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Terroristas sin turbante

Parece que el miedo occidental se supera con un black friday y que los terroristas sin turbante pueden hacer de las suyas sin ocupar primera página. La ceguera se extiende

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Cargill's Problems With Palm Oil, por Rainforest Action Network en Flickr con licencia Creative Commons by-nc/2.0

Hace unos días, un joven cantero que ha descubierto la lectura de forma tardía pero voraz, necesaria, incontenible, me decía que todos los seres humanos deberían leer una vez en su vida 'Ensayo sobre la ceguera', de José Saramago. Estoy de acuerdo: de algún modo, todos deberíamos tener derecho a leer nuestro expediente médico antes de ser entubados y perder la consciencia (si es que alguna vez la hemos tenido).

Hace dos semanas nadie se atrevía a reunirse en un espacio público por si cuatro yihadistas armados de captagon y fascismo decidían amargar la fiesta con un cinturón forrado en explosivos. Este viernes, nuestra ciudad, como la mayoría del autodenominado Occidente, se llenaban de ciegos consumidores atraídos por una fecha que la mayoría no entiende (es lo que tiene el inglés) y salivando ante el estímulo publicitario mejor de lo que Pávlov pudo determinar en sus estudios sobre el sistema central nervioso. Sólo despertamos de las pesadillas ante una buena oferta comercial y sólo abrimos los ojos ante tanta ceguera para ver la última goleada del Barça. 

Mientras, mientras llenábamos los bolsillos de Indetex y otros dignos emprendedores, los terroristas masivos seguían haciendo de las suyas. No me refiero al Estado Islámico (origen y fin de todo mal según columnistas locales ignorantes y analistas internacionales bien alimentados), sino a los terroristas que no duermen y que no necesitan drogas de estimulación para continuar con sus pérfidas operaciones.

En Brasil, por ejemplo, llevamos desde el 5 de noviembre viendo el recorrido de una bomba de mercurio, arsénico, cromo y manganeso que ha arrasado 500 kilómetros del río Doce y toda la fauna y flora que en él habitaba y que ya está contaminando el océano Atlántico. Los terroristas son empleados de dos empresas de gran reputación, las mineras Vale (megaempresa pública brasileña) y BHP Billiton (anglo-australiana). Los informes, que han merecido menos prensa que el posible hallazgo de una cámara oculta junto a la tumba de Tutankamón, nos indican que no hay ningún detenido por este atentado de magnitudes similares a las de Fukushima, pero para tranquilidad de diputados y compradores del black friday sí están encarcelados cinco de los ecologistas a los que se les ocurrió la peregrina idea de protestar ante el Congreso brasileño por el ecocidio.

A Brasil no le hubiera pasado esto si hubiera hecho lo mismo que las autoridades francesas que, aprovechando el guirigay tras los atentados de París, detuvo preventivamente a 24 ecologistas extremadamente tendentes a la protesta para evitar líos durante la falsa cumbre del clima que allí se celebra. De nada sirvió... otros 3.400 seres radicales –deben serlo si salieron a protestar en lugar de ir a comprar- salieron ayer a protestar y la policía "se vio obligada" a gasearlos en nombre de la república y de la pinche marsellesa.

Los terroristas sin turbante generan más dolor y daños irreversibles que los que se inmolan en nuestras terrazas y discotecas. No son peores, pero tiene carta blanca y no hay policía que los persiga

Lejos de París, en la mina de Pueblo Viejo (República Dominicana), los terroristas internacionales que actúan bajo las siglas de Barrick Gold y GoldCorp mantienen un férreo control sobre la información que se filtra sobre la explosión de dos de sus tres motores de la planta de oxígeno. La sociedad civil habla de derrame de cianuro, pero ni el gobierno ni las multinacionales del terror forrado en oro están dispuestos a renunciar al negocio por tan nimio detalle.

Los terroristas no descansan. Y no conocen fronteras. Muy lejos del Caribe, en las islas de Sumatra y Kalimantan (Indonesia), se llevan contabilizados 117.000 incendios en lo que llevamos de año. El desastre ecológico y humano (muerte por intoxicación, colegios cerrados, alta contaminación...) no es natural, sino que es fruto de la necesidad de las empresas multinacionales terroristas de aceite de palma de más terreno sin selva para poder producir algo que llevan casi todos los productos alimenticios industriales que ustedes le compran a sus hijos en el supermercado. Estos si son asesinos inteligentes: inoculan su veneno en cada Kit Kat que nos comemos y con cada uno de nuestros bocados logran hacer desaparecer a cientos de personas y miles de hectáreas en Indonesia.

Los terroristas sin turbante generan más dolor y daños irreversibles que los que se inmolan en nuestras terrazas y discotecas. No son peores, pero tiene carta blanca y no hay policía que los persiga ni controles aeroportuarios que los frenen (ellos viajan en primera clase). Si, como escribía la semana pasada, creo que a veces sufrimos de miedo mal documentados, de lo que sí estoy seguro es de que erramos en la identificación de los enemigos: se nos escapan demasiados en el alboroto cotidiano e intencional de los grandes almacenes y de las pequeñas miserias.

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