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El presidente portugués cumple tres años de un mandato convulso y agitado

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El presidente portugués cumple tres años de un mandato convulso y agitado

El presidente portugués cumple tres años de un mandato convulso y agitado

El jefe de Estado de Portugal, Aníbal Cavaco Silva, cumplió hoy tres años en el cargo, un segundo mandato marcado por la crisis económica y el rescate y notablemente más agitado de lo habitual para un presidente de la República.

En este período, el dirigente conservador ha tenido que hacer frente a la dimisión de un primer ministro, a la crisis en el seno de la coalición en el Gobierno, a la llegada de la troika de acreedores internacionales y a un ambiente de crispación social prácticamente inaudito en el país que acabó colocándolo como blanco de muchas críticas.

Su figura, sin responsabilidades ejecutivas y normalmente vista como neutral, acabó por verse deteriorada y sus niveles de popularidad cayeron en picado en los momentos de mayor tensión.

Hoy mismo, un 80 % de los participantes en una encuesta telefónica realizada en la televisión suspendió la labor de su presidente, lo que se corresponde con los sondeos de opinión publicados periódicamente y contrasta con su victoria en la primera vuelta de los comicios con el 53 % de los votos.

Durante el segundo mandato del actual presidente, que ya ocupó la jefatura de Estado entre 2006 y 2011, han sido notables las divergencias con el Gobierno liderado por el primer ministro Pedro Passos Coelho, pese a que ambos pertenecen al mismo partido, el socialdemócrata PSD, de centro derecha.

Sus desavenencias se remontan al siglo pasado, cuando Cavaco era el jefe del Ejecutivo y Passos Coelho líder de las juventudes del partido. Mientras que el primero representa la facción más conservadora del PSD, el segundo encabeza la parte más liberal.

El presidente luso ha discrepado abiertamente del Gobierno sobre el alcance de las medidas de austeridad impuestas por la troika a Portugal a cambio de su rescate, y era partidario de aliviar los ajustes para no perjudicar la recuperación económica.

De hecho, decidió enviar al Tribunal Constitucional varios recortes aprobados por el Ejecutivo al dudar de su legalidad, y los jueces acabaron por darle la razón al anularlos.

Esta postura crítica frente al Gobierno, sin embargo, no le ha sido suficiente para granjearse las simpatías de la oposición de izquierdas, que lo acusa de ser "cómplice" de las políticas de austeridad por no usar toda su autoridad para frenarlas.

Además de comunistas y marxistas, también el Partido Socialista ha censurado públicamente los discursos del jefe de Estado, quien recuerda frecuentemente que la crisis actual es herencia de períodos de gasto excesivo, como en el que en su opinión cayó el Gobierno del primer ministro José Sócrates (2005-2011).

"Es un equilibrio difícil", admitió António Costa Pinto, investigador de Ciencias Políticas y comentarista habitual en las tertulias lusas, quien señaló que a Cavaco Silva las circunstancias le llevaron "a adoptar una perspectiva más activa, menos neutral".

En declaraciones a Efe, Costa Pinto consideró que el presidente, de 74 años, "se vio obligado" a desmarcarse de las posiciones gubernamentales, pero no deja de ser visto por una parte de la sociedad como próximo a las tesis que defienden la austeridad como solución para el país.

"Aunque hemos tenido jefes de Estado que también estuvieron muy metidos en el debate político, los ajustes aprobados han puesto en duda el Estado social en Portugal y le han implicado directamente", explicó.

Para la politóloga Marina Costa Lobo, el rechazo de Cavaco Silva a los ajustes ha sido "tibio" en comparación con el trabajo desarrollado por el Constitucional.

El presidente "no cree que haya alternativas a la austeridad, pero sí ve posible mejorar las condiciones políticas en que ésta es implementada", agregó.

"Sus acciones son vistas por una parte del electorado como insuficientes frente a la gravedad de la situación nacional", analizó Costa Lobo, quien insiste además en el fracaso de sus llamamientos al consenso.

El presidente, que ya no puede volver a presentarse a la reelección y cuyo mandato expira en 2016, se ha establecido como prioridad convencer a los partidos mayoritarios para alcanzar un pacto de mínimos sobre la estrategia que debe seguir el país a medio y largo plazo, con un único propósito: no repetir los errores del pasado.

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