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Luis Miguel Urruñuela - Director de la Asociación Berriztu

"No tiene sentido bajar la edad penal con los recursos tan potentes que tiene Euskadi en justicia juvenil"

Luis Miguel Urruñuela, director de la asociación Berriztu, especializada en el tratamiento de menores infractores, asegura que enseñar a los menores infractores el valor del ‘no’ es la mejor ayuda que se les puede ofrecer

"Hay que castigar, pero siempre con la mirada puesta en reeducar", sostiene Urrunuela tras el impacto causado por el homicidio de un exjugador del Amorebieta a manos de dos menores de 13 y 16 años 

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Luis MIguel Urruñuela, director de la Asociación Berriztu, especializada en el tratamiento de menores infractores.

Luis MIguel Urruñuela, director de la Asociación Berriztu, especializada en el tratamiento de menores infractores.

El homicio de Ibon Urrengoetxea hace una semanas en Bilbao  a manos de dos menores de 13 y 16 años ha sobresaltado a Euskadi.  Luis Miguel Urruñuela, director de la Asociación de Berriztu, que gestiona centros de justicia juvenil, de internamiento y de protección de menores con problemas de conducta en Euskadi y Navarra, asegura que se trata de un caso excepcional. Según Urruñuela, la mayoría de los menores infractores sale adelante y se reconduce porque en su naturaleza no está el delinquir. Salvo un pequeño porcentaje que es refractario a todo. Urruñuela, que conoce el día a día de lo que significa sacar adelante a un menor infractor y reintegrarlo en la sociedad, considera que "no tiene sentido bajar la edad penal con los recursos tan potentes que existen en Euskadi en justicia juvenil".

Ver a dos menores de 13 y 16 años implicados en la muerte de una persona ha sobresaltado a la sociedad vasca, que ahora busca respuestas.

Se trata de un caso excepcional ver a un menor de 13 años implicado en un homicidio violento. Es la primera vez en Euskadi y en Navarra que se da un hecho de este tipo. Con más mayores sí se ha producido algún caso, pero muy pocos. Lo primero que  quiero es dejar constancia de nuestra solidaridad con las víctimas, que a menudo son las grandes olvidadas en los dramas.

Cuando un especialista en tratar con menores conflictivos se encuentra con un caso de estas características, ¿qué hace?

Trabajamos con la realidad más compleja, que es el ser humando. Quitar aprendizajes negativos e inculcar positivos resulta muy complicado. Los educadores enfocamos hacia la persona. Si nos fijáramos en el problema estaríamos abordando el asesinato. Es lo mismo que una víctima de violencia de género, solo veríamos a esa persona como víctima. Venga quien venga, haya hecho lo que haya hecho, se trata de una persona en su integridad. Durante un mes le observamos desde todos los ángulos posibles.

Y en el caso de un niño de 13 años, ¿qué se puede ver?

Se corre el riesgo de tratarle como ‘pobrecito, él también es una víctima’, pero en el caso que nos ocupa no se trata de un ‘angelito’. Hay que ser realistas porque las estaba liando muy gordas. Lo primero que se hace en los centros de justicia juvenil y en los de menores es rediseñarles el contexto. Eso significa que el espacio y el tiempo se les cambia de manera radical. Es como fijar nuestras condiciones ambientales para poder trabajar. Cuando hablo de espacio y tiempo me refiero a la habitación, lugares a los que puede entrar, momentos en los que debe hacer una cosa. Lo rediseñamos a favor de nuestra labor educativa. Lo siguiente es abordar aprendizajes básicos: las normas que son obligatorias y el respeto a la autoridad, que te marca los límites y te dice que no. El menor tiene que ver que el educador es autoridad suficiente para marcarle los límites y que no va a dimitir de su responsabilidad. Después se le inculcan una serie de valores, como la responsabilidad. Donde realmente nos la jugamos es en la relación, el estar a las duras y a las maduras. Ven que nos importa todo lo que hagan. Les marcamos los límites con firmeza y cercanía. Es una cualidad que los educadores tienen que entrenar. Y, sobre todo, enseñar a los chavales que la palabra ‘no’ existe y que al decírsela les estamos ayudando. No han aprendido el valor del ‘no’ y es una de las mejores ayudas que podemos ofrecerles.

Parece claro que a este tipo de menores sus padres no han sabido decirles que 'no' ni hacerse respetar o no han querido hacerlo.

