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Partirles la cara, con todos los respetos

No se habla de otra cosa desde hace meses. Por todas partes, una sola palabra: Constitución. Las alabanzas en boca incluso de quienes la negaron en 1978 porque les parecía demasiado democrática, poco franquista. Tanta gente del PP que hasta entonces había profesado la fe tristísima de la dictadura grita ahora cuando a alguien se le ocurre hablar de que es necesaria una reforma de la Constitución. Entonces no la querían y ahora es como si fuera suya, sólo suya y de nadie más. Dicen que tocarla es imposible. Sin embargo, la tocaron Rajoy y Rodríguez Zapatero para, en una sola noche y en una amañada partida mano a mano como los tahúres del Oeste, entregar nuestro dinero a los famosos hombres de negro que en esa Europa de los privilegiados exigía el pago inmediato de la deuda. La Constitución es suya y la cambian cuando quieren. Por eso, aunque Pedro Sánchez diga a su militancia que su logro ha sido sentar a Rajoy para reformar la Constitución, sabemos que esa reforma no va a ir más allá de cambiar de sitio una coma o de sustituir un adjetivo inútil por otro más inútil todavía.

Lo que nunca se dice es que la Constitución no se cumple en bastantes de sus principales apartados. El derecho a vivir con dignidad, a ser iguales ante la ley y la justicia, a que la lluvia y los chuzos de punta te cojan bajo un techo sólido y no a la intemperie. Más o menos esos derechos están recogidos en la famosa Constitución de las narices. Pero esos derechos no les importan a quienes estos días han reducido esa Carta, pomposamente llamada Magna, sólo a la cuestión territorial. Es como si únicamente existiera eso en la Constitución. Si cuestionas la unidad de España, el gobierno te señalará con el dedo y hará todo lo posible para que la justicia te acuse de sedición y te meta en la cárcel (por cierto: qué rapidez en meter en la cárcel a unos y de cuánta impunidad disfrutan otros para no pisarla nunca). Pero ese mismo gobierno y esa misma justicia no moverán un dedo si te quedas sin casa porque te la han robado los bancos, o si te detienen por ejercer la libertad de expresión sin pertenecer a la extrema derecha, o si te mueres de hambre porque en tu casa toda la familia está en el paro o -como leo en este diario- cada adulto de esa familia sólo tiene trabajo una hora y media al día. Los últimos datos socioeconómicos de la Comunidad Valenciana (y no son los peores de esta España que a algunos les parece tan grande y tan imprescindible) lo dicen: un millón y medio de personas viven (es un decir) en riesgo de pobreza y exclusión social; casi millón y medio viven (también es un decir) con menos del salario mínimo: 638 euros; casi cuatrocientas mil viven (querrán decir mueren) con menos de 384 euros al mes. Aunque hayan desaparecido de la agenda periodística, los desahucios siguen existiendo cada día. En estas páginas se cuenta cómo la familia compuesta por Lissy y sus tres hijos tenían una vivienda en alquiler y la aparente dueña desaparece de repente porque esa vivienda era de Bankia. Y Bankia -cómo no- ha puesto en la calle a toda la familia sin que a nadie se le ocurra que eso está prohibido por la Constitución.

Siempre estamos con lo mismo en los tiempos que corren. El triunfo de la mentira que ahora llaman cínicamente posverdad. La manipulación informativa que convierte la verdad en una terrorífica engañifa. Esa manera tan miserable de convertir la Constitución en un reglamento que cuando les sirve a quienes mandan es de obligado cumplimiento y cuando no les interesa la abandonan, con las más cínica y absoluta desvergüenza, en el rincón más injusto y oscuro de lo inexistente. Qué ganas de soltarles a esos tipos los versos que Blas de Otero escribió hace cincuenta años: “yo os parto la cara con todos mis respetos”. Qué ganas, dios, qué ganas de soltarles eso. Y más cosas aún. Y más cosas.

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Reconèixer l'altre

Convé entendre la resistència i fins i tot l'aversió profunda que provoca en la cultura política dels castellans-espanyols el possible reconeixement de la pluralitat nacional de l'Estat espanyol. Convé entendre les raons de l'altre, en tots els casos. Tancar-se en la pròpia raó no és aconsellable, com tampoc no ho és dimitir-ne. Cal aproximar-se, doncs, a les raons i els sentiments dels altres, si més no per a entendre millor el terreny que trepitgem.

