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Juventud y lectura

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“Más libros, más libres”. (E. Tierno Galván)

Hace unos días, sonreía al conocer la noticia que desde el Observatorio Vasco de la Juventud se lanzó a los medios: Crece la lectura por ocio entre la juventud vasca menor de 20 años. “Parece que empiezan a cambiar las tendencias” me dije, mientras leía con avidez el desarrollo de la noticia, quizás esperando alguna contraindicación que enfriara mi entusiasmo. Pero no, el resto era aún mejor: se insistía en el concepto de lectura de ocio, porque se excluía el resto de lectura realizado por trabajo o estudios, con lo que se desarmaba también a los escépticos que hubiesen argumentado que el mérito de los/as jóvenes no era tal al corresponder con el tiempo de estudio.

Más aún apuntalaba la noticia: El porcentaje de lectura voluntaria es mayor en el colectivo joven que en la población vasca en general, que se queda en un 42%, según los resultados de la encuesta  “Hábitos y prácticas culturales”, realizada por el Ministerio de Educación y Cultura en 2014-15. A tenor de estos datos y compartiendo la creencia popular que otorga a la madurez, además de las canas, el gusto por la lectura, podemos imaginarnos unas próximas  décadas fructíferas en acontecimientos culturales.

La encuesta, realizada por el Observatorio de la Juventud sobre una muestra de 1.500 jóvenes, también resalta el prototipo de mujer lectora entre 15 y 19 años como el más reconocible, aunque ha crecido de forma notable el segmento masculino respecto a la misma encuesta del 2012. En conclusión, el 54% de la juventud de 15 a 29 años lee por placer y 2 de cada 10 escriben como actividad artística. Una noticia positiva se mire por donde se mire.

Por eso, los y las profesionales educativos tenemos que sentirnos contentos.  Porque se consigue pese a la pertinaz lluvia fina –cuando no borrasca intempestiva- que ejerce la cultura tecno-científica en la sociedad actual. Los desvelos empresariales por formar básicamente trabajadores/as que sientan y vivan en clave productiva, olvidándose de esa formación humanística tan necesaria que completa al ser humano. Nussbaum advierte de forma contundente  “ Las humanidades y las artes están siendo eliminadas en momentos en que las naciones deben cortar todas las cosas inútiles con el fin de mantener su competitividad en el mercado global, éstas están perdiendo rápidamente su lugar en los planes de estudio y también en las mentes y corazones de padres y niños.”[1]

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De ahí nuestra satisfacción, porque este incremento de la lectura entre los/as adolescentes ayudará a completar otras tareas formativas que quedan fuera del ámbito formal escolar. Apuntan correctamente los expertos cuando evidencian la relación entre familias con buenas actitudes hacia la lectura y el mayor nivel de competencias del alumnado, tanto a edad temprana como durante la adolescencia. Es necesario, por tanto, potenciar el papel de la familia y de sus hábitos lectores con actuaciones diversas, como la inclusión en los programas formativos dirigidos a padres/madres de contenidos relativos sobre la lectura en familia y la apertura de bibliotecas escolares a la comunidad educativa en general [2] (una práctica muy extendida ya en Euskadi), a las que añado la participación de las familia en las tertulias dialógicas, a través de las comunidades de aprendizaje, por ejemplo.

De lo que se trata es de sustentar de forma permanente este deseo de leer entre la juventud para que este repunte mencionado no se convierta en flor de un día. Son muchos los merodeadores que intentan continuamente reducir este hábito a las cavernas.  J.A. Marina,  preocupado por la pérdida de importancia de la lectura en 2005, apuntaba algunos, como la incidencia de las nuevas tecnologías y la errónea creencia de que la lectura no se alineaba con el prestigioso conocimiento científico[3].

Los/as educadores/as debemos advertir a la sociedad a la que servimos que  al otro extremo de la lectura está el desarraigo de la ignorancia, otra forma de esclavitud para quienes desechan el saber, el conocer, y sólo santifican el utilitarismo económico. Tenemos que elogiar la lectura, como  lo sugieren dos entusiastas de esta actividad cultural: Marina, quien destaca su gran poder de nivelador social, “… puede ser (la lectura) una actividad tan revolucionaria como la distribución de la riqueza. Permite la redistribución de la cultura”. Y Pérez Reverte, quien cree que la lectura ayudará a esa juventud a vivir en el futuro. “Les proporciona analgésicos para soportar el dolor, armas para combatir, mecanismos para comprender. Pone a su disposición esos tres mil años de cultura, de ciencia, de experiencia y de memoria”[4]. 

Pero no todo es positivo. Demos la vuelta a la noticia: según la encuesta mencionada del Ministerio de Educación del año 2014, casi 46.000 vascos/as reconocían no  tener ningún libro en su casa. Probablemente se preguntarán ¿para qué?  Quizás sea conveniente recordarles la respuesta de Daniel Pennac[5]:

“¡Hay que leer, hay que leer! Para aprender, para sacar adelante nuestros estudios, para informarnos, para saber de dónde venimos, para saber quiénes somos, para conocer mejor a los demás, para saber a dónde vamos, para conservar la memoria del pasado, para iluminar nuestros presente, para aprovechar las experiencias anteriores, para no repetir las experiencias de nuestros antepasados, para ganar tiempo, para evadirnos, para buscar un sentido a la vida, para comprender los fundamentos de nuestra civilización, para satisfacer  nuestra curiosidad, para distraernos, para informarnos, para cultivarnos, para comunicarnos, para ejercer nuestro espíritu crítico”.

Si tras este alegato no corren a una librería o biblioteca es que…¡no son jóvenes!

[1] Nussbaum, Marta. Medellín, Colombia 10 diciembre 2015.

[2] Gil Flores, Javier, Revista de Educación, 2009

[3] “La magia de leer”, Plaza y Janés, 2005

[4] “El valor educativo de  la literatura” El País, 29-10-2015

[5] “Mal de escuela”, 2007

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