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Albert Cossery, el príncipe de la pereza que vivió 57 años en un hotel

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Albert Cossery, el príncipe de la pereza que vivió 57 años en un hotel

Albert Cossery, el príncipe de la pereza que vivió 57 años en un hotel

"Tras Albert Cossery", la última obra del autor aragonés José Luis Galar, es un homenaje a un escritor egipcio que vivió durante 57 años en la misma habitación de un hotel parisino, con la única premisa de no trabajar jamás y de dedicarse exclusivamente a lo que él llamó la "pereza reflexiva".

Fascinado por esta forma de vida totalmente despreocupada, Galar decidió investigar acerca de este personaje, poco conocido en España y algo más en Francia, y publicar un libro este año, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, explica en una entrevista con EFE.

"La fascinación de este personaje está en llevar a la práctica lo que muchos pensamos desde la teoría: vivir realmente lo que te da la gana. Esto casi es el sueño de cualquiera, el pensar me gustaría, me gustaría... pero al final todo se queda en la teoría", indica.

Amigo de Albert Camus, Henry Miller o Jean Paul Sartre, Cossery siguió los consejos de su padre, un rentista egipcio que se gastó todo el dinero antes de morir, dejándole como única herencia el consejo de que no trabajara jamás y de que siempre vistiera como un "príncipe", hasta el punto de que fue conocido como "el príncipe de la pereza".

Con el apoyo de sus amigos, lo llevo a la práctica hasta el final de sus días, el 22 de junio de 2008, viviendo 57 años en la habitación número 58 de un hotel humilde, desprendido de cosas materiales y asumiendo con "dignidad la pobreza", sin avergonzarse de ella.

"Él propone la pereza reflexiva que consiste en no hacer nada, solo pensar y meditar en tus cosas, sobre la felicidad de la vida. En realidad es un contemplativo, lo que pasa es que, en lugar de dedicarse a la oración en un monasterio, se va a un hotel, donde no tiene nada que hacer, solo pensar", comenta Galar.

Y con el objetivo de convencer a los demás de que se dedicaran solo a reflexionar, escribía no más de dos frases a la semana, en total ocho libros sobre la pobreza, algunos descatalogados y muy difíciles de encontrar, salvo "Mendigos y orgullosos", que fue reeditado hace unos años, apunta Galar.

Tras enterarse por un periódico de la muerte de Cossery -recogida en unas breves líneas-, Galar comenzó a indagar sobre la vida de este personaje y decidió viajar a París y alojarse en la misma habitación de hotel.

Allí se entrevistó con amigos y empleados de los establecimientos que Cossery frecuentaba diariamente y descubrió cómo murió, a los 95 años, en la misma habitación de hotel donde había vivido tantos años, una anécdota que Galar prefiere desvelar solo en su libro.

En cambio, sí que adelanta otras peripecias que narra a lo largo de las cien páginas del ensayo, entre ellas la que le contó el dueño de "La Brasserie", donde el escritor egipcio solía comer todos los días.

Este hostelero presenció, en un soleado día de agosto, una discusión acalorada entre Albert Cossery y uno de sus amigos, el violinista hebreo Ivry Gitlis, y cómo este, una vez que ya habían cesado los gritos y tras un tenso silencio, sacó de su funda el "stradivarius" y empezó a tocar, hasta que finalmente los dos amigos se reconciliaron.

A pesar de la fascinación de la vida de este personaje, Galar explica que no ha encontrado una editorial interesada en publicarlo, pero sí una nueva fórmula -el crowdfunding-, una especie de mecenazgo popular que finalmente va a permitir que el libro sea una realidad este año.

A través de este sistema ha conseguido, en apenas 30 días, el apoyo de varias librerías y de cien personas que han aportado, a través de la plataforma libros.com, 5 o 20 euros, a cambio de recibir en su domicilio el libro una vez publicado, ya sea en formato digital o en físico.

"En cierta medida esta forma de sacarlo es un homenaje también porque en estos momentos me he convertido en un 'outsider' del sistema tradicional y he dicho 'pues esto va a salir adelante, porque me apetece a mí', aunque el sistema tradicional no me apoye", concluye.

Por Marta Salguero

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