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Jugueteando con los tópicos

Los tópicos son verdades tan absolutas que, por fuerza, tienen que ser falsas. O al menos no tan verdades. O al menos no tan absolutas. Confiar en ellos es una manera cómoda de afrontar la existencia, pero, al final, empobrece la misma.

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Llevo unos días enfrascado en la obra de Dino Buzzati. Poco a poco, de forma metódica, leyendo todo lo que, creo, anda traducido al castellano. En otras palabras, marchando más allá de 'El Desierto de los Tártaros', esa novela grandiosa y celebérrima que, como veremos, supone el mayor castigo para su autor. Por abrumadora. Por equívoca.

Buzzati es hoy, para casi todos, el autor de una obra de espera, una pesadilla surrealista y cruel, un tormento sostenido y meticuloso entre el sol ardiente y las noches heladas. Buzzati es, sobre todo, el espíritu atormentado, nos cuentan que fue capaz de explicar en forma casi de parábola la angustia vital que se le iba poniendo al siglo XX, justo cuando el siglo XX estaba cayendo en su horror más execrable. El que mejor aprehendió esa necesidad de muerte cuando se mora en una inexistencia de vida. Ese.

Pero uno lee su obra, su obra completa, también 'El Desierto', pero no solo 'El Desierto', y ve que ese no es él. O no siempre. O no solo. Y empieza a vislumbrar aspectos fatalistas en sus escritos, claro, pero unidos, en otros momentos, a una corriente subterránea, casi telúrica, de profunda raigambre celta. Y entonces el de Belluno, la ciudad hermosa, se nos descubre con trazos diferentes.

Aparecen caballos por doquier representando a la muerte, y también un sentido del humor socarrón, irónico a veces, pulido e intelectual, pero descarnado en otras ocasiones, de ese que busca más la carcajada sincera que la sonrisa inteligente. O surge el amor irrenunciable en dos novelas preciosas, brutal la primera, sí ('El gran retrato'), pero delicada y vitalista la segunda, una de las más hermosas declaraciones de pasión que ha parido la literatura italiana en la pasada centuria ('El Amor').

O su tono de cuento de hadas, de relato iniciático para chavales en aquel Bosque Viejo que encerraba un secreto o en la Sicilia que, oh tragedia, era invadida por los osos. Ese también era, ese también fue, Buzzati. Pero de ese nadie habla, nadie le hace referencia. Es el escritor de la angustia, del peligro invisible, seguramente inexistente, que acaba siendo más palpable que la misma realidad. Y ya está.

El primer problema que tenemos con los tópicos es que, como decía Baudelaire, son frecuentemente una verdad repetida demasiadas veces. El segundo, que no niega lo anterior, es que acaban simplificando el discurso.

El primer problema que tenemos con los tópicos es que, como decía Baudelaire, son frecuentemente una verdad repetida demasiadas veces. El segundo, que no niega lo anterior, es que acaban simplificando el discurso. Y entonces Kafka es (que claro que es, pero no solamente) el autor que te agarra las entrañas y te las retuerce con su visión pesimista de la vida, de la misma ontología del universo. Y, oigan, a mí a veces Kafka, especialmente en algún relato, me parece que se disfraza de agorero pero el traje le queda mal, como si él mismo comprendiera que su misma forma de escribir era valor suficiente para entender que allí, en el mundo, podía existir al menos un cachito de belleza (se le debió de perder al final, recuerdo).

Pero no importa, nadie piensa en él así. Como nadie piensa que Pynchon sea un escritor divertido en el más amplio sentido de la palabra (lean 'Al límite', por no caer en sus novelas mayores, y después cuéntenme… es desternillante), o que Joyce sea un epítome de irlandés que escribe páginas juguetonas y bulliciosas (porque 'Ulysses' no es solo ese libro que ustedes dicen que han leído para hacerse los interesantes, sino una obra brutalmente humorística y descarnada) o que, en definitiva, Osvaldo Soriano sea otra cosa que un buen generador de cuentos de fútbol (y ese es el problema de quien gasta su tiempo en escribir profundo sobre cosas ligeras y en dibujar ligero sobre temas profundos, que a uno acaban por no tomarle en serio).

Es el destino de los tópicos, de las verdades que, de tan repetidas, se tienen por ciertas (siéndolo) e incluso por únicas (que es, quizá, lo único que nunca puede ser una verdad). Y no crean, no crean que solamente es algo que afecte a la literatura. Ojalá, porque la literatura, que es más que la vida, nunca puede ser lo único en la vida. Pero no. Salgan, salgan ahí afuera. En Cantabria, les dirán, siempre llueve. Y eso es así, aunque llevemos unas jornadas de viento sur que a mí, particularmente, amenazan con volverme loco (y, por descontado, juguetean malévolamente con mis frases, que se maquillan tristonas y confusas a partes iguales).

Pero, ya saben, en Cantabria llueve, las ciudades Smart son más inteligentes (¿de verdad? ¿y las que no lo son se quedan estúpidas? ¿y los pueblos? ¿alguien ha pensado en los pueblos?) e incluso las rotondas se vuelven turbo, como la bebida de cacao o el coche tuneado de mi amigo Quillo, y son mucho más rápidas, más efectivas, más, sí, Smart. Aunque no lo sean, que yo ya he visto algunas dudas en ellas que harían las delicias del mismísimo Descartes.

Y no les digo ya la política (¿se han enterado de que hay elecciones dentro de poco?) que es el reino de los tópicos, las verdades asumidas y los titubeos incómodos. Y allí los que son de derechas no dan una a derechas, los que buscan el centro acaban descentrados y escorados por la marea (normalmente a estribor, que es donde más caladeros, placeres los llamamos en Cantabria, existen), y los de izquierdas a veces parece que se hayan levantado con tal pie. Y entonces muchos se fían del tópico y lo fían a la verdad asumida, unívoca. Con lo feas que se ponen las verdades cuando las miras solo desde un punto de vista, en una foto fija, todo arrugas, granos y mala cara…

Y no. Porque Buzzati es alegría, es anhelo de existencia, es amor, caricia y risa. Buzzati es también lo otro, lo que todos sabemos, pero no solamente. Y, quizá, en esa diferencia, en esa dualidad, radique su verdadera riqueza. Mutatis, mutandi, ya me entienden, con el asunto de lo asumido como universal. Puede que sea así, claro. O, a lo mejor, es solo el viento sur, que nos pone a todos un poco nerviosos…

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