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Lo que no te cuentan sobre los complementos alimenticios infantiles

Pérdida de apetito, exceso de calorías y problemas de obesidad, entre los riesgos señalados por los pediatras

"Recurrir a estos preparados es cebar a los niños con pienso", afirma Jesús Martínez, pediatra y autor del libro 'El médico de mi hijo'

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Un grupo de niñas. EUROPA PRESS

Desde unas simples vitaminas hasta un completo preparado con proteínas, grasas e hidratos de carbono. Al buscar “complementos alimenticios infantiles” en Google saltan más de 300.000 resultados, la mayoría de ellos son un extenso catálogo de productos en forma de gotas, cápsulas o polvos que se venden como refuerzos nutricionales para ayudar a “balancear una alimentación irregular” y que se pueden comprar a través de Internet. También se encuentran en supermercados y farmacias.

Como se puede intuir con facilidad, no se necesita receta médica para adquirirlos. Ante la grandísima variedad de estos complementos que comercializan grandes marcas hemos preguntado a expertos pediatras y nutricionistas si deben ser incluídos en la dieta de los niños y cuáles son los mejores. La respuesta ha sido unánime: rotundamente no, ninguno de estos productos reportan beneficios si los pequeños están sanos.

¿Qué son los complementos alimenticios? Según los define la Directiva del Parlamento Europeo que regula su comercialización en los países miembros, son “productos cuyo fin es complementar la dieta normal y consistentes en fuentes concentradas de nutrientes u otras sustancias con efecto nutricional o fisiológico”. Los pediatras consultados aseguran, sin embargo, que “todas las necesidades nutricionales se cubren con una dieta variada”. Todo lo demás “es cebarlos con pienso”, afirma tajante Jesús Martínez, pediatra del Colegio Oficial de Médicos y autor del libro “El médico de mi hijo”.

Las sociedades científicas coinciden en que se está haciendo un uso excesivo de estos preparados en los hogares con niños que comen mal. Los anuncios publicitarios se dirigen a ellos: “Uno de cada dos niños deja comida en el plato”, rezaba un spot publicitario de Pediasure, una de las principales empresas que comercializan suplementos alimenticios. “A los padres y madres les genera ansiedad que los hijos no se acaben todo lo que se pone en la mesa, pero se olvidan de que los niños no siguen un patrón de crecimiento continuo y que comen, en cada edad, lo que necesitan, no hay que forzarles: la madre o padre tiene que ocuparse de la calidad, y el niño o niña pondrá la cantidad”, asegura Jesús Martínez.

José Manuel Moreno, coordinador del Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría (AEP), explica que el periodo más rápido de crecimiento y el que requiere de mayor aporte nutricional es el primer año de vida y en especial los primeros seis meses. En la etapa escolar (entre los 3 y los 12 años) el crecimiento se ralentiza y suele coincidir con el momento en que más problemas ponen los niños para comer, pero “es porque su cuerpo necesita menos energía”.

En la pubertad las cantidades de alimento, recomienda Moreno, han de ser mayores porque “pegan el estirón” y de nuevo necesitan ingerir muchas proteínas y grasas. De cualquier forma, el aporte calórico que precisan en cada etapa de crecimiento está en los alimentos y, si les cuesta comer, un complemento alimenticio no es la solución. Según advierte la Academia Americana de Pediatría, un error muy extendido es creer que aumentan el apetito, pero pueden provocar el efecto contrario.

Pérdida de apetito y trastornos alimenticios

“Cuando se les da un suplemento para aumentar el aporte calórico lo que hacen es ingerir menos cantidad de comida porque el preparado ha cubierto el cupo de nutrientes que el metabolismo necesita”, asegura Jesús García Pérez, presidente de la Sociedad Española de Pediatría Social (SEPS). Un exceso de vitaminas puede saldarse, como mínimo, con un cuadro de diarreas y vómitos, y, a la larga, con problemas de obesidad. “Estos complementos tienen una fuerte carga de edulcorantes, incluidos los 'cola caos' para aumentar la energía, son bombas calóricas que pueden desencadenar en trastornos de alimentación”. Aunque, para el presidente de la SEPS, el verdadero peligro reside en que lleguen a sustituir a una dieta equilibrada o que el organismo del niño se acostumbre a trabajar con estos complementos, de tal modo que al finalizar el tratamiento aparezca la patología.

