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Unidad, unidad

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Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se saludan con un abrazo tras el discurso de Pablo

Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se saludan con un abrazo ante la mirada de sus compañeros J.L.S.

Toques de piano para mantener la armonía y en los momentos épicos solo un poco de saxo con electrónica relajante. La música de fondo en Vistalegre 2 trataba de bajar el tono acumulado durante semanas, calmar las aguas de las corrientes enfrentadas. Nada de Bruce Springsteen, nada de Coldplay. Conforme se llenan las gradas se palpa el miedo al choque y el recuerdo de algunos episodios vividos en el primer Vistalegre, con conatos de abucheos al tándem Iglesias-Errejón, que entonces defendían un Podemos diferente al que pedían los círculos en las gradas. Si entonces había sido así, parecía terrorífica la idea de un congreso bronco entre familias, una boda roja.

Y sin embargo la militancia esperaba a sus líderes en Vistalegre con una sopresa a puerta gayola: "¡Unidad, unidad, unidad!", empezaron a cantarles a primera hora del sábado conforme iban apareciendo. Eso lo cambió todo.

Aquello era un reto semiótico para Iglesias y Errejón. ¿Unidad? ¿Era un mensaje para que Pablo no laminara a Errejón cuando ganara? ¿Era un mensaje para Iñigo como diciéndole déjate de movidas y obedece al líder? ¿Era un mensaje para los dos, para que Podemos volviera a ser un tándem? Los grandes magos de los significantes vacíos ponían su varita a pensar: ¿cómo reaccionamos?

Pablo Iglesias vio clara la oportunidad. Salió al ruedo, subió al escenario para dar unas palabras de bienvenida, levantó el puño y gritó "unidad, unidad" con Vistalegre en pie. El mensaje ya es suyo: la unidad es imposible si no es en torno al secretario general; él quiere que todo el mundo se lleve bien, son otros los que le traicionan.

Desde ese momento, cada vez que ha sonado "¡Unidad!" en Vistalegre ha parecido una arenga si hablaba Iglesias y un reproche si hablaba Errejón. El hasta ahora número 2 de Podemos no se atrevió a poner en cuestión en su discurso la convenienca política de la unidad si el rumbo, como él sostiene, está perdido. Prefirió asumir y gritar el llamamiento a la unidad también como propio, también como un mensaje de: aunque perdamos, no sobra nadie; aunque discutamos, yo estoy con el líder. Entre las butacas o en el escenario, los errejonistas marcaban la señal de la victoria, pero un mar de puños y palmas abiertas volvía a dejar claro de qué lado estaba Vistalegre.

Los errejonistas mantenían la calma. Ya daban por hecho que en Vistalegre iban a estar reunidos los grupos y círculos más próximos a Iglesias y a Anticapitalistas. Su posibilidad de obtener un buen resultado no estaba representada tanto en esas gradas como en el dato de participación: más de 150.000 personas votando.

El sábado, tuvimos esa imagen de Pablo Iglesias abrazando a Iñigo Errejón ante la mirada triste, nostálgica, escéptica o perdida de su alrededor. Era un abrazo apretado pero sin cariño, como habían sido los besos y abrazos de los últimos meses ante las cámaras de televisión. Un trámite de respeto, un saludo a ese familiar con el que hay que sobreactuar para que la abuela, presente, no sufra.

El domingo, Telegram amanece pronto en Podemos. Los teléfonos de los dirigentes y sus equipos se conectaban de vez en cuando de madrugada. ¿No hay novedad? Vuelta al mal sueño.

Pasan las horas y las intervenciones de la mañana empiezan pero casi nadie alrededor del escenario escucha. Todos se buscan las miradas, las caras, para intentar confirmar quién sabe, quién guiña, quién llora.

Antes de las 11.30h, eldiario.es publica los resultados. Los miembros de la candidatura de Iglesias salen de las zonas reservadas y se empiezan a dejar ver y abrazar. Algunos se nota que han estado llorando un buen rato. Iglesias ha arrasado. Obtiene al menos el 50% de los votos en todas las votaciones y Errejón se queda solo un poco por encima del 30%.

Los errejonistas sabían que era casi imposible ganar a Iglesias y algunos de sus simpatizantes de hecho a lo que aspiraban era a perder por poco, con algo más del 40%, como toque de atención a Iglesias para que recuperara el favor de Errejón pero sin arriesgarse a que se produjera su anunciada dimisión. Quedarse en un tercio de las fuerzas y tener a solo dos personas entre los 10 más votados al Consejo Ciudadano es una derrota sin paliativos.

Pablo Echenique y Clara Serra leen los nombres de los nuevos consejeros. Los del equipo ganador suben eufóricos y se van colocando a un lado del escenario; los errejonistas suben más tímidos y se agrupan al otro lado. La consejera Gloria Elizo intenta diluir las fronteras, coloca a Cañamero y Urban en el centro, invita a los que van subiendo a mezclarse. En la esquina errejonista, algunos como Jorge Moruno o Jorge Lago no tienen fuerzas para fingir una sonrisa.

Monedero se queda sentado en la primera fila de las sillas. Él no sube. No tiene cargo, tuvo que dejar la dirección de Podemos y no ha ido en ninguna candidatura. Pero nada de eso le importa hoy: han ganado los suyos contra aquellos a los que señala como los culpables de su salida. Pablo Iglesias le ha reservado una silla a su lado durante todo el fin de semana.

Sube Errejón. Entonces un atronador "Unidad, unidad" resuena en Vistalegre. Es definitivamente un reproche. Él resiste con su V derrotada y vuelve a gritar "unidad". Se coloca como siempre en el centro, tras el atril en el que están Echenique y Serra, desde el que en seguida hablará Pablo Iglesias.

Y ahí el resultado se hizo carne. Pablo Iglesias habla como ganador y al terminar se vuelve para abrazar a sus compañeros; pasa por los brazos de Errejón de espaldas al público y a las cámaras, y no se vuelve. No quiere la foto de los dos. Abandona el centro del escenario y da unos pasos rápidos hacia la izquierda. Se coloca entre Irene Montero, Rafa Mayoral o Juanma del Olmo, "el nuevo entorno de Pablo" que más ha sufrido las críticas en los últimos días de campaña. Con ellos y Echenique sale en el plano que se emite para Internet y televisión. Ese el nuevo centro de Podemos y Errejón no está.

Termina Vistalegre 2. Ya no es necesario el piano tranquilo y el saxo con toques electrónicos. Mientras unos cantan y otros se retiran del escenario, suena L'Estaca de Lluís LLach, Playa Girón de Silvio Rodríguez y el Canto a la libertad de Labordeta.

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