Una cosa, certament, és la reacció repressiva de l'Estat a què assistim avui davant la situació a Catalunya. I una altra és l'actitud del gruix de la població de les regions castellanes o castellano-espanyoles. Amb epicentre a Madrid, sens dubte, però amb extensions pertot, a Castella la Manxa, a Castella-Lleó, a Andalusia, Múrcia, Extremadura, etc. Sense arribar als extrems excitats dels qui posen banderes espanyoles als balcons o acudeixen a manifestacions al costat de l'extrema dreta, l'actitud de reticència, incomprensió, fàstic, cansament i perplexitat predomina entre allò que Dionisio Ridruejo anomenava "el macizo de la raza" i que no necessita del concurs d'una premsa monolítica i salvatge com la que es fabrica a hores d'ara a Madrid per a mostrar-se ultratjada. Per la simple hipòtesi que els catalans puguen votar si se'n van o no d'Espanya.

Aquesta hipòtesi, que finalment i contra pronòstic es va materialitzar enmig d'enormes dificultats, no és admesa. Aquell referèndum "no s'ha produït", ha arribat a dir una senyora de Valladolid, la vice-presidenta del govern espanyol Soraya Sáenz de Santamaría. I els seus promotors, tots, han d'anar a presó. La popularitat del major Trapero, la capacitat organitzativa i l'àmplia resposta ciutadana, les mobilitzacions i les decisions que puga prendre el Parlament, han fet saltar totes les alarmes.

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Paz y palabra

“Pido la paz y la palabra”

Blas de Otero

“La peor de todas, la que ha causado más estragos en la Historia, es la pasión nacionalista”, afirmaba resueltamente Vargas Llosa, haciendo gala del  cinismo que caracteriza a buena parte de nuestra derecha, el pasado domingo día 8 de octubre en Barcelona, en un mitin de exaltación del nacionalismo español.  A su lado, entre otros, el senador García Albiol quien, pocos días antes, en una rueda de prensa  en la que animaba a la “gente de bien de Cataluña  a asistir a dicha  manifestación “antinacionalista”, había dicho: Estamos dispuestos a que nos rompan la cara por defender a los catalanes que no queremos que nos obliguen a dejar de ser españoles”

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En cuestión de empleo, no mezclen churras con merinas

Bruselas ha dado por cerrada la crisis económica.Se cierran así diez años de duros recortes y una política de austeridad impuesta con el argumento de evitar la debacle del sistema que, no obstante, ha dejado por el camino un reguero de damnificados. Y, aunque la Comisión Europea ha reconocido el impacto negativo que ha tenido para la ciudadanía y para las empresas, se ha concentrado en apuntar que se hizo para evitar males mayores.

El siguiente paso ahora es tratar de convencer a la ciudadanía de que realmente la crisis ha pasado, porque en economía las percepciones y expectativas de los consumidores son tan importantes como la marcha real de los indicadores macroeconómicos.  Así pues, el Gobierno español, por ejemplo, lleva meses poniendo el énfasis en que la recuperación económica en nuestro país es un hecho, a lo que ayudan las estadísticas de creación de empleo que cada mes se publican y que indican claramente un cambio de tendencia en el mercado laboral.

Lo que pasa es que comparar el empleo que se crea ahora con el empleo que se ha ido destruyendo durante la última década es como mezclar churras con merinas. Porque, siguiendo con el símil del refranero, la lana de las ovejas merinas es más apreciada y cara y la de las churras, más basta. Pues lo mismo ocurre con el empleo que se está generando ahora. Según datos de la subsecretaria de Empleo y Seguridad Social publicadosen septiembre, de los 14 millones de contrataciones realizadas entre enero y agosto de este año, sólo el 8,8% eran indefinidas. El resto son contratos temporales. Pero, cuidado, lo que estamos criticando no es que exista cierta flexibilidad necesaria en las contrataciones para ajustar oferta y demanda. Lo que se critica, por perniciosa para el propio sistema, es la precariedad laboral que subyace: incertidumbre, bajos salarios, pobreza, bajas cotizaciones y, por ende, peores pensiones en el futuro…

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Respectem i estimem l’escola pública

Amb el rerefons i l’excusa del procés d’independència català, al País Valencià es produeixen i es permeten tota mena d’abusos dialèctics i físics; només cal recordar la patuleia de l’extrema i no tan extrema dreta traient a passejar els punys americans el 9 d’Octubre passat.

Els abusos físics, esperem, seran sancionats com a delictes d’odi i als Yomus i Cia. detinguts per la policia se’ls aplicarà el Codi Penal amb una sanció administrativa posterior de fins 30.000 euros –que serà el que més mal els farà–. Per a un altre article queda pendent la impunitat amb què aquests neonazis actuen i han actuat des que va acabar la dictadura.