La responsabilidad se reparte. Lo primero es el individuo, después está la familia, pero también está el resto de la sociedad. Los chavales implicados en el homicidio no se dedicaban a robar para comer, sino que robaban para tener, para gozar, para disfrutar de manera momentánea. ¿Eso quién se lo ha enseñado? ¿La familia? La familia no le ha enseñado valores positivos, pero no le ha enseñado a robar para gozar.

¿Y esto cómo se previene?

Hay un refrán africano que dice: “para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Imagina un semáforo. Estás con tu hijo esperando a que se ponga verde para poder pasar, pero como no circulan coches en ese momento el resto de peatones pasan en rojo. El chaval está viendo en ese momento cómo se rompen unas normas.

Pero si unos padres velan por sus hijos, les acompañan, les educan en valores, les dan una formación integral será más difícil que terminen  convirtiéndose en delincuentes.

Pues a pesar de eso, algunos chicos se convierten. Es cierto que si se da ese factor de protección de la familia, el menor tiene más posibilidades de no ser delincuente. Pero no dejan de ser factores Yo he visto de todo. Cuantos más factores de protección tengan, mucho mejor, pero no lo fiaría todo a la familia. La sociedad y la escuela tienen mucho peso.

Lo primero que se hace en los centros de justicia juvenil y en los de menores es rediseñarles el contexto. Eso significa que el espacio y el tiempo se les cambia de manera radical.

Pero si un niño con 14 años no le da la gana ir a la escuela, ¿qué tienen que hacer los padres?

Nosotros lo conseguimos o, al menos, logramos que se lo tomen en serio. Sometemos a los chavales a programas individuales y muy intensos. Los centros en los que trabajamos acogen pocos chavales porque de lo contrario no podríamos trabajar. Nunca aceptamos más de 50 en un centro para ofrecer calidad. Vamos a ayudar a los chavales aunque ellos no se dejen ayudar, deben saber que siempre vamos a estar ahí, que si no se levantan de la cama nosotros les vamos a levantar. Hay que estar dispuesto a implicarse e ir más allá de lo que exige la profesión.

¿Es reconducible la situación de los dos menores implicados en el homicidio de Ibon Urrengoetxea?

Sí, soy optimista. La mayoría de los chavales lo consiguen. El nivel de reincidencia de los delincuentes juveniles es relativamente bajo. Empiezan con 13 años y a los 19 se ve que no son realmente delincuentes, que no está en su naturaleza, salvo un porcentaje reducido que resulta refractario a todo. Con un programa intensivo, con una relación educativa potente se logra sacar a los chavales adelante.

El juez de menores con más experiencia de España, Emilio Calatayud, comenta que no hay condena más dura para un menor delincuente que obligarle a sacarse la ESO.

Es verdad porque implica disciplina, responsabilidad, esfuerzo….

El homicidio de Ibon Urrengoetxea ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre la edad penal. ¿Es adecuada la edad penal a los 18 años y a los 14 para poder ser juzgado?

¿Dónde está el límite? Depende cómo se afronte el tema. Si se afronta desde las tripas se puede bajar a los cero años, pero si lo haces con cabeza y desde la parte más moral creo que la legislación actual es adecuada. Porque por debajo hay algo. Es decir, en Euskadi los servicios de justicia juvenil son como los quirófanos de los hospitales: gente especializada, preparada, con recursos muy buenos, los mejores de España. Si hay buenos centros, buenos equipos y buenos centros forales se puede funcionar bien. Si no hay nada, los chavales con pequeños delitos no tenían ninguna posibilidad. Hoy en día, hay centros preparados para atender a chavales muy jóvenes por orden judicial. Son centros de contención con normas de autoridad muy claras. Es la respuesta que ofrece la sociedad y yo creo que es la adecuada.

En el caso de los dos menores implicados en el homicidio, ¿se puede reparar el daño causado sin recurrir al internamiento cerrado?

Imposible. Eso se aplica para delitos menores o faltas. De hecho, los programas de justicia juvenil han subido mucho. Se reconoce el daño causado y existe una cierta reparación, desde escribir a la víctima a trabajar en beneficio de la comunidad. Para determinados delitos y faltas funciona muy bien porque se puede arreglar el problema sin que entre la justicia retributiva. La historia de la mediación es muy potente. Se trata de aleccionar más que castigar. El castigo se queda en eso, un castigo. A veces hay que castigar, pero siempre reeducando y dando oportunidades. Hay que combinar derechos y deberes.  

 

 

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