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ENTREVISTA | NAZARET CASTRO

"Nos hemos acostumbrado a pagar las cosas por debajo de lo que es un precio justo"

La periodista Nazaret Castro publica La dictadura de los supermercados, en el que analiza cómo el sector de la distribución está condicionando la forma en la que producimos y consumimos

Asegura que los grandes distribuidores están apostando por los productos eco y bio porque se han dado cuenta de que es un nicho de mercado al alza que acaba con los pequeños comercios

La activista recuerda que "querer ser absolutamente coherentes es el mejor camino a la frustración porque es imposible" y plantea como mejor vía la del cuestionamiento y alternativas graduales

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Nazaret Castro

Nazaret Castro Paula González

La periodista Nazaret Castro defiende que consumir es un acto político. Castro, que investiga sobre los impactos que tiene la producción del azúcar o del aceite de palma en su proyecto Carro de Combate, se centra ahora en el sector de la distribución. En su libro La dictadura de los supermercados. Cómo los grandes distribuidores deciden lo que consumimos (Editorial Akal), se centra en qué es lo que sucede desde en ese espacio intermedio entre la producción y el consumo. "En los últimos 40 años es la distribución junto al diseño las partes en las que se está acumulando toda la ganancia. Las grandes marcas, desde Apple a Nike o Zara, cada vez más externalizan la producción porque el negocio está en la distribución", dice la periodista. 

¿Es real esa sensación de que tenemos más opciones de compra que nunca cuando vamos a un supermercado o cuando decidimos dónde ir a comprar y el qué?

Esa es una cuestión central: en el sistema capitalista en general y en los supermercados en particular hay esa ilusión de la libertad de elección, con un montón de productos con diferentes y coloridos embalajes y muchas marcas. Si profundizas un poco resulta que la mayoría de esas marcas pertenecen a muy poquitos grupos empresariales. Solo Unilever, Nestlé o Procter and Gamble las que poseen la mayor parte de esas marcas. Y si te vas a los ingredientes que utilizan, ves también gran homogeneidad. Es el caso del aceite de palma o del azúcar. El primero está en uno de cada dos productos de supermercado. Si tomamos el caso de la carne, lo mismo: cada vez son menos las razas de cerdo, de pollo o de bovino que se manejan a nivel mundial. En el caso del aceite de palma que tanto se está debatiendo creo que el problema no es el aceite de palma en sí, sino que esté en tantísimos productos y que ni siquiera lo sepamos.

¿Es la gran distribución una de las piezas que sostiene el modelo en que vivimos?

Sí, absolutamente. No es nuevo, ya Lipovetsky plantea que las marcas nacen a la vez que los grandes almacenes. Cuando se rompe la confianza con el tendero, que era el que te aconsejaba, esa confianza te la empieza a dar la marca. Entonces se retroalimentan: para que haya marca tiene que haber un gran almacén y viceversa. Eso cobra otra dimensión en el proceso de globalización y deslocalización: ahora, la distribución tiene un papel muy importante, porque los coches que antes  se producían en EEUU por unos obreros que tenían unos derechos laborales después de un proceso de lucha se producen en países que compiten por ver quién produce más barato.

Entonces, ¿está este modelo de consumo y distribución relacionado con el aumento de la precariedad?

Yo creo que sí. La clave es la irresponsabilidad de las empresas transnacionales: como ellas no producen se desentienden de los impactos que acarrea esa producción. Cuando sucedió el derrumbe del edificio Rana Plaza en Blangladesh, Inditex o Mango, entre otras, dijeron que no podían controlar a todos sus proveedores. Lo mismo sucede con los impactos ambientales, porque las empresas externalizan allí donde la legislación es más laxa y hay menos control ambiental. Fiscalizar luego eso muy difícil porque las empresas han diluido la responsabilidad.

Justo ese suceso, el derrumbe del Rana Plaza y la muerte de miles de personas que trabajan para esas marcas parece que marcó un punto de inflexión, pero ¿ha supuesto cambios reales cómo funcionan las empresas?

Ha servido sobre todo para que muchos consumidores en el norte global se conciencien y eso presiona a las empresas. Pero creo que los cambios seguirán siendo cosméticos o transitorios hasta que no cambien otras cosas. Hasta ahora la línea que se ha seguido es que las empresas creen sus propios código éticos y si uno lo piensa bien, ¿por qué deberían ser las empresas las que marquen esos códigos y no tendrían que ser las leyes a nivel internacional las que fiscalicen y pongan límites a esos comportamientos? Las empresas sí tienen leyes que las protegen y tribunales de arbitraje pero no normas que les exijan.

