrarios como miel de Tortosa, aceite de Mallorca, arroz de Valencia, pasas de Alicante, arenques de Sevilla...

Aquel palacio Abatellis fue restaurado tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial como Galería Regional Siciliana por el arquitecto Carlo Scarpa. Hoy es uno de los museos más bellos del mundo, por la Annunziata de velo turquesa pintada por Antonello de Messina y el busto de Leonor de Aragón esculpido en alabastro por Luciano Laurana. Salvo esas pocas obras culminantes y el propio edificio, lo demás resulta holgado y prescindible. Por eso rezuma una sensación de comodidad, amplitud y reposo.

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Costa da Morte, la naturaleza en su versión más viva

El hórreo de Carnota, uno de los más largos de Galicia con sus 34 metros, es una de las estampas de la Costa da Morte / N. R.

En el fin de la tierra, la lluvia no tiene piedad de los peregrinos. Traspasa la densa capa de niebla que lo cubre todo y cae como si no hubiera un mañana. Es fina, pero intensa. Y posee una inesperada capacidad de calar hasta los huesos. Casi a tientas, los caminantes buscan el refugio del faro. Y cuando el agua da una tregua, emergen para dar unos cuantos pasos más y situarse sobre la última piedra habitable del Cabo de Fisterra.

Noventa kilómetros después de besar al Apostol Santiago, con muchísimos kilómetros más en sus pies, los penitentes pisan el antiguo fin del mundo. Y aunque el tiempo no acompaña, las sonrisas se multiplican mientras la instantánea trata de abarcar el infinito.  

La bruma, cegadora, convierte el intento en creíble. No hace falta cerrar los ojos para, como los romanos, pensar que uno se encuentra en la punta de tierra más occidental del orbe. Aunque no sea verdad, el escenario invita a fantasear. El Atlántico, no demasiado bravo, se pierde en el horizonte. Varias columnas de humo blanco se confunden con la calima. Salen de las hogueras de zapatos y de ropa que alguien encendió. Y las cruces, de madera y de piedra, santifican el lugar.

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Aquellos maravillosos pueblos a los que sólo se puede ir en temporada baja

Fuera de temporada, el turismo se disfruta el doble, esto es una verdad prácticamente matemática, pero por desgracia la mayoría de los mortales nos tenemos que resignar a colgarnos la cámara de fotos al mismo tiempo. Casi siempre esta circunstancia es un inconveniente soportable, pero hay desgraciadas excepciones, localidades donde la elevadísima densidad de turista por metro cuadrado convierte un lugar excepcional en un infierno donde querrías no haber metido nunca las pezuñas. Cada país receptor de turismo tiene los suyos, pero en Europa sobresalen tres destinos que se deben visitar obligatoriamente en temporada baja si no se quieren perder los nervios en el intento.

Mont Saint-Michel

Debe de ser uno de los rincones más bellos de Francia, y a la vez uno de los lugares más agobiantes bajo la capa del sol si se comete la temeridad de ir en verano. Una antigua abadía situada sobre un promontorio rocoso en las costas de la Baja Normandía, cerca de Bretaña, donde dicen que cada año acuden más de tres millones de turistas. Con la marea baja se llega en coche, pero a partir de una determinada hora hay que largarse para no quedar engullido por el Atlántico. De lejos, la postal es preciosa, en la cima de la colina las vistas son increíbles, el flujo oceánico es un fenómeno natural digno de ser contemplado, y todo el envoltorio arquitectónico transporta al visitante a los tiempos del poder feudal.

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Bilbao, capital de la arquitectura con firma

El Guggenheim y la Torre Iberdrola contemplados desde la ría de Bilbao.

"Bilbao, a un metro de la playa", asegura la revista que sostengo en mis manos. "¿Bilbao tiene playa?", me pregunto cuestionando las lecciones de geografía de la escuela o, más bien, la memoria que guardo de ellas. Hasta donde yo recuerdo, Bilbao siempre tuvo ría… ¿Pero mar?

"Desde que se inauguró el metro, puede decirse que Bilbao tiene playa", prosigue la publicación. Sonrío aliviada: ¡ni mi geografía ni mi memoria son tan malas!. Getxo, Algorta, Sopelana son hoy la playa de la capital vizcaína y, aunque en mi maleta no hay ningún bikini, la visita me parece casi tan obligada como la del imponente Guggenheim.

Para Bilbao, hay un antes y un después de la inauguración del museo diseñado por Frank Gehry. Desde que el multipremiado arquitecto canadiense entregó la obra en octubre de 1997, su continente y su contenido, llamativos por igual, atraen a un millón de visitantes al año, la mejor muestra de la creciente proyección internacional de la ciudad.

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Bergen, el campamento base de los fiordos

Una ruta en barco por un fiordo.

Si tiene usted Noruega en la lista de países pendientes y está pensando en ponerle remedio, comience por Bergen, la segunda ciudad en población. No es que Olso, la capital, no sea una ciudad atractiva y digna de visita, que lo es, sino que Noruega es, por encima de todo, naturaleza y paisaje, y la costa atlántica es donde la imponente belleza de este país nórdico explosiona con más espectacularidad. Dice la propaganda oficial que Bergen es la puerta de entrada a los fiordos noruegos, y por una vez la propaganda oficial no miente ni exagera, ya que Bergen es sin duda el campamento base de cualquier incursión a los fiordos, uno de esos maravillosos caprichos de la geografía que hay que saborear lentamente.

Después del Mediterráneo, el Mar del Norte es el segundo destino de cruceros de Europa, y esto no es porque sí. Aquí tenemos el clima y tenemos la historia, la cultura y el arte. El Mediterráneo atrae porque es la cuna de la civilización occidental. Allí, en cambio, tienen el paisaje, sereno y majestuoso, que conforman los miles de kilómetros de costa escarpada por el efecto de la glaciación. La prestigiosa revista National Geographic situó los fiordos en el primer lugar del ranking mundial de destinos turísticos naturales mejor conservados. Y Bergen es, efectivamente, su puerta de entrada, como Barcelona lo es de la mayor parte de rutas mediterráneas.

Excursiones para todos los gustos

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