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La retórica de los chamanes

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El reciente libro de Víctor Lapuente, profesor de políticas públicas en Goteborg y articulista habitual de algunos medios españoles, titulado expresivamente 'El retorno de los chamanes' (Atalaya, 2.015), no tiene desperdicio para quien desee comprender una de las razones (quizás la más importante) por las que la política española lleva tantos años empantanada. Dicho directamente, porque tiene demasiados ingredientes de lo que Lapuente denomina “el enfoque político de los chamanes”, y muy pocos del de “la política de las exploradoras”.

Se trata de dos tipos ideales (en el sentido weberiano) de encuadrar la acción política y de utilizar la retórica que le sirve de marco, que en el fondo se corresponden con dos tipos de mentalidades. No se trata de dos ideologías, todo lo contrario, existen chamanes o exploradoras tanto en la izquierda como en la derecha; se trata de una cuestión acusadamente cultural que implica en concreto la forma o encuadre mental con que nos aproximamos a los problemas de acción colectiva y buscamos su tratamiento más adecuado. Y del encuadre que prevalece en cada sociedad y en cada momento histórico concreto, de que sea chamán o explorador, deriva el tipo de política que se practica. Y, lo que es más importante, su éxito o fracaso a la hora de resolver eficazmente los problemas de la acción colectiva.

La política de los chamanes se caracteriza por ser acusadamente principialista: para resolver los problemas sociales formula y recurre a teorías muy organizadas y completas que contienen a la vez una descripción y una prescripción de un teórico mundo ideal en el que desaparecerían los conflictos y reinaría la armonía. De estas teorías se deducen en cascada lógica las soluciones más correctas (verdaderas) para cada clase de problema, es decir, una serie de políticas transformadoras de la realidad que tienden a devolver el orden al caos simplemente aplicando en cada caso el modelo adecuado y correcto. La de “modelo” es una palabra fetiche para un político chamán, que siempre reducirá cualquier problema concreto que surja en la sociedad a una cuestión de desvío y/o recuperación del modelo correcto de … enseñanza, sanidad, política (pongan aquí cualquier sector de actividad que deseen). La política de los chamanes es una política con altas y grandes expectativas que, aunque ya no promete expressis verbis la utopía o la revolución (son términos demasiado devaluados por su manoseo excesivo), sí que aspira a transformar de raíz la sociedad injusta y defectuosa en que habitamos. Es siempre radical, porque no se anda por las ramas sino que va al fundamento mismo de los problemas, que es desde donde según ella deben emprenderse las grandes tareas reformadoras. Genera necesariamente grandes decepciones en el público.

La política de las exploradoras es mucho más humilde y limitada. No conoce grandes construcciones intelectuales de cuño racional ni se inspira en ellas. Cree en la experimentación y en el incrementalismo de los pequeños arreglos o retoques como método para progresar hacia un mejor tratamiento de los problemas concretos. Suele nacer de la decepción más que del entusiasmo o de la indignación. Desde luego, no cree que exista algo así como “el gran problema” de la humanidad, definible en términos antropológicos o morales, sino muchos pequeños problemas diversos. Precisamente por ello, prefiere una aproximación “por las ramas” de los concretos atascos de la sociedad. En lugar de ir a la raíz e intentar cambiarlo todo, defiende el retoque mínimo y experimental y la observación constante y contrastada de sus resultados, a ser posible utilizando casos diversos comparables. No tiene miedo o reparo alguno en incurrir en contradicciones lógicas o políticas precisamente porque no posee un sistema completo y cerrado de soluciones, de manera que lo que propone en un punto puede perfectamente sonar a herejía o traición comparado con lo que propone en otro. Y no pasa nada.

La propuesta epistemológica de Lapuente, explicada en términos muy vivos y sencillos, con ejemplos reales e históricos muy comprensibles (se agradece la familiaridad del autor con la realidad y la historia de los países nórdicos), no es nueva en el ámbito de la teoría política. Guarda muchas analogías con la distinción que formuló el filosofo conservador Michael Oakeshott entre la “política de la fe” y la “política del escepticismo” en los años cincuenta. Y con la crítica repetida de Isaiah Berlin, allá por los mismos años, a lo que él llamaba “el monismo occidental” y que consistía desde Platón –según él- en creer a pies juntillas que todo problema social debe poseer una solución, que tal solución es racional porque está al alcance de la mente el deducirla, y que la solución así encontrada será armónica con los diversos valores humanos implicados. En este sentido, la propuesta de Lapuente se entiende perfectamente dentro del ámbito de pensamiento que podemos caracterizar como liberal, realista y escéptico, una rama perdurable de la reflexión política que va de Hume o Tocqueville a Raymond Aron o Richard Rorty. Y, entiéndase adecuadamente, escéptico no significa pesimista, sino sólo una determinada disposición filosófica de afrontar la realidad, que rechaza de entrada la posibilidad de construir idealmente y con las solas fuerzas de la razón unos esquemas dogmáticos congruentes y completos capaces de aprehender (y, por ello, de transformar) la realidad. Lapuente es más bien muy optimista en su valoración de la capacidad social para hacer más decente la vida humana –lo demuestra constantemente en su libro-, por mucho que sea un descreído en la utilidad de las grandes cosmovisiones intelectuales para ello.

¿No creen en el valor fundamental de la retórica como marco que hace crecer la buena o la mala política? Pues recuerden el fracaso de la Segunda República que, entre otras cosas, se debió a la adopción generalizada ya desde tres años antes de la sublevación militar, y por todas las fuerzas políticas, de una retórica exaltada y violenta.

