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DESALAMBRE

La escolarización reduce el riesgo de las niñas africanas de sufrir ablación o matrimonio infantil

El matrimonio precoz y la mutilación genital femenina son prácticas vinculadas a tradiciones ancestrales aún muy arraigadas en países africanos como Gambia

Aunque no hay datos oficiales, Unicef ha concluido en su último informe que la pobreza y la educación son dos variables que determinan el nivel de exposición de las niñas a este tipo de prácticas

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Niña en Gambia

Una niña gambiana en el patio de su escuela. \ Foto: Soraya Sánchez.

Las tradiciones ancestrales y el miedo al rechazo social configuran un tándem muy peligroso en algunos países de África en los que el matrimonio infantil y la mutilación genital femenina son todavía prácticas plenamente vigentes. Unas costumbres contrarias a los derechos humanos que, escudándose en el tradicionalismo, han conseguido pervivir a lo largo de miles de años.

Conse García es una de las 13 personas que trabajan en Makamaru, una organización que trabaja desde 2005 para el impulso de la educación en Gambia. “Empezamos con un programa de 30 becas exclusivamente para niñas de entre 12 y 14 años”. En el país sudafricano, la educación primaria es obligatoria y gratuita, es decir, la cubre el Estado. Sin embargo, a partir de los 12 años, los niños y niñas que quieren continuar sus estudios tienen que costeárselos. “Ir a una high school es carísimo y casi ninguna familia puede permitírselo”, explica esta voluntaria.

Es precisamente en este punto en el que Makamaru concentra todos sus esfuerzos. “Intentamos ayudar con becas para que los chicos y chicas puedan completar sus estudios, incluso los universitarios”. La posibilidad de ampliar los años de escolarización de los niños y niñas hasta cerca de los 18 años puede prevenir prácticas perjudiciales muy arraigadas en estas zonas que afectan con especial crudeza a las niñas. El matrimonio precoz o la mutilación genital femenina son tradiciones culturales y étnicas que aún hoy tienen una prevalencia casi universal en Gambia. Según la asociación Humanium, el índice de cumplimiento de los derechos del niño en este país africano es de 3,6 puntos sobre 10. “La situación es muy grave”, denuncia Conse, quien reconoce haberse encontrado con varios casos de niñas que se ven obligadas a cambiar el colegio por un matrimonio concertado.

La separación de la familia, la falta de libertad para relacionarse con personas de su edad o el abandono escolar son algunas de las consecuencias que traen consigo este tipo de matrimonios. Unicef advierte de que incluso puede acarrear “trabajos forzados, esclavitud, prostitución y violencia contra las víctimas”. Entonces, ¿por qué los consienten las familias? En ocasiones, los progenitores lo toman como un modo de proporcionar a sus hijas tutela masculina o de evitar embarazos sin estar casadas. Incluso a veces, como revela Unicef, se presenta como una medida para la supervivencia de las familias, que se desprenden de la carga económica que un hijo supone.

Aunque no hay datos oficiales -muchos de estos casamientos no están inscritos o no son oficiales-, Unicef ha estudiado ciertas características comunes a todas las niñas sometidas a este tipo de prácticas. “Las mujeres que cuentan con una educación primaria tienen notablemente menor riesgo de contraer matrimonio que las que no han sido nunca escolarizadas”. Además de la educación, el nivel adquisitivo es otra variable que hay que considerar: “las mujeres que viven en el 20% de los hogares más pobres muestran una mayor tendencia a contraer matrimonio a una edad más temprana que las que viven en el 20% de los hogares más prósperos”.

Niñas en Gambia jugando a la comba

Niñas gambianas juegan a la comba en el patio de su escuela. \ Foto: Andrea Postiguillo.

A pesar de la pervivencia actual, en Gambia el matrimonio infantil es un tema tabú. Andrea, realizadora audiovisual de 23 años, ha viajado por primera vez al país africano para apoyar un proyecto educativo financiado por la organización A.S.E.D.A. “Allí, los locales insisten en que antes se practicaba, pero ya no”. Lo mismo ocurre con la mutilación genital femenina, una violación tolerada y cotidiana que, según el último informe de Unicef pone en riesgo a 30 millones de niñas en el mundo. Aunque es una práctica cada vez más condenada en todos los países, en Gambia un 82% de las niñas y mujeres que han sido sometidas a ella aprueban su continuación, mientras tan solo el 5% de las que no han sido víctimas la apoya.

La práctica de la mutilación está estrechamente vinculada a la ‘pureza’ de las mujeres . “Si las niñas no están mutiladas, de mayores son consideradas mujeres impuras y rechazadas socialmente”, explica Conse, que ha conocido en primera persona la sumisión de las niñas y las fatales consecuencias del continuismo de estas prácticas: “Me he encontrado con muchas niñas que mueren desangradas. Algunas de las ablaciones se practican en hospitales, ya que es una práctica legal, pero la mayoría de ellas se llevan a cabo en poblados aislados con utensilios como cuchillas o botellas de cristal”.

Como ha estudiado la Fundación Wassu-UAM, en muchas ocasiones la ablación forma parte de los ritos de paso a la edad adulta. Unos ritos esenciales para la construcción de la identidad étnica y de género que posibilitan la aceptación del grupo. De ahí, señala Conse, “el miedo de las niñas al rechazo social. Nadie quiere ser diferente”.

La intervención, desde el conocimiento y el respeto

Organizaciones como Gamcotrap, con base en Gambia, son las precursoras de la celebración de ceremonias en poblados africanos para que las mutiladoras se deshagan de los cuchillos. Después, explica Conse, "se procura su reubicación en enfermerías" para facilitar su reinserción desarrollando otro tipo de actividades. 

La Fundación Wassu-UAM, una iniciativa pionera en España nacida hace poco más de un año, se dedica a la formación de profesionales sanitarios, educadores y trabajadores sociales de España y Gambia con el objetivo de erradicar una práctica cultural que afecta a más millones de niñas en el mundo. Los profesionales y voluntarios son conscientes de que este tipo de violencia tolerada contra las mujeres solo puede combatirse desde el conocimiento y el respeto por su cultura, de modo que sea la propia sociedad la que vaya cambiando estas tradiciones desde el convencimiento y no por imperativo occidental. Porque de poco sirve aterrizar como abanderados de los derechos humanos en un país en el que, como expresa Andrea, "los hábitos de higiene son muy deficientes y algunos hogares no disponen ni de agua potable".

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