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Mariano: de patriota a villano contra la Dependencia

Durante estos días hemos visto cómo nuestras calles, nuestras redes sociales… se llenaban de banderas de España, de esteladas, de senyeras…, hemos vivido la fiebre del patriotismo, de la unidad de España, del “yo soy español”, del “viva España”… Vemos cómo el Gobierno liderado por el amigo Mariano se autoproclama líder supremo en la defensa de la ley, de la democracia, de la Constitución… Pero cuando se trata de que el Gobierno estatal sea demócrata y constitucional, parece que se les cae la medalla de patriotas y sacan su parte más villana.

Hay que ser muy villano y muy poco democrático para judicializar lo que perdieron en las urnas el 24 de mayo de 2015 en la Comunitat Valenciana. Hay que ser muy villanos para cebarse con las personas en situación de dependencia y sus familiares. Aunque no me esperaba menos de un presidente que cuando llegó a su cargo una de sus primeras declaraciones fue que “la Ley de Promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia” -bueno, tampoco es cuestión de ponerle medallas extra, dijo realmente la ley de Dependencia-, “es inviable”.

Y así lo ha venido demostrando todos estos años castigando a las personas en situación de dependencia, a sus familiares, a las trabajadoras y trabajadores del sector de los cuidados y la asistencia. Claros son los datos: en los últimos cinco años han fallecido más de 150.000 personas en toda España sin percibir las prestaciones que tenían reconocidas por su situación de dependencia. El Gobierno del amigo y patriota Mariano apenas aporta el 12% del 50% que debería aportar en financiación de la dependencia con las comunidades autónomas como queda recogido en la Ley.

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Allò seu es vota a Àustria

Aquest diumenge es vota a Àustria. No s'espanten encara que no s’independitzaran de ningú. Àustria sempre ha sigut, en això dels referèndums, més d'annexionar-se. Votaran i ho faran amb urnes transparents, cens, junta electoral i tota la pesca. Ningú no els dedica portades ni grans editorials perquè no decideixen si proclamen una república, marquesat o confederació tirolesa. Senzillament se'ls convoca a triar un nou parlament i un nou govern. Una ximpleria sense importància en un país que, segons sembla, poc importa. Votaran les austríaques i els austríacs per a decidir si, d'una vegada per sempre, poden llevar-se de damunt el molest pes de la història. Cercaran la benedicció matemàtica que els deixe per fi compondre un govern de coalició capaç de sumar els seus desmemoriats conservadors amb els seus neonazis desangelats. Pot ser passaran camí dels seus col·legis electorals davant de les ximeneres de Mauthausen. Allí encara podran olorar el fum invisible que va deixar la foguera d'odi amb què fa amb ben just la vida del meu pare es van abrasar els cossos de centenars de milers d'éssers humans. Caminaran els austríacs pels verds camins que separen les urnes de les seues belles cases saludant els policies sense porra ni casc que amablement els subjectaran la bicicleta en arribar davant el col·legi electoral. Així que tothom tranquil. Res del que allí passe diumenge hauria d'amoïnar-nos.

Vivim un nou temps en el qual res no importa si no crema. Allò que ha de ser objecte d'anàlisi o atenció ho decideixen els mateixos que escriuen el sumari del que està “rojo” i el que està “al vivo”. Les tertúlies s'emeten amb música de fons a ritme de timbals de guerra. I és que, pel que hem pogut llegir, les vertaderes batalles de la democràcia res no tenen a veure amb l’auge de l'extrema dreta mundial, l'imperi de la postveritat i el ciberespionatge d'estat. Avui tot va de banderes i de bàndols i que Santa Tecla, patrona de twitter, t'enxampe confessat si no has anat a parar al bàndol correcte.

Ningú no sembla angoixar-se per allò realment preocupant sempre que ocórrega amb educada normalitat. Atacats per la histèrica necessitat d'ocupar-se del símptoma s'obvia l'origen de la malaltia que ha situat la mentida, l'odi i la superstició en el “top ten” de l'argumentari polític, tertulià i tarvernari-tuiter que ens manté irats tot el dia. Total, Trump governa ja quasi nou mesos i tampoc no s’ha acabat el món. A ningú li importaria ja tenir a l'afable Marine Le Pen asseguda a la taula aquest nadal. I a Àustria, un país sense greus problemes econòmics, ni corrupció, ni amenaces frontereres es comença a assumir sense més problemes la possibilitat de l'entrada de l'extrema dreta al govern, ja siga en unes presidencials en les quals va quedar a un sospir, ja siga en les legislatives del diumenge.