¿No corremos el riesgo de idealizar al pequeño comercio? Porque la precariedad y la inestabilidad también ha llegado allí

Hay estudios que muestran que el pequeño comercio crea más empleo que los grandes supermercados. Ahora el pequeño comercio opera en un contexto más difícil y para competir con un Carrefour que abre 24 horas te tienes que autoexplotar. Cuando en el libro hablo de alternativas las planteo desde la economía social y solidaria, no volviendo al comercio tradicional, que ya probablemente sea imposible tal y como era antes, sino que inventando cosas nuevas o adaptando otras cosas que había al contexto actual, pasa por los mercados sociales, por los grupos de consumo, por monedas sociales.... Iniciativas que pueden ser minoritarias pero son herramientas para pensar otras formas de vivir. Las soluciones nunca serán soluciones si no hay cambios estructurales. 

¿Qué pasa para que solo el 1% de lo que pagamos por algo llegue a quien lo produce o que paguemos el 300% más de lo que le pagó la distribuidora al productor?

Lo que pasa es una distribución del poder a nivel internacional. Cómo se distribuye y se acumula el valor es una decisión política que tiene que ver con relaciones de fuerzas que nos han llevado a esta situación. No hay una separación entre economía y política, están absolutamente imbricadas y toman decisiones que al final implican que quien produce la camiseta de Zara no se lleve ni el 1% mientras que la marca, que distribuye, se lleva más del 50%. Venden productos que parecen baratos pero si se adaptaran a sus costes de producción aún podrían vender más barato porque los márgenes que se llevan son brutales. De hecho cuando vamos a una tienda de comercio justo las cosas no parecen caras porque nos hemos acostumbrado a pagar las cosas por debajo de lo que es un precio justo.

Dices que las distribuidoras ejercen presiones a los productores, ¿de qué tipo?

Hay toda una serie de condicionamientos perversos, por ejemplo, que les obliguen a que la primera entrega la hagan gratis, que si hacen alguna promoción del local les obliguen a cargar con parte del coste, que pueden devolver al productor lo que no han vendido... Por eso los grandes distribuidores deciden qué se produce, no solo forman el precio de las mercancías, sino sus condiciones. Además, a través de esas prácticas expulsan a los pequeños productores. 

Ahora las grandes cadenas parecen apostar por productos frescos, ecológicos o dietéticos. ¿Es una respuesta a la preocupación de muchos consumidores, que se están organizando para buscar alternativas con pequeños productores y mercados de proximidad?

Sí, su apuesta es sobre todo por los productos ecológicos, bio, etc. Tiene mucho que ver con la preocupación creciente de una parte de la población por la forma en la que nos alimentamos. El hecho de que les hayamos dejado la decisión de lo que comemos a estas cadenas ha provocado que nos estemos alimentando muy mal. Los grandes distribuidores de alimentos que han colaborado con este modelo de alimentación se dan cuenta de ese nicho de mercado saludable y hacen esa apuesta. Eso acaba con el pequeño comercio que tenía que ver con productos orgánicos. Es interesante que la gente se empiece a dar cuenta pero si nos quedamos ahí los distribuidores harán su movimiento y ya está. Hay que conectarlo con los impactos socioambientales: no solo si lo que consumimos afecta a nuestra salud o entorno, también si afecta en otras partes del mundo.

¿Y qué podemos hacer entonces los consumidores? 

Lo primero es que querer ser absolutamente coherentes es el mejor camino a la frustración porque es imposible. Se trata más bien de que cada uno nos empecemos a hacer preguntas y vayamos buscando las alternativas, eso va a hacer una diferencia. Pero eso siempre va a ser un cambio minoritario, para mi el potencial del consumo como cambio político es que pensar sobre nuestros actos de consumo nos da una amplitud de miras sobre como incidir, sobre como presionar a los gobiernos para que a su vez presionen a las empresas y haya cambios estructurales. Tenemos que pensar en eso de la economía de proximidad, en que producir cerca de los lugares de consumo es probablemente lo más razonable, también para no cargarnos el planeta. 

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