¿Cuándo sí recomiendan los expertos recurrir a suplementos alimenticios? Sólo si el niño tiene alguna enfermedad crónica o intolerancia, es muy nervioso o padece insomnio (y por tanto gasta mucha energía) o tiene problemas gastro-intestinales. También los niños de padres veganos pueden necesitar recurrir a un complemento de vitamina b12 (aunque sin superar una dosis semanal).

Pero en ningún caso, eso sí, han de administrarse sin pasar por la consulta del pediatra, ya que “aunque la mayoría son inocuos, algunos contienen una elevada dosis de vitaminas que si se acumulan pueden revestir riesgos”, tal y como explicó José Manuel Moreno. “La autoformación no es buena, igual que la automedicación, hay que estudiar cada caso de forma individual”, puntualiza.

Recurrir a complementos alimenticios, en palabras del coordinador de Nutrición de AEP, es “poner un parche y olvidarnos del problema de fondo, que es que muchos niños no saben comer, hay que enseñarles, es un hábito que se adquiere repitiéndolo y viéndolo”. “Nuestros hijos acabarán comiendo bien si se establecen unos horarios fijos, les damos a probar de todo en pequeñas cantidades, recuperamos los viejos hábitos de desayuno, comida, merienda y cena y les enseñamos a disfrutar de la comida sentándonos con ellos a la mesa sin televisores y pantallas. La solución está dentro, no fuera. La gastronomía hace más por la buena nutrición que los consejos nutricionales”, concluye Moreno.

Leches de crecimiento, ¿cuándo y cómo? 

Una dieta equilibrada debe brindar todas las vitaminas necesarias para las madres lactantes y sus bebés. De hecho, tanto la Organización Mundial de la Salud como los profesionales sanitarios están de acuerdo en que la leche materna es la más saludable para el niño, muy por encima de cualquier otro sucedáneo, y el alimento perfecto durante los primeros seis meses de vida. Pero si no hay lactancia, bien porque algún problema de salud incapacite a la madre, o bien porque haya decidido voluntariamente no darle el pecho al niño, sí se debe recurrir a leches de crecimiento para asegurar el aporte suficiente de nutrientes ya que la leche de vaca no debe introducirse en su dieta hasta los 12 meses.

La composición de las leches de crecimiento no se parece a la de un suplemento, porque se trata de un alimento de uso ordinario que se modifica “a la carta” según la necesidad del niño. No son artificiales. Normalmente son muy parecidas a la leche materna y cumplen unos estándares de baja cantidad de proteínas y de hidratos de carbono. No revisten riesgos y pueden ser especialmente útiles a partir del año de edad, complementando la dieta, para alcanzar los niveles adecuados de Omega 3, Hierro y Vitamina D, según el “Decálogo sobre las leches de crecimiento” de la AEP (aunque los pediatras consultados aseguran que esto se puede conseguir introduciendo otros alimentos).

También son útiles para los bebés que se alimentan exclusivamente de leche materna después de los cuatro meses de edad. La razón es que la leche materna contiene poco hierro y existe un pequeño riesgo de anemia. En estos casos, la Academia Americana de Pediatría recomienda administrar 1mg/kg al día de un suplemento líquido de hierro (que contiene la leche de crecimiento) hasta que empiece con los alimentos sólidos alrededor de los seis meses. Si el bebé, por el contrario, toma sólo preparados, lo ideal es recurrir a una fórmula fortificada con hierro que contenga de 4 a 12 mg de este nutriente, desde el nacimiento y durante los primeros doce meses.

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