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El horóscopo del nuevo año

El año nuevo no existe, o casi. En realidad no es más que una convención humana que pretende enmarcar el tiempo dentro de unos parámetros que, en la vida, no llegan siquiera a la categoría de anécdota.

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Desde hace algún tiempo adopté dos costumbres para recibir al nuevo año. La primera es intentar por todos los medios empezarlo de vacaciones, algo así como un indolente desafío al destino. La segunda es negarme a formular nuevos propósitos porque esta puñetera vida me ha demostrado que el tiempo no es más que una convención humana que nos limita, no solo en el plano físico, sino también en el plano mental.

Si lo pensamos, el día 1 de enero es tan absolutamente igual de anodino, maravilloso o insufrible como el 14 de mayo. Mi argumento es que nada hace diferente a un conjunto de 365 días de otro. En realidad, este calendario marca la traslación de la Tierra en torno al sol, pero si lo contemplamos con la perspectiva de los millones de años en los que lo lleva haciendo, el cambio de año no llega siquiera a la categoría de anécdota.

Lo sé, soy un poco aguafiestas, pero me subleva depositar nuestra fe en un propósito por el solo hecho de enmarcarlo mañana y no hoy, el año que viene y no este. Si usted le pide al nuevo año que le traiga trabajo, me temo que se lo está pidiendo a la luna; si le ruega al 2016 que por fin ponga en su vida a esa persona especial que tanto anhela, se lo está pidiendo a los peces de colores. Si el año que está a punto de comenzar es su gran esperanza en la bonoloto, mejor cómase una buena mariscada.

Sostengo que somos los seres humanos a través de nuestra voluntad los que mejoramos nuestras vidas y me niego a aceptar un mundo gobernado por el azar. Si es trabajo lo que desea, fórmese adcuadamente, redacte su currículo con esmero y pelee por entrar en esa empresa que tanto le atrae. Si lo que ilumina su vida es esa mujer con la que se cruza cada mañana en el autobús, deje de confiar en el destino y dígale buenos días.

Sostengo que somos los seres humanos a través de nuestra voluntad los que mejoramos nuestras vidas y me niego a aceptar un mundo gobernado por el azar.

Contra la bonoloto no le puedo dar fórmulas porque yo, sencillamente, la odio. Me niego a entregar mis ilusiones al día en que me toque. Le soy yo más esquivo al premio que el premio a mí, esa es mi única venganza. Ya sé que no me vas a tocar, mamón, por eso no te compro.

Para coronar este panorama de fin de año están los horóscopos, las conjunciones astrales, los cuerpos celestes que modifican sus trayectorias coincidiendo con los momentos álgidos de nuestras vida. Claro, como la luna estaba en Orión, rocé el coche con aquella columna al aparcar. Como Venus salió de su cuadrante, mi novia me dejó plantado a la puerta del cine.

Les contaré un secreto para que se rían de los horóscopos con la misma irreverencia que yo. Hace muchos años, en una galaxia muy lejana, cuando yo era una joven e inquieto periodista, trabajaba en un diario que estaba a años luz de distancia de Cantabria. Uno de mis compañeros más apreciados era Riera, el redactor de cierre. Era un tipo especial, un periodista de la vieja escuela que sobrevivía depués de mil batallas personales, dentro y fuera de la profesión.

Entre las labores de Riera estaba elaborar diariamente el horóscopo, trabajo que desempeñaba con gran pulcritud y no poco misterio. Manejaba al menos unos cuantos libros en los que se documentaba. Pero inevitablemente, un día surgió el problema: Riera estaba en la cama con 40 de fiebre, sudando una molesta gripe. Su trabajo como redactor de cierre quedó rápidamente solventado designando a un sustituto, pero las cosas se complicaron con el horóscopo.

A las seis de la tarde, nadie en la redacción había querido asumir la sagrada misión de redactar los horóscopos del dia siguiente porque todos nos confesábamos ignorantes en asuntos tan serios y trascendentes. Finalmente, con el personal del taller aullando porque el periódico no terminaba de entrar en la rotativa, alguien tuvo la brillante idea: cojamos el periódico de hace seis meses y cambiemos Tauro por Piscis, Géminis por Cáncer y Leo por Sagitario. A falta de revelaciones astrales más concluyentes, pusimos manos a la obra y el diario llegó por los pelos a los kioskos en su horario habitual y con el flamante horóscopo en sus páginas.

No pasó nada. No cundió el caos. No podíamos fallar, porque sabíamos que a los lectores de horóscopos, lo mismo que a los fontaneros, a los médicos, a los taxistas, a los periodistas, a cada uno de nosotros… solo nos preocupa nuestro propio destino y jamás leemos el de los demás.

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