La ciudad museo
Los museos han sido, históricamente, algo más que continentes de arte. Se han utilizado para demostrar el poder (desde la National Gallery al Louvre, pasando por El Prado), para honrar a los próceres de los estados dominantes (desde el Museo de Jacques Chirac al todavía por inaugurar Centro Presidencial Barack Obama) o para aquilatar narrativas (como el Museo Nacional de Antropología de México o el Museo de América de Madrid). Pero desde hace unos años, también han servido para alimentar la caníbal industria del turismo y la necesidad enfermiza de muchos turistas de tener agenda más allá de caminar el lugar que visitan.
Santander es una ciudad interesante. No históricamente, porque tras el incendio de 1941 se construyó un centro de ciudad frío, homogéneo y aburrido. Pero su situación geográfica, su abrumadora Bahía y la cercanía de destinos rurales y culturales más que atractivos, la hacen un gran punto de interés turístico. No era suficiente. A la oferta gastronómica —cada vez menos cántabra para satisfacer a un turista tan global como temeroso de lo local— había que sumar algo más. No era suficiente el Museo Marítimo del Cantábrico —de dimensiones humanas y poderoso esfuerzo local desde sus orígenes con Casado Soto al frente—, no quedamos satisfechos con recuperar un MAS de cuyo incendio jamás hubo responsables, no nos valía con las diferentes propuestas del Puerto de Santander o con las aún novísimas y cuidadas Naves de Gamazo… Había que hacer un ejercicio de poderío para competir con ciudades como Málaga o con los propios fantasmas provincianos que envidiaban a Bilbao o a la capital del reino.
En los próximos meses años competirán entre sí, en esta pequeña capital de provincias, el Centro Botín —contenedor de algo que no se ha apropiado ni la ciudad ni la comunidad—, el proyecto Faro Santander (otro museo, pero con nombre curioso e inmensas ínfulas), el MUPAC —el único museo que se debía Cantabria a sí misma, pero al que le han pegado una joroba en forma de edificio administrativo ajeno a la preservación y difusión del patrimonio prehistórico— y la sede del Reina Sofía con la colección privada que hemos comprado a buen precio entre todas y todos.
La desproporción entre esa oferta y el tamaño y la realidad cultural de la ciudad es evidente y brutal, pero parecemos felices ante esta exhibición de músculo innecesaria mientras los dineros disponibles para estimular la creación, la formación y la difusión cultural en la ciudad siguen estando en el rango de la mendicidad cultural habitual.
Pasará, probablemente, como en el ámbito musical. Dedicando millones de dinero público durante años al FIS, al Concurso Internacional de Piano o a la construcción de esa herida llamada Palacio de Festivales, pero sin un conservatorio superior de música donde creemos capacidades locales a la medida de esos megacontenedores culturales.
Santander, por tanto, está condenada a ser un zoco para comerciantes del arte —ya lo es— o a ser una ciudad museo en la que sus habitantes más jóvenes en lugar de pintar o de crear instalaciones artísticas estarán condenados a ser camareros, vigilantes o guías de lo que otros crean.
¿Podrían tener sentido estos megaproyectos? Sí, siempre que fueran en paralelo a una inyección de dinero y creatividad equivalente a la hora de estimular la formación, la creación y la difusión de cultura desde esta misma ciudad y desde la comunidad de la que es capital. Mientras tanto este aluvión museístico solo nos impondrá nuevas dinámicas urbanas y comerciales, y concluirá con dos horizontes posibles: el de la Málaga saturada de turistas que los necesita tanto como los odia; o el de La Coruña, que ve como proyectos con ínfulas como el Museo Domus se cae a pedazos porque la ciudad no daba para más megacontenedores culturales o científicos.
¿Podrían tener sentido estos museos y centros de arte? Sí, si hubiera algún tipo de debate sobre su propuesta, sus formas y sus conexiones con la ciudadanía. Pero no la hay. En un mundo en el que las personas expertas en museografía se están replanteando todo, parece que aquí no nos planteamos casi nada.
Me quedo, casi, con lo que escribió Paul Valéry en 1923. Lo admirable o lo espectacular no tiene por qué estimularnos ni hacernos mejores. “No me gustan demasiado los museos. Hay muchos admirables, con nada deleitable. Las ideas de clasificación, conservación y utilidad pública, que son justas y claras, tienen poca relación con los deleites. Al primer paso que doy hacia las cosas bellas, una mano me arranca el bastón, un rótulo me prohíbe fumar. Enfriado ya por el gesto autoritario y el sentimiento de coerción, penetro en alguna sala de escultura donde reina una confusión fría”.
Que la fría y acromegálica propuesta museística de Santander no nos sumerja más aún en esa fría confusión y que la ciudad no quede fosilizada como decorado en Google Maps de unos edificios que jamás habitaremos.
Sobre este blog
Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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