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Los abuelos cebolleta de la política

La Europa de la postguerra se recuperó con recetas diametralmente opuestas a las que hoy se emplean para combatir la crisis económica

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Hace casi dos siglos, el poeta alemán Heinrich Heine nos advertía de que “tras la retirada de los héroes, vienen los payasos y los graciosos, con sus cetros de bufón y sus latiguillos”. Los Donald Trump, los Lafarge, las (y los) Le Pen y el largo etcétera de personajes y personajillos inquietantes que pululan hoy por Europa y el mundo “civilizado”  parecen confirmar la verdad de esta sentencia. Con los héroes de capa caída y en ausencia de ideas transformadoras, vivimos en la época de los payasos y los graciosillos, tal vez como temible antesala de los Hitler del futuro. De momento, y para entretener la espera de lo que nos espera, Nintendo nos ha instalado, a niños y mayores, en un vasto jardín de infancia, con ese jueguecito de Pokémon que nos permitirá ir en manada por nuestras ciudades para perseguir monstruitos.

¡Como para que Antonio Rivera tenga la temeridad (o el temple intelectual) de publicar su “Antología del discurso político” (Editorial La Catarata), poniendo en valor algo que, hablando en plata o en twiter, se encuentra en el último escalón del desprestigio! Y reivindicando, además, un género literario que no conviene desdeñar; entre otras razones, porque las crisis o renacimientos de la política guardan una relación muy directa con los altibajos de su literatura! El “Yes, we can” de la campaña electoral de Obama (recogido en esta antología) sería un buen ejemplo de ello, aunque no el único. Porque no le va a la zaga el discurso parlamentario del primer ministro laborista australiano, Kevin Rudd (del 13 de febrero de 2008), reconociendo sin paños calientes las políticas racistas que, hasta los años setenta del siglo pasado, se mantuvieron en Australia contra las poblaciones aborígenes. Un discurso que asombra a partes iguales –y no es casual- por el tono de verdad que destila y por la conmovedora belleza de su lenguaje.

Uno se interna en los textos escogidos por Rivera y le viene a la cabeza ese diálogo imaginario de Maquiavelo con los grandes hombres de otros tiempos, que le explican los motivos de las decisiones que tomaron, en cumplimiento de sus responsabilidades públicas; y también ese precepto suyo de no olvidar las enseñanzas de las historias antiguas que los “príncipes” modernos deben asimilar, si no quieren llevar sus estados a la perdición. Porque si algo deja ver el libro es precisamente la modernidad que aún desprenden las voces de los antepasados: una verdadera polifonía que, incluso en sus antagonismos, encuentra un eco a la medida de los problemas colectivos del presente.

Con los héroes de capa caída y en ausencia de ideas transformadoras, vivimos en la época de los payasos y los graciosillos, tal vez como temible antesala de los Hitler del futuro

Nos encontramos, así, con el viejo Marx denunciando que “el dominio del hombre sobre la naturaleza es cada vez mayor; pero, al mismo tiempo, el hombre se convierte en esclavo de otros hombres o de su propia infamia”. Una infamia corroborada y actualizada hoy por el presidente de la CEOE, Juan Rosell, empeñado en asegurar que el trabajo fijo y con seguridad es un anacronismo propio de ¡la época de Dickens!; y que el trabajo del futuro será algo que cada cual se lo tendrá que asegurar cada día. Vaticinio creíble teniendo en cuenta que los avances científico-técnicos del momento harán del trabajo un bien mucho más escaso de lo que es; y de los trabajadores auténticos parásitos de los robots.

Y nos encontramos también con el viejo Bakunin advirtiendo que “sería una catástrofe (…) que la anunciada revolución llevase a los proletarios al poder y se enquistase en un Estado real, pero tan aborrecible o más que todas sus formas de dominación del pasado”. Profecía cumplida al pie de la letra con el fracaso, por méritos propios, de todos los regímenes comunistas que en el mundo han sido. Algo que invita a pensar en que los avances en la igualdad social son indisociables de las libertades públicas y la democracia. Cosa que los Gobiernos democráticos de nuestros días olvidan con notable irresponsabilidad, provocando la desafección ciudadana y la reaparición del populismo y el fascismo.

Está bien, por eso, que otras voces del pasado, insertas en la antología de Rivera, nos recuerden que la Europa de la postguerra se recuperó con recetas diametralmente opuestas a las que hoy se emplean para combatir la crisis económica. Y lo hagan con palabras tan sentidas como éstas: “… me estremezco al ver lo que les está sucediendo realmente a millones de personas y lo que va a suceder en este momento en el que el hambre aceche a la tierra. Nadie puede prever lo que se ha llamado “la suma no calculada del dolor humano”. No es quien así se expresa un utópico “buenista” y desorientado, sino un dirigente conservador, Winston Churchill, al explicar la estrategia que se debería aplicar tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Una estrategia que, en sus palabras, aunaba “la seguridad y el bienestar, la libertad y el progreso de todos los hogares y familias, de todos los hombres y mujeres en todos los lugares”.

Una política internacional compartida por el secretario de Estado de los Estados Unidos, George Marshall; y dirigida “en contra del hambre, de la pobreza, de la desesperación y el caos”. Con un objetivo claro: “La reactivación de una economía operante en el mundo, de forma que permita la aparición de condiciones políticas y sociales en las que puedan existir instituciones libres”. Qué tiempos, ¿verdad? ¡Qué cosas tan aprovechables nos dejaron dichas aquellos “abuelos cebolleta” del pasado, cuando la política era algo que aún se tomaba en serio para resolver los problemas de la gente! ¿Tomaremos en cuenta sus enseñanzas?

 

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