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REGIÓN DE MURCIA

Ibn Arabi, el viajero de los mundos (II)

Tras conocer su vida, nos adentramos en el pensamiento del sufí murciano, más vigente que nunca ocho siglos después

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Ilustración Ibn Arabi

Ilustración Ibn Arabi Alicia Miguel / Murcia

“Existen tantos caminos a Dios como alientos en los seres”, dejó escrito Ibn Arabi.

Para el místico murciano todas las creencias tratan de aproximarse a una única divinidad, cada cual con su visión. Y todas lo logran, de manera parcial.

“Lo que lo hace enormemente actual y capaz de conectar con todas las corrientes de pensamiento modernas es la unidad que concibe en la diversidad de creencias”, afirma Pablo Beneito, profesor del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Murcia y presidente de MIAS-Latina.

En definitiva “Dios está en todas las formas, pero más allá de las formas”.

Según Fernando Mora, autor del libro “Ibn Arabi, vida y enseñanzas del gran místico andalusí”, éste propone “ir más allá de las visiones limitadas de Dios y de la realidad. Permanecer abiertos a una mirada integradora y comprensiva del universo”.

De hecho, afirma Pablo Beneito, en algunos países musulmanes se está utilizando el legado de Ibn Arabi como antídoto “para contrarrestar el efecto nocivo de visiones del islam rígidas y de trasfondo violento”.

Por lo que se refiere al contexto occidental, el sufismo goza de difusión, sobre todo en círculos intelectuales y académicos. Sin embargo, parece invisible al gran foco de la actualidad: Sufismo es comprensión y apertura, lo que parece no encajar en el polarizado y crispado debate público.

“Por intereses políticos y geoestratégicos, se ignora este aspecto del islam, cuando islam, precisamente, significa paz”, lamenta Fernando Mora. “Lo que se hace es como decir que el Ku Klux Klan representa a todo el cristianismo”.

Y concluye: “Los místicos de todas las religiones son quienes de veras tienen una experiencia real de la espiritualidad y a ellos hay que acudir cuando se quiere saber lo que es islam, budismo o cristianismo. Para otros esto son sólo dogmas que siguen por educación y tradición. Lo que cuenta es cómo te relaciones con tus congéneres. Si lo haces con amor y apertura. Eso determina si eres una persona espiritual o si usas la religión con otros fines, casi siempre materiales”.

Todo es Uno

“No existe entre las esencias del mundo supremacía alguna (…) Nada en el mundo es vil, puesto que toda esencia mundana está ligada a una esencia divina que la conserva”, escribió Ibn Arabi.

Para el sufí murciano, “todos los seres y objetos son manifestación de ese ser único que unifica y da sentido a la existencia”, afirma Beneito.

Y en ese Uno que es todo hay armonía: “El universo es un inmenso tapiz en que cada cosa cumple una función única e insustituible. Por muy insignificante que algo nos resulte, es esencial para recomponer esa Unidad. Todo debe ser respetado y tiene su sentido preciso, por extraño que sea”, afirma Ana Crespo, autora del libro “Los bellos colores del corazón”, sobre el cromatismo en el sufismo.

Para entender este concepto de armonía, “no hablaríamos de bondad y maldad, sino de lucidez y sincronicidad” añade Crespo, quien considera que “ese matiz diferencia el sufismo de una visión maniquea” del mundo.

“Todo, dentro o fuera de nosotros, puede ser armonizado, realineado para ponerlo al servicio de su luz, descubriendo, como en un diseño, su lugar necesario y en su tiempo preciso, pues el ser humano es un ser luminoso”, añade.

Arabí no establece una exclusión interior y exterior, materia y espíritu. Explica su dimensión y función, y destaca la importancia del intermundo entre ambos: el mundo imaginal.

La integración de los diferentes planos es necesaria para alcanzar la Unidad, la experiencia de Luz total.

Intuición

“Oh, tú que buscas el camino que conduce al secreto, retorna sobre tus pasos porque es en ti mismo donde éste se halla”.

Con exhortaciones como esta, Ibn Arabi nos invita al autoconocimiento, a mirar en nuestro interior, como modo de alcanzar el sentido profundo de la existencia.

El sabio musulmán considera que la razón, por sí sola, es incapaz de abarcar toda la realidad. La verdad final no puede ser vislumbrada desde la dimensión humana del intelecto.

Para él, la intuición del corazón es el único camino.

Con el fin de desarrollar esta capacidad vislumbradora, el “buscador” debe sumirse en un estado de contemplación profunda, de quietud interior. A este estado el místico lo denomina “el silencio del corazón”.

“Es ese estado de vacuidad, de quietud plena y receptividad total, que tiene mucho que ver con el zen. Te conviertes en un canal a través del cual van discurriendo las ideas, las imágenes, una sabiduría superior”, describe Ana Crespo.

Es un planteamiento que conecta con otras tradiciones espirituales como el budismo y el taoísmo, incluso con el moderno mindfulness, pero también con el misticismo cristiano de Fray Luis de León o Santa Teresa Jesús.

