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Tener ilusión y ser iluso no es lo mismo

La estupefacción social viene porque algunos alejaron los pies del suelo, se pusieron a volar, a soñar, sin entender que hay que despertar. Y porque el resplandor del éxito les cegó.

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Por mi profesión suelo trabajar en planes estratégicos para empresas. Una de las claves de éxito en dichos planes se basa en el establecimiento de los objetivos a cumplir por la organización. Éstos deben de ser ambiciosos, desafiantes para la organización, pero también realistas que partan del escenario de origen. Como diría el bueno de Gramsci hay que combinar el optimismo de la voluntad con el pesimismo de la razón.

Si esta lógica estratégica se hubiese llevado a cabo en Unidos Podemos ahora no estarían en el estado de shock anímico en que se encuentran. Ni tendrían que dedicarse a quitar las malas hierbas. Situaron los objetivos electorales muy altos, su líder verbalizó que estaban cerca de superar al PP. Su resultado fue similar al del diciembre. Tuvieron dos puntos porcentuales menos y mantuvieron sus escaños. Sin embargo, lo consideran un fracaso.

Podemos es una fuerza política con poco más de dos años de existencia. Irrumpió en las elecciones europeas del 2014, cosechó alcaldías muy importantes en mayo del 15 y en la actualidad es una de las cuatro fuerzas significativas en el ámbito estatal. Al igual que Ciudadanos aprovechó la oportunidad de entrar en el hueco social que el PP y el PSOE le habían dejado libre. Propugnaron la regeneración política ante unas instituciones muy fatigadas. Así pues, desde mi punto de vista, nada de fracaso. No obstante, confundieron la ilusión con lo ilusorio.

Por otro lado, una parte de la ciudadanía también se encuentra noqueada por el resultado electoral obtenido por el PP. Cayeron en las quimeras electorales propuestas por algunos. Se olvidaron de la realidad política española.  En las elecciones generales del 2011, el Partido Popular obtuvo 11 millones de votos. Esa cifra de votos se aproxima a la suma obtenida por el PP y Ciudadanos en las elecciones generales del 2015 y del 2016. Es decir, no ha habido ningún trasvase significativo de identidades ideológicas. Entre otras cosas, porque las personas que votan opciones de derecha o centro derecha no desaparecen; ni se vuelven podemitas o socialistas de repente. Están ahí, y con ellas hay que convivir; incluso buscar puntos de acuerdo.

El problema de la actual sociedad es que perdemos la perspectiva del otro; la panorámica de la pluralidad.

El problema de la actual sociedad es que perdemos la perspectiva del otro; la panorámica de la pluralidad. Existe un proceso de ceguera social. Nos agrupamos y nos encerramos en nosotros mismos. Las redes sociales, los periódicos, las emisoras que consumimos; los amigos y circuitos sociales que elegimos reproducen nuestro yo y minusvaloran lo ajeno. Evitamos mezclarnos con aquellos que no son como nosotros. Como no los queremos ver, no nos damos cuenta de que existen. Sin embargo, a la hora de votar nos tenemos que mezclar en las urnas. Uno de los pocos espacios públicos comunes que existen. Cuando éstas se abren, nos damos cuenta de que también existen personas que piensan diferente a nosotros. Personas que tienen otra lógica social, otros valores sociales. Como diría el poeta: “Tu verdad no; la verdad y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela.”

En fin, muchos han salido noqueados de estas elecciones. No tanto porque los resultados hayan sido increíbles que no lo han sido. Más o menos han sido los mismos que hace seis meses. La estupefacción social viene porque algunos alejaron los pies del suelo, se pusieron a volar, a soñar, sin entender que hay que despertar. Y porque el resplandor del éxito les cegó.

 

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