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“Resiste, Pablo”

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Parece que fue ayer y, sin embargo, es hoy. Ese antisocialismo que Pablo Iglesias comparte con Mariano Rajoy no se diferencia demasiado del que Aznar compartía con Julio Anguita. Si, para Pablo Iglesias el adversario a batir es Pedro Sánchez, para Julio Anguita lo era Felipe González. Antes, con el aplauso unánime del Partido de Aznar. Ahora, con una indisimulada satisfacción del Partido de Rajoy, aunque se exprese entre bastidores. Porque, al igual que Izquierda Unida cuando intentaba el sorpasso al PSOE, Podemos es la izquierda que más le gusta a la derecha Algo que ya adelantó Esperanza Aguirre al descubrir en esta formación la esperanza roja que el PP venía necesitando para no perder las elecciones.

Y, las cosas como son, Podemos le está trabajando bien al PP y sus previsibles aliados. Hasta el punto de llegar a liderar el frente de las derechas contra Pedro Sánchez, en una estrategia que sigue los pasos de la de Rajoy. Si el presidente del Gobierno, en el último debate sobre el estado de la nación, invitó bruscamente al secretario general del PSOE a que abandonara el Congreso de los Diputados (“ No vuelva usted aquí”), Pablo Iglesias ha pretendido expulsarle de la carrera electoral, tras el debate de Antena 3 / La Sexta el pasado 7 de diciembre. Y la idea les pareció tan buena al PP y a Ciudadanos, que se la compraron de inmediato. El emergente Rivera, manifestando que había que “dejar de salvar al soldado Sánchez”. Y el desaparecido en Doñana aconsejando a los socialistas que “se organicen mejor” para las siguientes contiendas. Viendo lo cual, uno puede hasta imaginarse que voces amigas del PP susurraran al oído del antiguo bolivariano: “ Pablo, resiste, que te necesitamos”.

La historia, pues, vuelve a repetirse corregida y aumentada, aunque ahora ya en clave de farsa. Al menos, la arremetida de Anguita contra el PSOE se basaba en diferencias ideológicas importantes con la socialdemocracia clásica. En el caso de Podemos, su antisocialismo militante se produce cuando más esfuerzos está haciendo Pablo Iglesias por parecerse al PSOE, aunque su reconversión socialdemócrata no le acabe de salir por falta de práctica. De hecho, Iglesias asegura compartir las propuestas electorales del Partido Socialista y su única objeción reside en el convencimiento de que Pedro Sánchez no las va a aplicar si gobierna; una afirmación que parece ir contra toda lógica, si consideramos que el programa electoral del PSOE se basa, en buena medida, en recuperar derechos sociales y políticas de bienestar que ya se pusieron en marcha en la etapa de Zapatero.

Pero la burbuja mitinera de Pablo Iglesias resiste cualquiera de las múltiples contradicciones en que incurre; y está más allá de todos los cambios de rumbo por los que se ha internado a lo largo de la cortísima existencia de su formación. En realidad, es el único medio que le queda para lavar la mala conciencia por las renuncias que el líder de Podemos y su equipo dirigente se han visto obligado a hacer para ganar en respetabilidad política y formar parte de la “casta” que antes rechazaban. Su logorrea lo admite todo: glorificar a Tsipras cuando se enfrenta a la Troika para no aplicar recortes en su país; y volver a darle la razón cuando los tuvo que aplicar –y bastante más a lo bestia que el segundo Gobierno de Zapatero- desobedeciendo el mandato de los ciudadanos griegos. Al fin y al cabo, los malos le habían puesto una pistola en la cabeza, ¿y qué iba a hacer la criatura, sino rendirse?

¡Quién iba a decir que al gran fustigador del anterior Gobierno socialista le gustaran tanto los colaboradores de Zapatero que hasta acabó apropiándose de quien, bajo su mandato, fue Jefe del Estado Mayor de la Defensa! ¡Cómo explicar que quien hablaba de la necesidad de acabar con el “régimen del 78” terminara erigiéndose en su mayor apologista, hasta el punto de afirmar (“El País” del 19 de julio del presente año) que España cuenta “con unas instituciones públicas capaces de disciplinar a nuestras oligarquías corruptas, improductivas y defraudadoras simplemente haciendo cumplir la ley”! ¡Y cómo se sostiene que quien hablaba en sus momentos de gloria de inaugurar un nuevo proceso constituyente en España se conforme ahora con una reforma de la Constitución!

En definitiva, quienes aspiraban a tomar el cielo por asalto, se conforman ahora con mantenerse sin mayores pérdidas en el sistema que antes detestaban. Se dieron finalmente de bruces con la realidad, volviéndose mayores demasiado pronto, y al precio de continuos recortes ideológicos y muy visibles magulladuras internas. Demasiado en tan poco tiempo para explicárselo a muchos de sus seguidores. Por eso, para que sus bandazos no se noten demasiado, Pablo Iglesias mantiene su discurso adolescente de rebeldía, cada vez más vacío de contenidos creíbles. La verborrea sin freno es lo único que le ha quedado. Con ella intenta demostrar contra toda evidencia que debilitar al primer partido de la izquierda en España es la mejor manera de vencer en las urnas a la derecha que gobierna.

 

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