“Hay un mestizaje de creencias incesante entre todas las tradiciones espirutuales”, aclara Pablo Beneito. “Separarlas en orientales y occidentales es una visión errónea”.

Ibn Arabi durante una de sus inspiraciones.

Ibn Arabi durante una de sus inspiraciones.

Mundo imaginal

Estrechamente vinculada a la intuición en Ibn Arabi, está la imaginación.

“No se trata de la imaginación fantasiosa, dispersa, que crea fantasmas o expectativas ilusorias”, matiza Ana Crespo.

Se trata, al contrario, “de una cualidad del Intelecto, precisa como un bisturí, que vislumbra y da forma a las Ideas o esencias”.

Alcanzar este tipo de imaginación requiere “concentración, disciplina, desarrollo personal”, advierte Beneito.

Adentrarse en el camino sufí lleva entonces a percibir de manera consciente la unidad universal, a desarrollar una mirada más allá de lo material, de la percepción sensible.

Con esta capacidad de imaginar, además, el ser humano “concreta ideas espirituales finísimas, llega al núcleo lúcido y creativo del ser”, apunta Ana Crespo.

En Ibn Arabi, la imaginación es, pues, un mundo intermedio entre lo espiritual y lo material, donde lo espiritual se manifiesta en la forma de mensajes, percepciones, visiones.

“Es una idea que está presente en el sufismo desde sus origenes de manera latente”, dice Pablo Beneito. “Podemos rastrearlo incluso en nuestra cultura, en San Juan de la Cruz. Pero Ibn Arabi lo articula y dota de una terminología muy precisa”.

“Creó un manual detallado para viajar por la geografía interna del ser humano, que está ahí para ser utilizado”, afirma Crespo. “En él hay respuesta a cada una de las preguntas”.

Para el asceta musulmán, el cosmos es el propio imaginar de Dios y, mediante estos estados de concentración y contemplación, los humanos pueden sumarse a él, participar en la creación continua del universo, desde el libre albedrío.

La inspiración

“Mis versos no proceden de la reflexión o la intelección. Son inspiración sublime y nunca ha cesado”, escribe Ibn Arabi.

Las concepciones del místico murciano llevan atrayendo a los artistas desde hace siglos.

En el plano general, el sufismo influyó en el romanticismo europeo del XVIII-XIX, principalmente a través de Goethe, quien lo conoció muy profundamente: “Entre oriente y occidente nuestra alma se debe columpiar”, dijo el genio alemán.

En la actualidad, son varias las exposiciones que han reunido a artistas que “cazan” sus imágenes o palabras siguiendo las rutas a lo invisible cartografiadas por el andalusí.

“Interesa tanto a gente que tiene que ver con la espiritualidad como con el arte, porque es muy inspirador”, reivindica Fernando Mora.

Precisamente, Ana Crespo explora este camino en sus creaciones.

“La armonía en el sufismo nace de la integración y del respeto a la cualidad de cada una de las formas”, reflexiona.

Según el sabio andalusí, la gran imaginación creadora del universo nunca cesa de verterlas: “Es como una fuente, no admite la rigidez”.

Al artista corresponde atraparlas y plasmarlas antes de que pasen.

Olvido y recuperación

“La existencia misma es una misericordia para cada cosa existente”, escribió Ibn Arabi.

Tras su muerte, y pese a la difusión que alcanzaron en vida sus enseñanzas, éstas cayeron en el olvido. Con el paso de los siglos, sin embargo, volvieron a la luz.

En realidad, Ibn Arabi siempre estuvo presente en el ámbito oriental, especialmente en Turquía, Persia, China, India. También en el norte de África.

En Europa, en cambio, su nombre se diluyó en la nada. España, donde vivió la primera mitad de su vida, no fue una excepción.

Eso empezó a cambiar a comienzos del siglo XX, con las primeras traducciones a lenguas europeas de sus obras.

Hoy éstas se encuentran ampliamente difundidas en inglés, francés y español, gracias al trabajo de dedicados investigadores.

Pablo Beneito preside la Muhyiddin Ibn Arabi Society Latina (MIAS-Latina), asociación hermana de las ya existentes en Oxford y Berkeley, laica, con sede en Murcia y consagrada al estudio y difusión del legado del sufí: “Es un lugar de encuentro. Queremos ser tan inclusivos y universales como él”.

Pese a su complejidad y hermetismo, los textos de Ibn Arabi desprenden todavía hoy una increíble viveza y profundidad.

“Su doctrina no es algo teórico. Está basada en sus vivencias. Abarca lo cristiano, lo musulmán… hasta al no creyente”, resalta Fernando Mora.

“Si tienes las preguntas, sus textos te hablan, te dan respuestas, son sanadores”, reivindica Ana Crespo.

Eso sí, advierte Pablo Beneito, “hay que acudir a ellos con la disposición adecuada”.

El mensaje de toda su vida y su obra está encerrado en cada uno de los versos que escribió, como aquellos que dicen:

“Profeso la religión del Amor y cualquier dirección que tome su montura. El Amor es mi fe”.

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