Okuda no tiene la culpa
Okuda no tiene la culpa del carácter de nuestro tiempo. Okuda no tiene la culpa de la “espectacularización” de la cultura, de la “turistificación” del arte, ni siquiera del “ruido blanco” que pone en primer plano su obra de colorines. Okuda no tiene la culpa de que se haya acuñado el falso término de “industria cultural”, ni siquiera tiene la culpa de los buenos contratos que le ofrecen las autoridades políticas que llenan ciudades y pueblos de obras para el selfie o de carteles gigantes con el nombre de lo evidente por si alguien no puede identificar en un nanosegundo el pueblo de marras donde el instagramer se ha comido un cocido montañés —o donde, al menos, lo ha fotografiado—.
Pero la ciudadanía invisible tampoco debería ser la víctima de tanta estupidez que alimenta la masa visible con su “consumo cultural”, muchas veces sin criterio, casi siempre sin memoria. Anuncian ahora a bombo y platillo un “nuevo” proyecto cultural para la saturadísima ciudad de Santander, donde, en poco años, habrá más museos que centros de salud y más centros de interpretación que realidades que interpretar. Lo “nuevo” no es nuevo, es más de lo mismo. Arte sin memoria ni juicio, titular fugaz, recursos para turistas necesitados de agenda, lo llamativo sobre lo justo, lo espectacular sobre el sosiego.
Será un éxito —si se llega a concretar en el Palacio Cortiguera—, porque queda mucho mejor una foto delante de un mural barroco-postmo lleno de color que ante un pedazo de hueso intervenido por un ser humano prehistórico. Sin duda. Pero la pregunta es qué factura social nos dejará esta tontería de lo llamativo.
Anuncian a bombo y platillo un "nuevo" proyecto cultural para la saturadísima ciudad de Santander, donde, en poco años, habrá más museos que centros de salud y más centros de interpretación que realidades que interpretar
Mientras alguien ha tenido la feliz idea okudesca —y él no tiene por qué negarse a los 15 minutos de fama— dejamos en el camino a los artistas que marcan la historia contemporánea de la creación en Cantabria. Las obras de Jesús Otero se pierden en el magma urbano, no hay un espacio que muestre el increíble impacto nacional e internacional del trabajo de Agustín de Celis o de Gloria Torner o de José Ramón Sánchez o de la mismísima María Blanchard.
Damos con palmas en las orejas por la prometida exposición de la Colección Gelman, pero desconocemos nuestro increíble patrimonio artístico; nos arrodillamos ante cada anuncio espectacular pero muchos de los esfuerzos de la Consejería de Cultura para mostrar la calidad enraizada quedan opacados por el nuevo columpio gigante, el nuevo faro pintado o el teleférico de turno porque eso atrae masas gustosas de tomar foto.
No se trata de rechazar las inversiones culturales, lo que considero es que debemos frenar y pensar de qué cultura hablamos, qué necesita una sociedad para mantener el hilo de la memoria y del sentido. El arte no puede ser un pañuelo de papel que una vez pasado su ciclo termina en la papelera o un señuelo para turistas sin referencias.
Cuando se invierte dinero público en recursos culturales debe estar justificado y, en materia de arte, está bastante claro cuando una obra trasciende al o la creadora y se convierte en patrimonio de una sociedad. Okuda no tiene la culpa de que su novísima aportación al street art aún no haya entrado en esa categoría que se cocina en el fuego lento que niegan las decisiones políticas sin sosiego. El nuevo proyecto que se atreven a anunciar —sin hablar, por cierto, de la inversión de dinero público que supondrá— probablemente no acontezca. Y Okuda no tendrá la culpa, pero sí aquellos que creen haber tenido una brillante —y colorida— idea.
Sobre este blog
Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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