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Lo suyo se vota en Austria

Este domingo se vota en Austria. No se asusten todavía que no van a independizarse de nadie. Austria siempre ha sido, en esto de los referéndums, más de anexionarse. Votarán y lo harán con urnas transparentes, censo, junta electoral y toda la pesca. Nadie les dedica portadas ni grandes editoriales porque no deciden si proclaman una república, marquesado o confederación tirolesa. Sencillamente se les convoca a elegir un nuevo parlamento y un nuevo gobierno. Una tontería sin importancia en un país que, por lo visto, poco importa. Votarán las austriacas y los austriacos para decidir si, de una vez por todas,  pueden quitarse de encima el molesto peso de la historia. Buscarán la bendición matemática que les deje por fin componer un gobierno de coalición capaz de sumar a sus desmemoriados conservadores con sus neonazis desalmados. Tal vez pasarán camino de sus colegios electorales frente a las chimeneas de Mauthausen. Allí todavía podrán oler el humo invisible que dejó la hoguera de odio con el que hace apenas la vida de mi padre se abrasaron los cuerpos de centenares de miles  de seres humanos. Andarán los austriacos por los verdes caminos que separan las urnas de sus  hermosas casas saludando a los policías sin porra ni casco que amablemente les sujetarán la bicicleta al llegar ante el colegio electoral. Así que todo el mundo tranquilo. Nada de lo que allí pase el domingo debería quitarnos el sueño. 

Vivimos un nuevo tiempo en el que nada importa si no arde. Aquello que ha de ser objeto de análisis o atención lo deciden los mismos que escriben el sumario de lo que está “al rojo” y  lo que está al “vivo”. Las tertulias se emiten con música de fondo a ritmo de timbales de guerra.  Y es que, por lo leído, las verdaderas batallas de la democracia nada tienen que ver con auge de la extrema derecha mundial, el imperio de la postverdad y el ciberespionaje de estado. Hoy todo va de banderas y de bandos y que Santa Tecla, patrona de twitter, te pille confesado si no caíste en el bando correcto. 

Nadie parece angustiarse por lo realmente preocupante siempre que ocurra con educada normalidad. Atacados por la histérica necesidad de ocuparse del síntoma se obvia el origen de la enfermedad que ha situado a la mentira, el odio y la superstición en el “top ten” del argumentario político, tertuliano y tarbernario-tuitero que nos mantiene iracundos todo el día. Total, Trump gobierna ya casi nueve meses y tampoco se acabó el mundo. A nadie le importaría ya tener a la afable Marine Le Pen sentada a la mesa estas navidades. Y en Austria, un país sin graves problemas económicos, ni corrupción, ni amenazas fronterizas se empieza a asumir sin más problemas la posibilidad de la entrada de la extrema derecha al gobierno, ya sea en unas presidenciales en las que estuvo a un suspiro, ya sea en las legislativas del próximo domingo. 

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La batalla de Valencia en 2017

Las escenas que hemos visto en Valencia este 9 de octubre, día de la Comunitat Valenciana, nos retrotraen tristemente a las que se vivieron en esa misma ciudad durante la Transición española, el conflicto político, social e identitario que se ha denominado como la Batalla de Valencia . Esos años de cambio político en España, que fueron dibujados por las nuevas élites como ejemplares pero que dejaron cerca de 600 muertos en las calles, tuvieron un episodio específico en el País Valencià, sus particulares años de plomo, más duros y violentos.

Tras la muerte del dictador en 1975, Valencia vio nacer en sus calles un nuevo movimiento de extrema derecha como reacción a las tesis de Joan Fuster, quien había propuesto en Nosaltres els valencians un nuevo horizonte político progresista para el País Valencià, integrado en lo que él mismo llamó Païssos Catalans . Este movimiento, els blavers , entonces se alzó como exponente del regionalismo valenciano más conservador, desfilando con la nueva bandera valenciana, la senyera amb blau , combinada con la española. Además de gozar de un importante apoyo social construido a partir de las reminiscencias del franquismo más radicalizado, desplegó una estrategia de tensión y violencia en las calles valencianas. Las bombas, las palizas y las víctimas mortales fueron una constante durante esos años.