El éxito o fracaso de las políticas públicas depende fundamentalmente de cómo las discutimos, es decir, de con qué encuadre o marco de debate las estudiamos y seleccionamos, mucho más que de su bondad intrínseca apriorística, o de su coherencia con una ideología particular. Es mucho más una cuestión de profesionales que discuten cómo mejorar algo mediante nimios detalles, comprobaciones, retoques, resultados, medición de objetivos, secuelas inesperadas, y cosas similares, que de excelsos políticos que ya han visto la solución en un modelo ideal que bastaría aplicar desde el principio para llegar a una sociedad más justa. Como decía Oakesott, todo el mundo tiene derecho a poseer su sueño, pero es un error funesto pensar que el gobierno consiste en imponer al mundo el sueño de uno.

La cuestión que plantea Lapuente no es, como podría pensarse en un aproximación apresurada y superficial, la de propugnar un gobierno de los expertos por oposición a un gobierno de los políticos. Esa sería una conclusión errónea. La política deben hacerla los políticos y desde la política, precisamente porque trata de un tipo de problemas muy especiales, los que no poseen una solución obvia científica o técnica. A la política hemos relegado o reenviado todos aquellos problemas que no podían resolverse en otros ámbitos, y ese es el material con que ella trabaja obligadamente. Ahora bien, esos políticos pueden tratar los problemas con una mentalidad exploradora, empírica e incremental (trabajando con los técnicos de las burocracias a su disposición), o con otra dogmática, iluminada y generalista (trabajando contra o sin los profesionales).

Del extenso libro de Victor Lapuente, sugerente y discutible en muchas de sus aproximaciones tentativas a problemas concretos (el de Europa es quizás uno de los más sorprendentes), me quedo ahora con la parte que dedica al tipo de retórica u oratoria que se practica por los creadores de opinión en España, es decir, por los intelectuales, los “mensajeros de los medios”, los opinadores en cascada, todo ese magma de actores que desde la escena configura la comprensión popular de la política. Porque esa retórica es fundamentalmente la responsable de que tengamos una práctica política tan desnortada: apasionante y divertida, cómo no, pero altamente desviada del fin último de la política que es el de resolver problemas concretos, no el de entretener a la audiencia.

¿No creen en el valor fundamental de la retórica como marco que hace crecer la buena o la mala política? Pues recuerden el fracaso de la Segunda República que, entre otras cosas, se debió a la adopción generalizada ya desde tres años antes de la sublevación militar, y por todas las fuerzas políticas, de una retórica exaltada y violenta, de una “retórica como puños”, de una forma de plantear el futuro político como salvación o infierno. La mentalidad del chamán se había apoderado del teatro político español. Lo que siguió fue lo que se sembró previamente, recordando la validez del principio sociológico de que la definición que hacen los actores sociales de la realidad termina por constituir la realidad misma.

Reformismo aburrido

Pues bien, la oratoria o retórica actual casi hegemónica en España es acusadamente chamánica: se caracteriza por un discurso tipo en el que de una conmovedora estampa de un problema concreto y particular que se toma como ejemplo de desajuste o injusticia social (por ejemplo, un desahucio o un niño refugiado ahogado) se pasa sin término intermedio a una propuesta para su solución que es acusadamente genérica e ideológica. Mejor dicho, sí hay una intermediación en ese tránsito, pero es la del moralismo o la indignación, nunca la del examen empírico y objetivo del problema. Hablar de retoques tentativos, proponer teorías de alcance intermedio, defender el ensayo “prueba y error”, la pequeña reforma sin tocar los pilares del sistema (esto del “sistema” es también un término clave del chamán), todo ello es ignorado como posibilidad decepcionante. Las propuestas reformistas puntuales son tan aburridas como un sermón clerical, y si de algo huyen los medios es del sermón pausado que cansa la atención con sus detalles. “Los medios amplifican el desacuerdo y los escándalos, simplifican los asuntos en clave de confrontación, personifican hasta la caricatura responsabilidades que son complejas, ceden al encanto de las teorías de la conspiración mientras se presentan a sí mismos como luchadores heroicos que protegen al público desamparado”, ha escrito recientemente Daniel Innerarity en “La política en tiempos de indignación”. Y es que una de las tentaciones recurrentes de los retóricos chamanes es verse a sí mismos como Robin Hood.

A cualquiera de nuestros políticos, intelectuales o periodistas (o a casi todos, perdón) no se les ve cómodos con un problema concreto, con un hecho puntual, hasta que logran engarzarlo y engancharlo a una teoría o a un modelo abstracto. Háblese del copago en sanidad, o de los resultados PISA, o de los desahucios, el comunicador de turno mostrará su capacidad política o mediática mediante una hábil finta dialéctica mediante la cual confirma le predecible, es decir, que ese hecho concreto debe encuadrarse como una manifestación de un problema más general, que es la de que el modelo de sanidad público se está….., o Europa se está …, o los mercados están … y así. Nuestra escena pública está poblada por una particular especie de sonámbulos especialistas en discutir de abstracciones y en descalificar a priori las aproximaciones tentativas y empiristas a los problemas. Se dirá a esto que los medios son sólo el dedo que señala a la luna y que el mal se encuentra en ésta y no el dedo. Pero va siendo tiempo de decir que no, que de la forma con que se utiliza el dedo depende mucho cómo sea la luna al final.

Todo esto, y muchas observaciones más, todas discutibles y discutidas como debe ser, se encontrarán en el libro de Víctor Lapuente. Gracias.

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