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Opinión - 'Elogio del buen patriotismo', por Javier Valenzuela
Sobre este blog

Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

La nueva y peligrosa barra del bar

Equipos de rescate y servicios de emergencias trabajan en El Bocal.

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La barra del bar siempre ha sido el hogar de los expertos en la nada. Acodados en el hueco protector del espacio sin límite, los comentaristas del todo han practicado desde siempre el 'opinionismo agudo' sobre cualquier tema que se cruzaba por sus tórridas mentes. Daba —da— igual si se trataba de fútbol, de guerras, de economía o de igualdad. En la barra del bar siempre se tiene una opinión, osada, incontrolable, irresponsable casi siempre, pero ha sido una forma de 'libertad' muy al gusto de la presidenta de la comunidad autónoma que se cree lideresa del país.

El personaje de la barra que da el paso de sentarse en la mesa, pierde fuelle. Es como si hubiera que estar de pie para que las 'ideas' fluyan, para que la boca se convierta en un buzón, para retroalimentarse con otros opinadores de bar. Porque esto de hablar sin tiento no solo es contagioso, sino que logra la multiplicación hasta el infinito gracias al roce con 'los' otros —el masculino lo subrayo porque esta vieja enfermedad afecta especialmente a los varones, aunque haya mujeres que se hayan aventurado a este deporte de riesgo sin riesgos—.

La tradicional barra del bar —que sigue siendo una cancha de juego embarrada para expertos en tumultos mentales— sigue vigente pero tiene unas normas básicas. El que habla lo hace a cara descubierta, todos los que le rodean suelen conocer su nombre e, incluso, su domicilio, y, cuando se pasa de frenada, suele asumir las consecuencias —aunque están terminen en una llamada al 091—.

No ocurre lo mismo en el nuevo opinadero anónimo de internet. Llevo unos días indignado con los denominados como “comentarios” —que se parecen más a los vómitos— que han prosperado como champiñones ante la terrible noticia del accidente en el que murieron seis jóvenes en Santander. En todos los medios de comunicación los opinadores de barra de bar se lanzaron a la barra digital con entusiasmo y sin contención. Ni siquiera les hizo falta leer las informaciones iniciales —y parciales—, en desarrollo, sin muchos datos, para decidir culpables, dictar sentencia, descabezar a unos u a otros, comparar lo sucedido en El Bocal con Adamuz —vaya osadía—, lanzarse de cabeza desde sus estrechas trincheras mentales a fustigar con látigo moralista y vengador…

Qué hartazgo de la sociedad de la supuesta libertad de opinión bajo pseudónimos o nicknames que borran de un plumazo la responsabilidad —moral y penal—, eliminan la huella de las tropelías y permiten los apaleamientos públicos, la difusión de mentiras, la diseminación de prejuicios terribles o el segundo de gloria de un imbécil que, desde su móvil, mientras regresa del curro o después del goce onanista, decide sentar cátedra a punta de eructos.

Creo, sinceramente, que los medios de comunicación digitales deberían plantearse muy en serio limitar los comentarios a aquellas personas que se identifiquen con su nombre completo y su DNI —como se hacía antes en las Cartas a la Dirección—. Todo lo demás es postureo democrático que socava la democracia con cada uno de los comentarios perversos.

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