Enfrente, els blavers se encontraron con unas fuerzas progresistas divididas. Por un lado, un PSPV que ya había abandonado las calles, institucionalizado y construyéndose como nueva élite dirigente integrada y obediente a Madrid, perdiendo toda capacidad de iniciativa política. Mientras, en la calle, lo mejor de la tradición de la lucha antifranquista, aquellos que más habían luchado contra la dictadura y que lo habían pagado con sangre –como alicantino querría recordar en este punto el asesinato de Miquel Grau-, abrazaron unas tesis políticas pancatalanistas que encontraron muy poco arraigo social en aquel momento. Fueron objetivo de los más violentos ataques de la derecha mientras gran parte de la sociedad valenciana les daba la espalda.

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La caza

Veo las imágenes desde lejos. En la habitación de un hotel, a más de mil quilómetros de Valencia. Me paso el tiempo pegado a las noticias. La del lunes por la noche me llenó de ratas las tripas. La calle ha vuelto a ser suya. Creo que nunca ha dejado de ser suya. Aunque lo disimularan. Aunque se escondieran a la sombra de una democracia que les servía de acomodo. La pregunta del millón desde hace tanto tiempo: si la dictadura franquista duró cuarenta años, ¿dónde demonios se escondieron los franquistas cuando llegó la democracia? Mucha gente hemos respondido a esa pregunta hasta la extenuación: casi todos estaban en el Partido Popular y unos cuantos haciendo músculo en los gimnasios y en alguna empresa de seguridad hasta que llegara su momento.

Ese momento ha llegado. Las imágenes de Zaragoza, cercando con su envergadura nazi la reunión de cargos electos para hablar de dentro y de fuera de Cataluña. Las imágenes de Valencia la otra tarde, las que veía lleno de estupor desde tan lejos. Esas carreras desbocadas a la caza de quienes se manifestaban pacíficamente por unas ideas que repugnan a los violentos. La saña de las patadas, de los golpes a destajo, la bandera con el toro y el águila que les sirve de coraza. Es su momento histórico desde aquellos lejanísimos años de la Transición. La calle se ha convertido en una emboscada. Bien que lo dice el joven que se les enfrentó y sufrió las agresiones: “fue una cacería de la extrema derecha”. Pero no sólo es eso, no sólo ha salido el falangismo de gimnasio a sembrar el daño entre la gente. Está ese otro falangismo civil. El que se arremolinaba en la salida a Cataluña de la policía y guardia civil al grito bélico de “¡A por ellos!”. Como si estuvieran despidiendo a un ejército en guerra. Aquel franquismo sociológico del que hablaba Manuel Vázquez Montalbán se abre paso en la forma de una violencia selectiva, nada ciega, de un mear en el asfalto para acotar a su favor el territorio del miedo, en la forma también que tienen las televisiones estos días de llamar defensores de la unidad de España a los neonazis que apalizan impunemente en las calles a la gente y a la propia democracia. Radicales contra radicales: ésa fue la información en muchos medios de comunicación sobre la violencia fascista en Valencia el 9 de Octubre. El periodismo que se estila. A esa calaña que habla o escribe desde la manipulación no son periodistas. Pero ahí están, mintiendo más que respiran y azuzando el odio en sus diarios, radios y televisiones.

Entre los agresores de ese lunes estaban un alto representante del mundo fallero (al menos uno, que se sepa) y no sé cuántos miembros de los Yomus, la Peña ultra del Valencia CF. Y claro: los de siempre, esos de España 2000 que ven llegada su oportunidad para convertirse en la punta de lanza de una violencia amparada en la lucha política de derechas contra el proceso catalán hacia la independencia. A ver qué dicen el mundo fallero y el Valencia CF después de conocerse la identidad de algunos agresores. Y está también, como demasiadas veces en los últimos tiempos, la inacción policial cuando se trata de controlar a la extrema derecha callejera, esa extrema derecha que sale sin contemplaciones a la caza de demócratas. Desde mucho antes del lunes 9 de Octubre, sabíamos que iban a reventar la manifestación pacífica por las calles del valencianismo progresista y de izquierdas. Lo sabíamos. Pero, visto lo visto, parece que a la Delegación del Gobierno le importaba bien poco esa amenaza. Ahí estaba la mesnada violenta, sin que nadie la incordiara, dispuesta a saltar sobre quienes llegaban a defender unas ideas que poco tenían que ver con las suyas tan anacrónicamente ultramontanas. Y vinieron los golpes, las patadas, ese gesto de ferocidad que a lo mejor ensayan como un juego de máscaras frente al espejo del gimnasio.

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