eldiario.es

Menú

Resaca agridulce en París

- PUBLICIDAD -

Después de cientos de reuniones y de muchos tiras y aflojas, por fin se ha conseguido aprobar el Acuerdo de París sobre el clima. Un acuerdo que pretende luchar contra el cambio climático que ya se ha empezado a manifestar y que, aunque no lo percibamos en nuestro día a día, ya está afectando a millones de personas en todo el planeta. El balance, una vez analizado el acuerdo, no es tan negativo como podría haber resultado, pero desde luego resulta a todas luces insuficiente para atajar un problema tan serio y complejo como el cambio climático. Es un paso más, es cierto, pero serán necesarios esfuerzos más ambiciosos a futuro para poder garantizar que las próximas generaciones puedan disfrutar de una vida digna en nuestro -único- planeta.

Demasiados intereses, tanto nacionales como de grandes empresas y lobbies, han condicionado el acuerdo sellado en la COP21. Una Cumbre que además ha estado marcada por los atentados yihadistas del pasado mes en la capital francesa, lo que ha evitado que la presión popular, expresada a través de ONG y organizaciones ecologistas de todo el mundo, haya estado presente para contrarrestar el poder de los lobbies empresariales que representan a los productores de energías sucias y contaminantes. Los estados nación, tanto los países ricos como los menos favorecidos y que más tienen que perder en el presente escenario climático, han hecho un esfuerzo ambicioso, eso es innegable. Pero no es suficiente.

Como aspectos positivos del acuerdo podemos destacar dos: el compromiso de reducción de la temperatura global entre 2 y 1,5 grados para el 2100 y el compromiso de aportaciones de los países más ricos, aquellos que nos hemos beneficiado con uso (y abuso) de los combustibles fósiles. Son puntos que quedan bien en los titulares de prensa, pero que no son suficientes para revertir un fenómeno tan complejo como el cambio climático. Nuestro planeta no tiene termostato, no podemos arriesgarnos a jugar en el filo de la navaja con cifras que quizá no signifiquen nada en la realidad, ya que el clima es algo tan complejo que ni los más avezados expertos ni sus elaboradas simulaciones de escenarios futuros pueden predecir con exactitud. Hay que ser mucho más ambiciosos si queremos jugar con un margen de seguridad, algo que este acuerdo no garantiza. Y es que no han quedado suficientemente bien definidas las herramientas destinadas a garantizar el cumplimiento de aspectos claves del acuerdo, sobre todo en temas de financiación y de revisión de objetivos a corto y medio plazo.

El lobby extractivista ha impedido que en el acuerdo se refleje la necesidad de descarbonizar la economía, es decir, de cambiar el modelo actual y dejar el resto de combustibles fósiles enterrados para siempre. Es inevitable que esto suceda tarde o temprano, pero posponerlo solamente beneficia espurios intereses privados. A pesar de que ya hemos superado el pico de producción del petróleo crudo y que no tardaremos en hacerlo con el gas natural, la desinversión o reorientación de las inversiones financieras de las energías fósiles hacia las energías limpias que propone el acuerdo es insuficiente para frenar el cambio climático. Y más aun cuando el acuerdo no incluye ni el transporte aéreo ni el marítimo. Aun tendremos que ir a peor antes de comenzar a ir a mejor. Y, esto no ha cambiado, el tiempo corre en nuestra contra. Otro punto negativo del acuerdo es que deja fuera temas como los Derechos Humanos, la igualdad de género o la transición justa, aunque se mencionen en el Preámbulo. Luchar contra el cambio climático significa luchar por la democracia y por la justicia social, algo que han conseguido obviar quienes defienden los intereses de los países más contaminantes y las grandes empresas multinacionales.

Queda en manos de la ciudadanía el exigir a todos esos políticos, desde alcaldes a presidentes de gobierno, que han acudido durante estos día a París a hacerse la foto, que se profundice en la lucha contra el cambio climático. Y queda en manos de los partidos verdes, de las organizaciones ecologistas, de las ONG, de quienes defiendes los Derechos Humanos, la labor de despertar la conciencia de la gente para que pueda empoderarse frente a quienes nos llevan a rozar el abismo por salvaguardar durante más tiempo sus intereses económicos. La pelota está ahora en nuestro tejado, de nosotros depende que la presión ciudadana fuerce a tomar el camino correcto cuanto antes.

- PUBLICIDAD -
- Publicidad -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha